A un milímetro de ti CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

La orden llegó por Laura, que asomó la cabeza por el zulo con la cara de quien trae un recado que no le gusta nada llevar.

—Elena, dice Antonio que subas a su despacho cuando puedas. Bueno, ha dicho «ya», pero yo te lo suavizo un poco.

No me sorprendió. Llevaba días esperando que Antonio moviera ficha de alguna forma, y que lo hiciera llamándome a mí en persona, en vez de a través de un abogado o de un informe de recursos humanos, tenía su lógica: a Antonio Vidal le gustaba mirar a los ojos de la gente a la que iba a hacer daño. Era parte del espectáculo.

Subí las escaleras despacio, no porque tuviera miedo, sino porque quería llegar con el pulso tranquilo.

Hace tres meses habría subido corriendo, con las manos temblando dentro de los bolsillos de la bata.

Esa Elena ya no existía del todo, aunque a ratos, como ahora, sintiera que se le quedaban restos pegados a la piel.

Estaba de pie junto a la ventana cuando entré, con las manos cruzadas a la espalda, mirando el aparcamiento del polígono como si contemplara algo mucho más importante que unas furgonetas blancas con el logo desconchado.

La mesa de caoba seguía en su sitio, brillante, con la pluma estilográfica alineada junto a una carpeta cerrada.

—Elena. —Se giró con la sonrisa de siempre, esa que parecía tallada en cera de vela cara—. Pasa, siéntate, mujer, que esto no es un juicio.

No me senté. Me quedé de pie, a un metro de la mesa, con los brazos cruzados y la vista fija en él.

—Como usted diga, Antonio.

Le cambió algo en la cara, algo mínimo, casi imperceptible, el tipo de cosa que solo notas si llevas meses estudiando a alguien como quien estudia una grieta en una pared para saber si el edificio aguanta. No estaba acostumbrado a que no aceptara la silla.

—Tenemos un problema, guapa —dijo, sentándose él en su sillón de piel negra, cruzando las manos sobre el estómago con esa parsimonia de maestro rural que yo ya conocía de memoria—. Un problema de imagen. De gestión de personal, ya sabes, lo mío. Han llegado quejas.

—¿Quejas de quién?

—De algunas compañeras. —Hizo un gesto vago con la mano, como quien espanta una mosca—.

Dicen que notan un trato preferente hacia tu zona en el reparto de turnos, que hay favoritismo en las asignaciones desde que...

bueno, desde que las cosas están como están entre tú y mi hijo.

Y luego está el tema del rendimiento, que también hay que mirarlo.

He pedido un informe. Los datos de tu zona han bajado un poco este trimestre.

—¿Qué compañeras, Antonio? Dame nombres.

—Eso no puedo dártelo, Elena, ya sabes cómo son estas cosas, confidencialidad de la empresa.

—Qué casualidad —dije, sin levantar la voz, sin que me temblara nada—.

Las mismas quejas anónimas, la misma confidencialidad de la empresa que no dejaba huella cuando le quitaste los chalets de la tarde a una limpiadora nueva que se había quejado del reparto.

Eso hace tres meses. He aprendido a reconocer el patrón, Antonio.

Usted no cambia de táctica, solo cambia de excusa.

Antonio entornó los ojos, y por un segundo el barniz meloso se le resquebrajó lo justo para que asomara lo de debajo, esas rendijas grises que yo ya había visto una vez, delante de esta misma mesa.

—Cuidado con el tono, coordinadora.

—Estoy siendo perfectamente educada. —Di un paso hacia la mesa, no para intimidarlo, sino porque necesitaba que entendiera que ya no me temblaban las piernas al acercarme—.

Usted quiere quitarme de en medio sin que parezca una represalia por lo mío con Daniel.

Necesita un argumento objetivo, algo que pueda enseñarles a los socios el lunes sin que suene a lo que realmente es: que su hijo le ha dado un disgusto y usted necesita a alguien a quien hacérselo pagar sin tocarlo a él.

Yo soy la pieza más barata del tablero. Lo entiendo perfectamente.

No hace falta que me lo explique con eufemismos de logística.

Se hizo un silencio distinto al de otras veces, uno donde ninguno de los dos bajaba la mirada.

—Eres lista, Elena, siempre lo has sido —dijo al fin, más despacio, con la voz ya sin ninguna miel encima—.

Pero lista no es lo mismo que fuerte. Tú sola, contra treinta años de esta empresa, contra un abogado que le debe favores a mi familia desde antes de que nacieras, no tienes nada que hacer.

Piénsatelo bien antes de ponerte digna conmigo.

—Ya hay un historial de cómo funciona esta casa cuando alguien le incomoda a usted, Antonio.

—Lo dije bajo, sin necesidad de gritar, porque los dos sabíamos exactamente a qué me refería sin tener que nombrarlo—.

Y ese historial no lo tengo yo sola guardado en un cajón.

No hace falta que se lo recuerde con más detalle. Usted sabe perfectamente de qué hablo.

Se quedó callado. Fue la primera vez, desde que lo conocía, que le vi elegir el silencio en vez de la última palabra.

—Puede subir informes de rendimiento inventados, puede buscar quejas anónimas que no existen, puede intentar todo lo que se le ocurra —seguí—. Pero no me va a encontrar en la puerta de este despacho temblando como hace tres meses. Eso, al menos, ya no lo tiene.

Salí sin esperar a que me diera permiso, cerrando la puerta con el mismo cuidado con el que la había abierto, sin dar un portazo que le regalara la última palabra de la escena.

Bajé las escaleras con el pulso todavía acelerado, pero no de miedo. Era otra cosa, algo más parecido a la adrenalina de después de ganar un pulso que sabías que iba a doler ganaras o perdieras.

Me metí en el zulo, cerré la puerta y me senté frente al ordenador sin encenderlo, mirando la pantalla negra un buen rato.

Antonio no se iba a rendir con una conversación.

Eso lo sabía. Iba a seguir buscando el argumento perfecto, el papel que le sirviera para quitarme de en medio sin mancharse las manos, y por mucho carácter que yo hubiera sacado en su despacho, la realidad seguía siendo la misma que le había dicho a él, en voz alta, sin adornarla: yo era la pieza más barata del tablero.

Y entonces me hice la pregunta que llevaba semanas esquivando, escondida detrás del trabajo, detrás de Daniel, detrás de la novedad de tener por fin algo bueno en esta ciudad.

¿Merecía la pena quedarme en Limpiezas Vidal pase lo que pase con Daniel?

No tenía una respuesta clara. Tenía un sueldo que me había sacado de los catorce euros en la cuenta, una acreditación azul de la que me sentía orgullosa, y un puesto que me había ganado yo sola, sin que Daniel moviera un dedo por mí.

Pero también tenía un techo que dependía enteramente del apellido de un hombre que acababa de decirme, con toda la calma del mundo, que era una pieza barata y prescindible en su tablero.

Y esa mezcla, por primera vez desde que llegué a Madrid, me pareció insostenible a largo plazo, con Daniel o sin Daniel de por medio.

Necesitaba algo mío. Algo que no dependiera de que un Vidal cualquiera decidiera un día, por rabia o por cálculo, que ya no le convenía tenerme cerca.

Cogí el móvil y le escribí a Daniel un mensaje corto, distinto a todos los que le había escrito hasta entonces, porque no era de los que se mandan a un hombre al que quieres, sino de los que se mandan a un jefe al que hay que rendirle cuentas.

Necesito hablar contigo. Como gerente, no como lo otro. Es sobre tu padre y sobre mi puesto.

Lo envié antes de que me diera tiempo a suavizarlo, porque esa era, exactamente, la diferencia que necesitaba dejar clara desde el primer momento: una cosa era lo que Daniel y yo éramos el uno para el otro cuando se apagaba una farola en una calle oscura, y otra muy distinta era lo que le tocaba resolver como el hombre que firmaba mi nómina.