A un milímetro de ti CAPÍTULO 48
94%

CAPÍTULO 48

La junta de socios se convocó para un lunes, como siempre, pero esta vez no fue la reunión de rutina para cuadrar los números del trimestre.

Antonio la había pedido él mismo, con carácter extraordinario, y en Limpiezas Vidal ya sabíamos todos, con esa intuición de plantilla que se entera de las cosas antes de que se anuncien, que aquella junta iba a decidir algo más que presupuestos.

Yo no tenía sitio en esa sala. Ni como coordinadora, ni como nada.

Me pasé la mañana en el zulo, con el parte de incidencias abierto delante y sin poder leer ni una línea, mirando el reloj cada pocos minutos, sabiendo que arriba, en la sala grande con la mesa ovalada y las cristaleras que daban al aparcamiento, se estaba jugando algo que a mí me tocaba de lleno sin que yo pudiera abrir la boca.

Daniel me lo contó esa misma tarde, palabra por palabra, sentado frente a mí en su despacho con la puerta cerrada, todavía con la americana puesta, como si necesitara la armadura un rato más antes de quitársela del todo.

Antonio abrió la sesión con el tema de siempre, la reestructuración de contratas, los números del trimestre, dejando que todo el mundo se relajara con la rutina antes de soltar lo que llevaba preparado. Luego, sin previo aviso, cambió de tercio.

—Dijo que había un problema de gobierno corporativo —me contó Daniel, con la voz plana de quien repite algo que todavía le cuesta creer que haya pasado—.

Que el gerente mantenía una relación sentimental con una empleada bajo su mando directo, que eso comprometía la objetividad en la gestión del personal, que ya había habido quejas internas de favoritismo, y que como principal accionista consideraba necesario recuperar el control de recursos humanos para garantizar la imparcialidad de la empresa.

—Sin nombrarme.

—Sin nombrarte. No hacía falta. Todo el mundo en esa sala sabía exactamente de quién hablaba.

Daniel se había preparado. Llevaba semanas preparándose, en realidad, aunque yo no lo hubiera sabido hasta ese momento: una carpeta con los números reales de su gestión desde que asumió el departamento, comparados con los años en que su padre llevaba las riendas.

Cifras de rotación de personal, de bajas por conflictos laborales, de contratas perdidas y recuperadas, de la reducción de denuncias internas desde que él estaba al frente.

Los mismos números fríos y técnicos que había usado meses atrás para enfrentar el tema de Antonio y las empleadas, porque, según me dijo, «los sentimientos no convencen a un consejo de administración, pero los números sí».

—Le dije que hablara de conflictos de intereses cuando quisiera —me contó, con la mandíbula todavía tensa por el recuerdo—.

Pero que empezáramos entonces por los turnos que él llevaba treinta años manipulando para quedarse a solas con empleadas nuevas.

Que si de eso queríamos hablar delante de los socios, con pruebas, con historial de contraseñas y con una grabación que todavía existe, podíamos hablarlo.

Que mi vida personal no era competencia de esta junta, pero que la suya, con lo de Cris y lo de tantas otras antes de Cris, sí lo era, y de sobra.

Se hizo un silencio en la sala, según me contó, del tamaño de una losa.

Antonio intentó recomponerse, hablar de que aquello no venía a cuento, que eran cosas del pasado ya resueltas internamente.

Pero uno de los socios, el de las promociones inmobiliarias, el mismo cuya hija había sido la mujer de Daniel durante cinco años, pidió que se aclarara públicamente qué había pasado exactamente con aquel «asunto resuelto internamente», porque él, dijo, no tenía ni idea de que hubiera existido ningún problema de acoso en la empresa en la que su hija llevaba años vinculada por matrimonio.

Y entonces, en mitad de aquel silencio incómodo, se abrió la puerta de la sala y entró el hermano mayor de Daniel.

Marcos Vidal llevaba años sin pisar el polígono.

Se había ido a Londres nada más terminar la carrera, dejando a Daniel solo frente a Antonio, y desde entonces solo aparecía por Navidad, en fotos que Daniel me había enseñado una vez sin mucho cariño en la voz.

Pero esa mañana había vuelto, según me contó Daniel, porque Antonio le había llamado días antes intentando ganarse su apoyo para la junta, contándole su propia versión de los hechos, y Marcos, que llevaba quince años viviendo lejos precisamente para no tener que elegir bando en las guerras de su padre, había decidido esta vez que sí quería estar presente para ver con sus propios ojos qué pasaba.

—No dijo mucho —me contó Daniel—. Se sentó, escuchó, y cuando mi padre le pidió directamente que le respaldara, dijo que llevaba quince años fuera de esta empresa precisamente porque no quería tener nada que ver con la forma en que mi padre trataba a la gente que trabajaba para él, y que no pensaba empezar a defenderlo ahora, con setenta años, después de lo de Cris. Nada más. Pero fue suficiente.

Fue suficiente porque, según me explicó Daniel, en esas juntas el peso no lo da quién grita más fuerte, sino quién se queda callado del lado de quién.

Y cuando el hijo mayor de Antonio Vidal, el que se había ido para no volver, eligió el silencio en vez del apoyo, los demás socios entendieron el mensaje sin necesidad de que nadie lo dijera en voz alta.

Se votó, al final, una moción que llevaba semanas preparándose en la sombra sin que ni Daniel lo supiera del todo: retirar a Antonio la gestión operativa de la empresa, dejándole la presidencia honorífica y su participación accionarial, pero sin voto de decisión sobre personal, contratas ni presupuestos.

El apellido seguía en la puerta. El poder real, no.

—Se lo tomó como te puedes imaginar —dijo Daniel—.

Se levantó, dijo que aquello era una encerrona, que llevaba treinta años construyendo esta empresa con sus propias manos y que un grupo de traidores se la estaba robando delante de sus narices.

Nadie le contestó. Eso fue, creo, lo que más le dolió.

Que nadie se molestara ya ni en discutir con él.

Se quedó callado un momento, mirando sus propias manos sobre la mesa.

—Se acabó, Elena. Al menos esa parte.

No supe qué decir enseguida. Había esperado ese momento durante semanas, casi sin creer que fuera a llegar, y ahora que había llegado sentía una mezcla rara de alivio y de vértigo, como quien lleva tanto tiempo sujetando un peso que, al soltarlo por fin, no sabe qué hacer con los brazos vacíos.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Cómo estás tú con todo esto?

—Cansado. Y raro. Es mi padre, Elena, por mucho que me haya hecho la vida imposible.

No es fácil ver a alguien perder de golpe lo que ha sido toda su vida, aunque se lo haya buscado él solo, aunque se lo mereciera.

Pero también, por primera vez desde que tengo memoria, siento que la empresa es mía de verdad, no un préstamo que mi padre me hace mientras vigila cada paso que doy.

Se levantó, rodeó la mesa, y se sentó en el borde, cerca de mí, con esa cercanía que ya no tenía que medir en metros ni en excusas de bayetas.

—Quería contártelo a ti antes que a nadie —dijo—.

No como jefe informando a una empleada. Como Daniel, contándoselo a la persona con la que quiere compartir esto.

Porque ya no somos un secreto de despacho, Elena.

Somos otra cosa. Y necesitaba que lo primero que hiciera con esta noticia fuera venir a buscarte a ti.

Le miré, con la carpeta de números todavía sobre la mesa, con la americana arrugada de un día entero de guerra silenciosa, y pensé que aquel hombre que se había pasado media vida obedeciendo a su padre por miedo a hacerle daño acababa de plantarse delante de una junta de socios y había ganado, no por rabia, sino por aguantar el pulso hasta el final.

—Me alegro por ti —dije—. De verdad.

—Me alegro por los dos —contestó él, y por primera vez en toda la historia, esa frase no sonó a promesa a medias ni a algo que hubiera que esconder detrás de una puerta cerrada.