A un milímetro de ti CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Fue una semana mala, de esas que no tienen un solo motivo grande, sino veinte pequeños que se van apilando hasta que cualquier cosa pesa como si fuera la última gota.

Antonio no volvió a llamarme a su despacho, pero encontró otras formas de hacerse notar: un informe de rendimiento que llegó a recursos humanos sin que nadie me avisara, una reunión de zona a la que no me convocaron y de la que me enteré por Laura, comentarios sueltos de encargados de otras rutas que de pronto me miraban distinto en el pasillo, con esa mezcla de curiosidad y desprecio que reservan para la empleada que se ha liado con el jefe, aunque nadie lo dijera en voz alta delante de mí.

En la sala de descanso el silencio se cortaba en seco cuando yo entraba.

No hacía falta que nadie dijera nada. El silencio ya lo decía todo.

Lo peor era que ya no había ningún secreto que proteger, y aun así seguía sintiéndome exactamente igual de expuesta que cuando sí lo había.

Antes al menos tenía la excusa de esconderme.

Ahora solo tenía la certeza de que todo el mundo sabía lo que era yo a sus ojos: la coordinadora que se folla al gerente, la que ha subido gracias a la cama y no gracias al trabajo, por mucho que llevara tres meses ganándome cada línea de ese currículum a base de rodillas molidas.

Y luego estaba Lucía. Habíamos hablado, sí, en aquella cafetería, con su abrigo camel y su tarjeta blanca sobre la formica.

Pero la culpa no atendía a razones ni a conversaciones bien resueltas.

Me la encontraba de madrugada, cuando no podía dormir, sirviéndome agua con hielo en una bandeja de plata, mirando los tejados de pizarra de Diego de León con esa desgana suya que no era de villana.

La culpa, como ya sabía desde hacía tiempo, no entiende de proporciones ni de plazos.

El jueves por la noche llamé a Bea.

—¿Qué pasa, gaditana? —contestó, con ese runrún de fondo que en su casa nunca faltaba: la tele encendida, algún crío gritando en la calle, el ventilador de siempre.

Y por primera vez en tres meses, en vez de darle la versión resumida, la de «estoy bien, aquí, aguantando», se lo conté todo.

Todo de verdad. Desde el primer día en el almacén hasta el coche aparcado en la calle oscura, pasando por Antonio, por Cris, por la grabación, por Lucía y su abrigo camel y su estudio nuevo, hasta la semana de miradas en el pasillo que me tenía con el estómago encogido desde el lunes.

Bea me dejó hablar sin interrumpir. Cuando terminé, se hizo un silencio largo al otro lado de la línea, del tipo que no era de los buenos.

—Joder, Elena.

—Ya.

—Un hombre casado. —Lo dijo despacio, como si necesitara paladear la frase para creérsela del todo—. Te fuiste de aquí llorando por un tío que te puso los cuernos, y te has liado con uno que se los ha puesto él a su mujer. ¿Te das cuenta de cómo suena eso, dicho así, sin adornos?

—No es lo mismo, Bea.

—¿Seguro? Porque desde aquí, con la información que me acabas de dar, se parece bastante. Un matrimonio roto, una mujer que no se merece esto, y tú otra vez en medio de un lío que no empezaste tú pero que vas a acabar pagando tú sola, como siempre.

Me dolió, pero no me dolió porque fuera injusto. Me dolió porque llevaba días pensando exactamente lo mismo sin atreverme a decirlo en voz alta ni siquiera dentro de mi propia cabeza.

—Es diferente porque él eligió —dije, sin mucha convicción—. Se ha separado de verdad. No es un rollo a escondidas que dure para siempre. Ha dejado el piso, se lo ha dicho a su padre, está pagando el precio.

—¿Y tú, Elena? ¿Qué precio estás pagando tú?

No contesté enseguida.

—El puesto —dije al fin—. Puede que el puesto entero. Antonio va a por mí, Bea, de verdad, con papeles y con informes falsos y con todo lo que tiene a mano. Y encima ahora toda la plantilla me mira como si fuera la última puta del polígono.

—Eso ya lo viviste una vez, cariño. En San Fernando, cuando Javi te dejó por la otra y todo el pueblo te miraba a ti como si tú hubieras hecho algo mal.

Te fuiste de aquí para no volver a sentir eso.

¿Y ahora te has metido tú solita en el mismo sitio, pero en Madrid, con más zeros en la nómina de por medio?

Me apreté los ojos con la mano libre.

—No lo sé —dije, y era la primera vez que lo admitía en voz alta—.

No sé si esto es distinto de verdad o si soy yo la que se repite el mismo patrón cada vez que algo empieza a irme bien.

No sé si quiero esta empresa, esta ciudad, este hombre, o si solo quiero dejar de sentir que tengo que demostrarle algo a alguien cada mañana al levantarme.

—Eso, gaditana, es lo único que tienes que averiguar. Y nadie te lo puede averiguar por ti. Ni yo, ni Daniel, ni la Virgen del Carmen.

Hablamos un rato más, de cosas pequeñas, de si su hija mayor había empezado ya el colegio, de que en San Fernando el levante llevaba tres días pegando fuerte y a su madre le dolían las rodillas con el cambio de tiempo.

Cuando colgamos, no me sentía ni mejor ni peor.

Me sentía, sobre todo, cansada, con ese cansancio que no se cura con dormir porque no viene del cuerpo.

Me tumbé en la cama sin quitarme la ropa, con el móvil todavía caliente en la mano y la pregunta de Bea dándome vueltas sin encontrar sitio donde posarse: si esto era distinto, o si era la misma Elena de siempre, corriendo detrás de un hombre imposible para no tener que mirar de frente lo que le pasaba a ella sola, con o sin hombre de por medio.

No llegué a ninguna conclusión. Me quedé dormida así, con la luz encendida y los zapatos puestos, sin haber decidido nada, con la sensación exacta de estar al borde de algo que, esta vez, podía no salir bien.