CAPÍTULO 50
Cenamos en un sitio pequeño de Malasaña, de esos con manteles de tela y velas de verdad, donde el camarero nos trató como a una pareja cualquiera porque, por primera vez, eso era exactamente lo que éramos.
Hablamos de todo y de nada, de la reestructuración de la empresa, de si Rosa aceptaría volver aunque fuera solo unos meses, de una playa de Tarifa que Daniel había visto una vez desde la ventanilla de un coche y que quería conocer de verdad algún día, sin prisa, sin nadie esperándole al final de la carretera.
Ninguno de los dos miró el reloj ni una sola vez.
Cuando llegamos a mi bajo interior de Tetuán, pasadas las once, no hubo ningún nervio raro subiéndome por el estómago, ninguna urgencia de las que llevaba meses acumulando en la garganta cada vez que Daniel estaba a menos de un metro de mí.
Solo la llave forzándose un poco en la cerradura, como siempre, y la luz de la calle entrando por la ventana interior hasta que encendí la lámpara de la mesilla.
—Es más pequeño de lo que imaginaba —dijo Daniel, mirando alrededor con una curiosidad sin juicio, fijándose en el cactus de la repisa, marrón por las puntas, en las cuatro fotos de San Fernando pegadas con celo en la pared, en la manta de cuadros que Bea me había enviado por correo el primer invierno.
—Es un zulo con cama —dije—. Aquí no hay mármol de Carrara ni cojines de lino gris. Aquí lo que hay es una humedad en el techo con forma de nada y un vecino que arrastra sillas a las tantas.
—Me gusta —dijo, y sonó tan sincero que casi me dio vergüenza lo agradecida que me sentí por esa frase tan simple.
Se quitó la chaqueta y la dejó doblada en el respaldo de la única silla que tenía, con ese cuidado suyo de quien todavía no sabe del todo cómo comportarse en un espacio tan chico después de años viviendo entre mármoles y balcones de Diego de León.
Me acerqué a él despacio, sin prisa, sin ningún fluorescente parpadeando sobre nuestras cabezas ni ninguna farola esperando a apagarse en la calle.
—Esto es distinto —dije, con la mano apoyada en su pecho, sintiendo el latido bajo la camisa, más tranquilo que la última vez que había puesto la mano ahí.
—¿Distinto de qué?
—De todo lo demás. Del almacén. Del coche. Esto no es un «todavía», Daniel. Esto es un «ahora sí», y no hace falta que nos digamos ninguna frase bonita sobre ello. Solo quiero que sepas que lo sé, y que no me hace falta que me lo confirmes con palabras.
—Te lo voy a confirmar de todas formas —dijo, con esa media sonrisa que ya reconocía tan bien—. Aunque solo sea porque llevo tres meses queriendo decírtelo sin que nadie nos interrumpiera.
No dijo más. No hacía falta.
Me besó despacio, sin el desespero del almacén ni la contención del coche, con la misma tranquilidad con la que se habla cuando ya no hay ningún reloj corriendo en contra.
Sus manos, esta vez, no tenían prisa por recorrer nada; se tomaron su tiempo en el cuello, en la cintura, deshaciendo la ropa con una calma que resultaba, de alguna forma extraña, más devastadora que cualquier urgencia anterior.
Caímos en la cama estrecha del bajo, la misma donde tantas noches me había quedado mirando el techo esperando un mensaje suyo que no sabía si quería recibir, y esta vez no hubo ningún móvil bocarriba sobre la colcha, ni ninguna prisa por vestirse antes de que amaneciera, ni ninguna excusa preparada para el día siguiente.
El cuerpo de Daniel, sin la camisa corporativa ni la corbata de los lunes de junta, tenía la misma calidez que yo había imaginado durante semanas frotando bayetas contra una mesa de mármol ajena, solo que esta vez era real, tangible, mío durante toda una noche sin fecha de caducidad.
Me perdí en el peso de sus manos recorriéndome despacio, en su boca bajando por mi cuello sin necesidad de que yo me mordiera el labio para no hacer ruido, en la manera en que decía mi nombre contra mi piel como si fuera la primera vez que se permitía disfrutarlo sin la sombra de ningún reloj esperándole en otro sitio.
No hubo prisa por llegar a ninguna parte.
Hubo tiempo para todo: para reírnos cuando se golpeó la cabeza contra el cabecero bajo del bajo interior, para que yo le dijera que en Tetuán los techos no estaban pensados para gente de metro ochenta y cinco, para que él me contestara que le daba igual el techo mientras estuviera debajo conmigo.
Hubo tiempo para el silencio después, ese silencio que por primera vez en toda la historia no necesitaba explicarse a sí mismo ni disimular nada, solo dos cuerpos cansados y satisfechos compartiendo la misma almohada estrecha.
Me quedé con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando cómo su respiración iba bajando el ritmo poco a poco, sintiendo su mano dibujando círculos despacio en mi espalda, sin ninguna prisa por que llegara la mañana.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dije, en voz baja, casi para mí misma.
—¿Qué?
—Que no tengo que decir «hasta mañana, jefe» en ningún momento de la noche.
Daniel se rió, un sonido bajo y ronco que me vibró en el oído pegado a su pecho.
—No. Esta vez no hace falta despedirse de nadie. Puedo quedarme.
—Quédate, entonces.
—Me quedo.
Apagué la lámpara de la mesilla, y la habitación se quedó a oscuras, con el ruido lejano del tráfico de Bravo Murillo colándose por la ventana interior y el cactus, marrón por las puntas, vigilando desde la repisa una noche en la que, por fin, nadie tenía prisa por marcharse antes del amanecer.