A un milímetro de ti CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

El primer día normal, sin nada que esconder, tardó una semana en llegar, porque el papeleo de la junta necesitó su tiempo y porque a Daniel le llevó unos días recomponer los departamentos que su padre había estado manejando a su antojo durante treinta años.

Pero llegó, al final, sin fanfarrias, en mitad de un jueves cualquiera de octubre, con el cielo de Madrid de ese gris limpio que precede al frío de verdad.

Fue en la comida de la empresa, la que se organizaba cada trimestre en el bar de la esquina del polígono, con bandejas de croquetas y jarras de cerveza que nadie se terminaba porque a las cuatro había que volver a los chalets de la tarde.

Yo llevaba meses yendo a esas comidas sentada al fondo de la mesa, cerca de Laura, lejos de donde se sentaba Daniel con los encargados de zona, manteniendo esa distancia reglamentaria de la que ya me sabía cada centímetro de memoria.

Ese jueves, Daniel se sentó a mi lado.

No hizo ningún anuncio. No dio ningún discurso.

Simplemente cogió su plato, cruzó la sala entera delante de toda la plantilla, y se sentó en la silla vacía junto a la mía como quien hace la cosa más normal del mundo, porque para él, a partir de ese día, lo era.

En algún momento de la comida, mientras yo contaba una anécdota sobre un cliente de Boadilla que se había quejado del olor del amoniaco, Daniel apoyó la mano en mi espalda, un segundo, dos, el tiempo justo para que todo el que estuviera mirando entendiera exactamente lo que significaba.

Laura, que estaba sentada enfrente con un plato de croquetas a medio terminar, se quedó mirándonos con la boca abierta durante un segundo entero antes de que se le escapara una sonrisa que no pudo disimular ni queriendo.

—Ya era hora, chiquilla —dijo, en voz baja, inclinándose hacia mí—. Llevo semanas viendo cómo os mirabais en el pasillo y aguantándome las ganas de decir nada. Menos mal que ya no tengo que hacer como que no me entero de nada.

—¿Se notaba tanto?

—Se notaba desde el primer mes, Elena. Se nota hasta desde la parada del autobús.

—Se rió, y por primera vez en semanas su risa no me sonó a burla ni a cotilleo malintencionado, sino a alivio, a la misma sensación que yo llevaba días persiguiendo sin encontrarla del todo—.

Me alegro por vosotros. De verdad. Bastante mal lo habéis pasado ya, con el viejo Antonio dando por saco a todas horas.

Y esa fue, más o menos, la reacción general en toda la mesa: nadie soltó un aplauso ni hizo comentarios groseros, pero tampoco hubo miradas de reproche ni cuchicheos por la espalda.

Había un poso de sospecha satisfecha, de gente que llevaba meses viendo venir lo mismo y que por fin podía dejar de fingir que no lo veía.

El escándalo, si es que en algún momento lo había habido, se lo había llevado Antonio consigo, junto con su poder de decisión y su despacho de la mesa de caoba.

Después de comer, Daniel y yo nos quedamos un rato más en la terraza del bar, con el café ya frío entre las manos, hablando de cosas de trabajo que ya no tenían nada de excusa.

—Tenemos que resolver lo tuyo —dijo, sin rodeos—. No de forma dramática. De forma práctica.

—Lo sé. Yo reportando directamente a ti no es sostenible ahora que somos pareja de verdad, delante de todos.

—Exacto. He estado pensando en pasar la coordinación de zona norte a depender de un supervisor intermedio, alguien con experiencia, que reporte a mí solo en las decisiones grandes.

Así tú y yo dejamos de tener una relación jerárquica directa en el día a día.

Es lo mismo que le expliqué a los socios cuando aprobaron lo mío con mi padre: no puede haber ambigüedad en quién decide qué sobre quién.

—¿Y quién sería ese supervisor intermedio?

—Había pensado en pedirle a Rosa que vuelva, si quisiera, aunque solo fuera para supervisar a distancia un tiempo mientras formamos a alguien de dentro. Pero no quiero decidir esto sin ti. Es tu puesto, Elena. Tú decides cómo quieres que quede.

Me gustó que me lo preguntara así, sin darlo por hecho, como si mi carrera fuera algo que yo tenía derecho a decidir por mí misma y no una pieza más que había que encajar alrededor de lo nuestro.

—Déjame pensarlo —dije—. Pero me gusta la idea de que no dependa directamente de ti. Necesito que quede claro, para mí la primera, que lo que tengo me lo he ganado yo, no que me lo regalas tú por estar conmigo.

—Eso ya lo sabía —dijo Daniel—. Pero me alegra que tú también lo tengas tan claro.

Se hizo un silencio cómodo, de los que ya no necesitaban rellenarse con nada, mientras el sol de la tarde le daba de lado a la terraza y los coches del polígono empezaban a arrancar hacia los últimos servicios del día.

—¿Qué haces esta noche? —preguntó él, de pronto, con un cambio de tono que reconocí enseguida.

—Nada. Cenar algo triste delante de la nevera, probablemente.

—¿Te apetece que cenemos juntos? En algún sitio normal. Un restaurante, una mesa, una carta. Nada de furgonetas averiadas ni de despachos a oscuras ni de coches aparcados en calles sin nombre.

Me reí, una risa de las que salen solas.

—¿Una cita normal? Qué novedad.

—Completamente normal. Te recojo a las nueve.

—Vale —dije, y esa palabra, tan pequeña, tan repetida ya entre los dos en tantas circunstancias distintas, sonó esta vez completamente distinta: sin farolas que apagar, sin miedo a que nadie nos viera, sin ningún pretexto de la empresa detrás.

Solo una cena. Solo dos personas que ya no tenían nada que esconder, quedando para verse esa misma noche porque les apetecía, sin más explicación que esa.