CAPÍTULO 47
Rosa llamó al día siguiente, a las nueve de la noche, sin que yo la hubiera avisado de nada.
Nunca le hizo falta que la avisaran. Llevaba meses demostrándome que tenía un radar propio para saber cuándo, al otro lado del Canal de la Mancha o de donde fuera que estuviera Lyon exactamente en el mapa, algo en Madrid se estaba torciendo.
—Gaditana —dijo, con el mismo tono seco de siempre, como si no hubiera pasado ni un día desde la última vez.
—Sargenta.
—Bea me ha llamado.
Me incorporé en la cama, sorprendida.
—¿Bea te ha llamado a ti? ¿Desde cuándo tenéis mi número de contacto compartido?
—Desde que las dos te queremos y las dos sabemos que a veces necesitas que alguien te dé un empujón en vez de un abrazo.
Bea me ha contado que la llamaste hecha polvo.
No me ha dado detalles, que para eso están las amigas de toda la vida, que saben guardar lo que hace falta guardar.
Pero me ha dicho lo suficiente para que yo sepa que llevas días dándole vueltas a algo gordo sin encontrar la salida.
Me quedé callada un momento, mirando el cactus en la repisa, marrón por las puntas, indiferente como siempre a todo lo que pasaba a su alrededor.
—Estoy hecha un lío, Rosa.
—Ya lo sé. Cuéntamelo tú, con tus palabras. A ver si de paso te aclaras tú también.
Se lo conté otra vez, aunque más corto que a Bea, porque a Rosa no le hacía falta el relato completo para entender el fondo del asunto.
Antonio, los informes falsos, las miradas de la plantilla, Lucía y su culpa clavada como una espina, y encima la pregunta que me llevaba comiendo por dentro desde la llamada del jueves: si esto era de verdad distinto, o si era Javi otra vez, con otro nombre y más dinero.
Rosa dejó que terminara sin meter baza, algo raro en ella, y cuando por fin hablé todo lo que tenía que hablar, encendió un cigarrillo al otro lado de la línea. Escuché el chasquido del mechero, la primera calada larga, el mismo ritual de siempre.
—Vale —dijo—. Vamos a hacer una cosa. Vamos a separar las preguntas, porque me da la sensación de que las llevas mezcladas en la misma olla y así no hay quien guise nada decente.
—¿Qué preguntas?
—Una es: ¿quieres estar con Daniel? La otra es: ¿quieres quedarte en Madrid, en esa empresa, con ese sueldo, con ese puesto que te has ganado tú sola a base de riñones? Son dos preguntas distintas, Elena, aunque tú las estés respondiendo como si fueran una sola.
Me quedé pensando un momento, con el teléfono pegado a la oreja.
—No sé si se pueden separar así como así. Si me quedo, es porque hay algo con Daniel. Si él no estuviera, ya me habría ido hace tiempo.
—Eso no es verdad, y lo sabes. —La voz de Rosa se endureció un punto, con ese cariño áspero que era su marca de fábrica—.
Tú entraste en esa empresa fregando chalets con la nevera vacía y catorce euros en la cuenta.
Te ganaste el puesto de coordinadora currando, no calentando la cama de Daniel, aunque los dos sepáis que las cosas entre vosotros ya andaban revueltas antes de que él te lo ofreciera.
Ese puesto lo levantaste tú, con tu cuaderno, con tus turnos bien cuadrados, con las horas que le echaste cuando yo me fui a Lyon y tú sola te comiste el marrón de la sustitución sin quejarte.
Eso no depende de ningún Vidal. Eso es tuyo.
—Pero si él se va, o si esto no funciona...
—Si él se va, o si esto no funciona, tú sigues siendo coordinadora de zona de Limpiezas Vidal, con experiencia, con un historial impecable, y con el valor de haber destapado a un acosador en serie con pruebas cuando nadie más se atrevió.
Eso te lo puedes llevar a cualquier empresa de limpieza de Madrid, con Daniel o sin Daniel, con Antonio jodiéndote la vida o sin él.
La pregunta de si te quedas o te vas de esa empresa no tiene nada que ver con si Daniel te quiere o no te quiere.
Tiene que ver con si tú quieres seguir construyendo algo tuyo en ese sitio, con la mierda de Antonio incluida, o si prefieres buscarte otro sitio donde no tengas que demostrar cada mañana que no eres lo que la gente cree que eres.
Me quedé callada, dejando que la frase se posara.
—¿Y la otra pregunta? —dije al fin—. La de Daniel.
—Esa te la tienes que contestar tú sola, y con calma, no en mitad de una semana de mierda con toda la oficina mirándote raro.
Pero te voy a decir una cosa, gaditana, y luego dejo de hacer de terapeuta gratis, que para eso ya tengo bastante con mis niños.
Lo que has vivido con Javi fue un hombre que te mintió para quedarse con las dos cosas: contigo y con la otra, a escondidas, sin arriesgar nada.
Lo que has vivido con Daniel, te guste más o menos el cómo, es un hombre que ha perdido su matrimonio, su piso, la paz con su padre y probablemente parte del negocio familiar, todo en cuestión de semanas, por no seguir escondiéndote.
Puede que sea el mismo error con otro nombre.
O puede que sea justo lo contrario. Eso solo lo sabes tú, con el tiempo, viendo lo que hace cuando de verdad le cueste algo.
No con lo que dice en un banco del parque una noche bonita.
—Eso es justo lo que me da miedo. Que solo lo sepa con el tiempo.
—Bienvenida a hacerte mayor, Elena. Eso es lo único que hay.
Nos reímos las dos, un poco flojo, un poco cansado, pero real.
—¿Y cómo va todo por Lyon? —pregunté, porque de pronto me di cuenta de que llevaba media conversación hablando solo de mí, y Rosa nunca me lo echaba en cara aunque tuviera todo el derecho.
—Bien. El mayor ya lee libros enteros en francés y me corrige el acento cada vez que digo «croissant» a la española.
Un maleducado, como te dije. Mi hija ha terminado el curso de enfermería, empieza en el hospital del centro el mes que viene, turno de noches al principio, como todo el mundo cuando empieza.
Está nerviosa, pero se le nota que quiere.
Yo sigo limpiando casas de gente con dinero, solo que aquí me pagan mejor y me hablan de usted sin que suene a burla.
—¿Eres feliz, Sargenta?
—Soy útil, que para mí es parecido. Y estoy cerca de mis nietos. No necesito mucho más a estas alturas.
Colgamos pasada la medianoche, y me quedé sentada en el borde de la cama, con el teléfono todavía caliente y la cabeza, por primera vez en una semana, un poco más ordenada.
No sabía todavía qué iba a pasar con Daniel.
Eso seguía abierto, y probablemente iba a seguir abierto un tiempo, porque las cosas de verdad no se resuelven en una llamada de teléfono ni en una noche de confesiones.
Pero la otra pregunta, la que Rosa había separado de la maraña con la misma limpieza con la que separaba una mancha de grasa de una de cal, esa sí la tenía clara cuando apagué la luz.
Me quedaba. No por Daniel. Me quedaba porque había llegado a esta ciudad con catorce euros y una maleta de lona, y había construido algo mío, con mis propias manos, línea a línea de un cuadrante, y no pensaba regalárselo a Antonio Vidal solo porque a él le conviniera que yo desapareciera sin ruido.
Esta vez no iba a huir en cuanto las cosas se pusieran feas.
Esta vez pensaba pelear por lo mío, con nombre y apellido, aunque todavía no supiera cómo iba a acabar lo de Daniel.
Me dormí con esa certeza pequeña pero firme sujeta contra el pecho, como quien se abraza a lo único sólido que le queda en mitad de una tormenta que todavía no ha amainado del todo.