A un milímetro de ti Epílogo
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Epílogo

Julio en Madrid sigue sin calentar. Limpia el aire de una forma que casi hace daño, como aquella primera mañana de hace un año, cuando me bajé del tren en Atocha con una maleta de lona sujeta con cinta aislante y catorce euros que me quemaban el monedero.

Hoy hace el mismo calor seco, la misma tortura medieval para alguien nacida con el viento de levante dándole en la cara, pero yo ya no llevo el polo gris de McDonald's escondido bajo la cazadora vaquera hasta el cuello.

Llevo un polo distinto. Uno con el logo bordado de Vidal & Castro Servicios Integrales, la empresa que Daniel y yo montamos hace ocho meses, después de que él vendiera su parte de Limpiezas Vidal a los otros socios y decidiera empezar algo nuevo, esta vez sin ningún apellido pesando encima como una losa.

Yo puse mi experiencia, mi cuaderno de contactos, mi manera de leer un cuadrante como quien lee un mapa del tesoro.

Él puso los números, la gestión, la parte del negocio que a mí siempre me dio pereza y a él siempre se le dio bien.

No es un imperio. Es una empresa mediana que factura lo justo para pagar bien a la gente que trabaja para nosotros y para que yo duerma tranquila por las noches, que ya es mucho más de lo que nunca imaginé tener.

Vivimos juntos, en un piso de dos habitaciones cerca de Cuatro Caminos, ni de lujo ni de extrarradio, con una terraza pequeña donde el cactus, el mismo, el que Rosa me ayudó a colocar en la repisa de un bajo interior hace ya toda una vida, sigue vivo.

Marrón por las puntas todavía, pero vivo.

No nos hemos casado. Lo hablamos una vez, sin prisa, y los dos decidimos que no necesitábamos un papel para saber lo que éramos el uno para el otro después de todo lo que habíamos pasado para llegar hasta aquí.

A veces la gente pregunta cuándo es la boda.

Yo contesto que ya hicimos la parte difícil, la de sobrevivir a la familia del otro, y que lo demás nos sobra.

Rosa vino a Madrid en primavera, con sus dos nietos y su hija, que ya lleva un año trabajando de enfermera en Lyon con turnos de noche que la dejan hecha polvo pero orgullosa.

Nos quedamos las tres tardes seguidas en mi terraza, tomando cerveza, mientras los niños corrían por el salón hablando en un francés que Rosa sigue sin entender del todo.

Me llamó «gaditana» al despedirse en la puerta del taxi, como siempre, y yo le contesté «sargenta», y las dos supimos, sin decirlo, que esa palabra iba a durar más que cualquier distancia entre países.

Cris sigue en la gestoría de Alcobendas.

La ascendieron el año pasado a jefa de departamento, y ahora es ella quien lleva el caso de otras empresas que necesitan un cruce de datos de verdad, no uno inventado para tapar vergüenzas de familia.

A veces la llamo solo para saber cómo le va, y siempre me dice lo mismo, con esa voz tranquila que ya no tiembla como aquella tarde en el pasillo del polígono: que está bien, que duerme del tirón, que no echa de menos ni un solo día de trabajar bajo la mesa de caoba de Antonio Vidal.

De Antonio sé poco, y lo poco que sé me llega de rebote, a través de comentarios sueltos de gente que todavía trabaja en la empresa que ya no es de Daniel.

Sigue viviendo en el barrio de Salamanca, con la presidencia honorífica de una compañía sobre la que ya no tiene ningún poder de decisión, cobrando dividendos de un negocio que otros gestionan mejor de lo que él lo hizo nunca.

No se ha vuelto bueno. No hay un giro de guion en el que aprenda la lección y pida perdón a todas las mujeres a las que hizo la vida imposible durante treinta años.

Sigue siendo el mismo hombre amargado de siempre, solo que ahora amargado y sin apenas nadie que le escuche las quejas, porque hasta Marcos, el hermano de Daniel, dejó de contestarle al teléfono con la misma frecuencia de antes.

A veces pienso que ese es el único castigo que Antonio Vidal iba a recibir jamás: quedarse solo, con su despacho vacío y su título sin poder, rodeado del mismo silencio que llevaba treinta años provocando en los demás.

De Lucía sé más de lo que Daniel se imagina, porque seguimos hablando, ella y yo, de vez en cuando, un café cada dos o tres meses, sin que a él le parezca raro ni le pese.

Su estudio de interiorismo funciona bien.

Tiene tres empleados y una lista de espera de clientes que no necesita el apellido Vidal para nada, solo su nombre, Lucía de la Cuadra, que ha recuperado del todo desde el divorcio.

Hace unos meses me enseñó fotos de una casa pequeña que se ha comprado cerca de Sancti Petri, la misma zona de la que hablaba aquella tarde en el sofá blanco del piso de Diego de León, cuando decía que algún día iba a mandarlo todo a la mierda y perderse cerca del mar.

Al final lo hizo, aunque no con Daniel al lado.

Lo hizo sola, y por la forma en que sonreía enseñándome las fotos, no le hacía ninguna falta que fuera de otra manera.

Bea sigue en San Fernando, con su bar y sus niños y el viento de levante que a ella nunca le ha hecho falta recortar el acento para nadie.

Cada vez que la llamo me pregunta si ya me he cansado de Madrid, y cada vez le contesto que no, todavía no, aunque las dos sabemos que esa pregunta es su forma de decirme que me quiere y que la echa de menos, sin tener que decirlo con esas palabras tan cursis que en su casa nunca se han usado.

Esta mañana de julio, antes de venir a la oficina, he pasado por el polígono a firmar un contrato con un cliente nuevo, unos chalets de La Moraleja que antes limpiaba Limpiezas Vidal y que ahora quieren pasarse a nuestra empresa.

Al salir, me he parado un momento en la acera, con la carpeta bajo el brazo y el sol de mediodía cayendo de lado sobre el asfalto, y he mirado mi propio reflejo en el cristal de un escaparate: el polo con nuestro logo, unos vaqueros buenos, unas zapatillas blancas que no tienen nada que ver con aquellas negras y desgastadas de correr de la caja a las patatas.

Ya no tengo catorce euros en la cuenta. Ya no tengo que doblar el currículum en cuatro partes en el bolsillo trasero del vaquero porque no me llega para pagar el gramaje del papel bueno.

Pero la parte de mí que sigue siendo la misma, la que se bajó de aquel tren con el acento de Cádiz intentando recortarse los bordes de puros nervios, esa sigue ahí, y no pienso dejarla atrás nunca del todo, porque es la que me trajo hasta aquí a base de rodillas molidas y de no rendirme cuando todo apuntaba a que debía hacerlo.

Daniel me está esperando en el coche, con la ventanilla bajada y la radio puesta bajito, sin ninguna farola que apagar ni ninguna calle oscura donde escondernos.

Me subo, le doy un beso corto antes de ponerme el cinturón, y él arranca hacia la siguiente cita del día como quien arranca hacia cualquier cosa normal de la vida, porque eso es, al final, lo que hemos conseguido entre los dos: una vida normal, construida a mano, sin apellidos que pesen ni secretos que sostener.

Julio en Madrid no calienta. Pero por primera vez en mucho tiempo, no necesito que lo haga.