A un Paso de Odiarte Capítulo 2 Fuera de su Liga #2
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Capítulo 2 Fuera de su Liga #2

Evelyn se sentó a su lado, su hombro chocando contra el de Sienna en un gesto mudo de apoyo. —¿Cómo estás? Y no me des la respuesta de relaciones públicas.

—Mal —admitió Sienna, soltando una exhalación que parecía llevar reteniendo siglos—. Me enteré de lo de Ethan y Margaret.

—La Barbie del colegio. Fantástico —Evelyn hizo una mueca de asco—. Y déjame adivinar: Luca y Scarlett también están en el pack de "parejas perfectas".

—Sí. Salieron anoche, ell cuarteto fantástico de mi propia pesadilla.

—No sé cómo no has matado a tu hermano todavía —bufó Evelyn—. Luca es un idiota por salir con esa arpía.

Sienna soltó una carcajada auténtica. — He estado entrenando mi paciencia con Luca durante dieciséis años. Sobreviviré a Scarlett.

Evelyn soltó una risa seca, negando con la cabeza. —Bueno... —dijo, cruzándose de brazos con esa media sonrisa que Sienna sabía que precedía a una de sus "misiones"—. Pues yo creo que necesitamos algo mucho mejor que simplemente  sobrevivir .

Sienna arqueó una ceja, detectando el peligro.

—¿Qué se supone que significa eso, Ev?

—Que me niego a dejar que pierdas el tiempo lamiéndote las heridas mientras esos cuatro juegan a ser la realeza.

Sienna hizo una mueca, intentando aferrarse a su melancolía. —No estoy deprimida.

Evelyn no dijo nada. Se limitó a sostenerle la mirada con esa intensidad que solo una amiga de toda la vida puede permitirse. La máscara de Sienna flaqueó primero.

—Está bien —suspiró—. Quizás un poco.

—Perfecto. Honestidad, el primer paso hacia la redención —Evelyn dio una palmada sonora, ya en modo ejecución—. Plan decidido: Lumière Café. Paso por tu casa en una hora. Ni un minuto más.

—Ev... Sienna comenzó a protestar, sabiendo que Lumière era el lugar favorito de su amiga para ver y ser vista.

—Nada de excusas. Necesitas pasteles con exceso de azúcar, café cargado y una zona libre de Ethan Pritchard. Es terapia de choque básica.

Sienna dudó apenas un segundo

—Está bien... pero yo no pago —añadió, con un brillo de travesura recuperada.

Evelyn sonrió con una victoria absoluta. —Por supuesto que no. Hoy seré tu guardaespaldas emocional.

Y por primera vez desde que se había despertado, la idea de que el día no estaba perdido no le pareció una fantasía. Se levantó de la banca sintiendo que, aunque Ethan estuviera en otra parte con Margaret, ella todavía tenía una amistad verdadera.

El reloj de la pared avanzaba con una lentitud exasperante. Faltaba menos de una hora para que David pudiera colgar el delantal. El aire en el  Lumière  estaba saturado: el aroma denso del café tostado se mezclaba con el tintineo de la porcelana y un murmullo de voces.

Secaba una jarra con movimientos mecánicos.

Era un trabajo predecible, y eso le gustaba.

Le daba el control que el resto de su vida no tenía.

La beca era un milagro, pero un milagro incompleto; no pagaba los libros de texto que costaban una pequeña fortuna ni el alquiler del apartamento que su madre pagaba con turnos dobles en el hospital.

David sabía lo que era el cansancio que se lleva en los huesos. Lo veía en los ojos de su madre cada noche. Por eso estaba allí. Él era el único respaldo que ella tenía. Eran solo ellos dos contra el mundo, y David no pensaba ser una carga.

La campanilla de la puerta tintineó, rompiendo su flujo de pensamientos. David levantó la vista y el mundo pareció cobrar sentido de repente. Era Sienna.

Entró en el café con una falda larga que parecía moverse con un ritmo propio, trayendo consigo una ráfaga de aire fresco y una elegancia que hacía que el mobiliario rústico del local pareciera, de pronto, fuera de lugar.

Llevaba un abrigo color arena, sencillo a primera vista, pero con una caída perfecta que no se veía en cualquier parte.

David no sabía de moda—nunca le había interesado—pero incluso él podía darse cuenta de que esa prenda debía costar una fortuna.

Estaba desabrochado, revelando un suéter de una tela tan suave y brillante que parecía reflejar la luz del local.

La acompañaba otra chica que David reconoció vagamente de una de sus clases, aunque no lograba recordar su nombre. Mientras Sienna iluminaba el lugar con su mera presencia, su amiga se limitaba a examinar el menú con un ojo crítico.

Sienna recorrió el local con la mirada hasta que sus ojos chocaron con los de él. Una leve, casi imperceptible sonrisa se dibujó en sus labios. Era como si ella admitiera que él tenía razón, que se habían reencontrado.

David sintió un vuelco extraño en el pecho. No era la urgencia que sintió en el lago, ni la punzada de la preocupación. Era algo distinto. Más suave. Más peligroso.

Evelyn rompió el hechizo al adelantarse hacia el mostrador con la confianza de quien siempre es bienvenida.

—Hola —saludó con naturalidad—. ¿Aún queda pastel de chocolate con avellanas o llegamos demasiado tarde?

—Todavía queda —respondió—. Aunque no por mucho.

Mientras hablaba, fue dolorosamente consciente de la escena: de su uniforme sencillo, el delantal, el olor a café molido impregnado en la piel. El contraste era inevitable. Sabía exactamente lo que representaba estar detrás de ese mostrador. Y sabía lo que ellas representaban al otro lado.

—Perfecto —sonrió Evelyn—. Dos porciones. Y café.

—¿Alguna preferencia? —preguntó él.

—Expreso doble—respondió Evelyn—. Mi amiga ha tenido un día largo.

Sienna dejó escapar una risa seca, casi un susurro.

—No exageres, Ev.

Evelyn tomó las tazas y se giró con naturalidad.

—Vamos, antes de que alguien nos quite el mejor sitio.

Sienna la siguió, aún con una leve sonrisa en los labios, y ambas se acomodaron junto a la ventana.

Desde ahí se veía parte de la calle… y, si uno no disimulaba demasiado, también el mostrador.

David se movía al otro lado de la barra con una precisión casi coreográfica. Como si necesitara hacerlo bien.

Sienna bajó la vista y removió su café de forma ausente.

—Está bueno —murmuró.

—Siempre lo está —respondió Evelyn, cuya atención estaba fija en un punto muy distinto.

Sienna arqueó una ceja.

—¿Qué?

Evelyn tomó un sorbo lento, manteniendo la mirada fija en el borde de su taza.

—El café… por supuesto.

Sienna no le creyó. Evelyn se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa con esa chispa en los ojos que solía preceder a un desastre.

—Aunque debo admitir —añadió en un susurro cargado de intención— que el servicio de hoy es... excepcionalmente atento.

—No empieces —bufó Sienna, rodando los ojos.

— ¿Qué? Solo estoy diciendo un hecho: alguien no ha dejado de seguirte con la mirada desde que cruzamos la puerta.

Sienna negó con la cabeza, refugiándose en el calor de su taza.

—Te equivocas.

—¿Ah, sí?

—Sí. Apenas nos hemos visto un par de veces.

Evelyn sonrió, apoyando la barbilla en la palma de la mano.

—Precisamente por eso, querida.

Sienna soltó un suspiro cansado.

—Ev, para...

—No digo que esté escribiendo poemas con tu nombre —la interrumpió con suavidad—. Pero le interesas. Mucho.

El sonido metálico de la cucharilla de Sienna contra el plato cortó el aire.

—Sabes perfectamente que solo me interesa Ethan.

Evelyn no se inmutó. La mención de ese nombre no la sorprendió, pero su expresión se volvió gélida, despojándose de toda burla.

—Lo sé —replicó con una calma que dolió más que un grito—. Pero precisamente por eso deberías mirar a tu alrededor.

Sienna frunció el ceño, sintiendo una punzada de hostilidad.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que Ethan nunca te ha mirado como tú a él, Sienna.—Y no vale la pena seguir esperando algo que claramente no va a suceder.

El silencio cayó entre ellas. Sienna sostuvo su mirada un segundo más.

—No tienes idea de lo que dices.

Evelyn suspiró, sin apartar la mirada.

—Sí la tengo. Y por eso te lo digo.

—Ya, Evelyn.

La interrumpió.

—¿Podemos dejarlo? —añadió, sin mirarla—. No quiero hablar de esto.

Evelyn la observó un momento más. Luego asintió lentamente.