A un milímetro de ti CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Pasaron cinco días más antes de que Daniel me escribiera.

Cinco días en los que me crucé con él en la central lo justo, en pasillos con gente delante, con esa cortesía de manual que ya nos salía sin ensayar: «buenos días, coordinadora», «buenos días, jefe».

Nadie que nos viera habría sospechado nada.

Yo, que sabía lo que había debajo, me pasaba esos cinco días con la sensación de estar sosteniendo un vaso lleno hasta el borde sin que se me notara el pulso.

El mensaje llegó un jueves, a las ocho y media de la noche. ¿Puedo pasarme por tu barrio? No en el coche. Solo para hablar.

Le contesté que sí, y le di la esquina del parque de Santander, no el portal, porque un bajo de veintidós metros con la cama a la vista me pareció, de pronto, demasiado pequeño para la conversación que nos tocaba tener.

Lo encontré sentado en un banco, con las manos entre las rodillas y la chaqueta doblada a su lado, mirando cómo un grupo de chavales se peleaba por un balón bajo una farola que sí funcionaba.

No llevaba corbata. No llevaba el traje de los lunes de junta.

Tenía el aspecto de alguien que llevaba días sin dormir bien pero que, por primera vez desde que lo conocía, no parecía estar cargando ningún peso a escondidas.

Me senté a su lado, dejando el espacio justo de siempre, ese medio metro que ya no sabía si era costumbre o prudencia.

—Está hecho —dijo, sin rodeos, mirando todavía a los chavales del balón—.

Me he ido del piso de Diego de León. Se queda ella, es lo justo, lo compró su padre antes de casarnos.

Yo he alquilado algo cerca de Cuatro Caminos, provisional, hasta que se aclare todo lo demás.

Los papeles del divorcio los está llevando el abogado de la familia de ella.

Va a ser rápido, según dice. No hay nada que pelear, ni hijos, ni casi nada en común que discutir, aparte de un perro que ya era de ella antes de conocerme.

Escuché sin interrumpir. Se lo había prometido a mí misma en algún momento de esos cinco días: cuando por fin hablara, iba a dejarle terminar antes de meter baza.

—¿Cómo fue? —pregunté, cuando quedó claro que había parado.

—Triste. —Lo dijo así, sin adornarlo—. No fue una escena de gritos ni de platos rotos, si es lo que te preguntas.

Lucía no es de esas. Se quedó callada un buen rato, luego me hizo dos o tres preguntas que no supe contestar bien, y luego me dijo que llevaba tiempo esperando que algo así pasara, aunque no supiera que iba a tener nombre y apellido.

—Se pasó la mano por la cara—. No hubo crueldad por ninguna parte.

Eso es lo peor, en realidad. Habría sido más fácil que me odiara.

Pensé en la cafetería, en el abrigo camel, en la tarjeta blanca sobre la formica, pero no le conté esa parte. No era mía para contarla. Si Lucía quería que Daniel supiera que habíamos hablado, se lo diría ella misma.

—¿Y tu padre?

La cara de Daniel cambió, se le puso esa dureza que yo ya conocía de otras conversaciones sobre Antonio.

—Se lo dije el mismo día que se lo dije a ella.

No quería que se enterara por otro lado.

—Respiró hondo—. Se puso como te puedes imaginar.

Rabia, gritos, lo de siempre. Me dijo que había arruinado la alianza con la constructora de los padres de Lucía por «una empleada de mierda».

Me dijo que si seguía por ese camino, se aseguraría de que el apellido Vidal no volviera a abrirme ninguna puerta en Madrid.

—Se quedó un momento callado—. No es la primera vez que me lo dice.

Pero es la primera vez que se lo he oído decir sin que me temblara nada por dentro al escucharlo.

—¿Y la empresa?

—Ahí es donde la cosa sigue abierta. No ha vuelto a mencionar lo del cruce de datos, pero tampoco ha dicho que lo retire del todo.

Sigue siendo mi padre, sigue teniendo la mayoría accionarial, y ahora, encima, tiene un motivo real de rabia contra mí, no uno inventado.

Va a buscar la forma de hacerme pagar esto en algún sitio. No sé todavía por dónde.

Nos quedamos callados un rato, los dos mirando el balón de los chavales rebotar contra el bordillo, y me di cuenta de que esa parte, precisamente, era la que llevábamos meses evitando decir en voz alta.

—Daniel. —Me giré hacia él en el banco—. Necesito que hablemos de esto de verdad, no de lo bonito. De lo que viene ahora.

—Te escucho.

—Esto ya no es un secreto que proteger. Ya no hay pasillo ni almacén ni coche aparcado en una calle oscura.

Es una situación real, con consecuencias reales, para los dos, dentro y fuera del trabajo.

—Se me hizo un nudo raro en la garganta, pero seguí, porque me lo debía a mí misma—.

Yo sigo siendo tu empleada. Coordinadora de zona, contratada por Limpiezas Vidal, con un sueldo que depende de que tu padre no decida un día que la mejor forma de vengarse de ti es despedirme a mí con cualquier excusa legal.

Y tú sigues siendo el gerente, el hijo, el apellido de la puerta.

Esto no es solo «estamos juntos», Daniel.

Esto es que a partir de ahora, cada vez que alguien en esa oficina nos mire, va a pensar algo.

Y ese algo me va a salpicar más a mí que a ti, porque tú tienes un apellido que te protege y yo no tengo nada más que mi contrato.

Daniel no me interrumpió. Esperó a que terminara, con esa quietud suya que en otro momento me habría parecido distancia y que ahora sabía leer como respeto.

—Lo sé —dijo—. Y no tengo una solución perfecta que darte ahora mismo.

Lo único que puedo decirte con certeza es que no pienso volver a esconderte, en ningún sentido, para hacerme la vida más cómoda a mí.

Si eso significa cambiar tu situación laboral para que nadie pueda usarla contra ti, lo cambiaremos.

Si significa hablar con los socios antes de que lo haga mi padre a su manera, hablaré con ellos.

No sé todavía cómo se hace bien esto. Pero sé que no lo voy a hacer a medias, como he hecho todo lo demás en mi vida hasta ahora.

—No te estoy pidiendo garantías que no puedas dar.

—Lo sé. Te las estoy dando yo, sin que me las pidas, porque es lo único que tengo para ofrecerte ahora mismo, aparte de un piso de alquiler cerca de Cuatro Caminos con dos cajas sin abrir.

Se me escapó una risa corta, de las que salen solas cuando lo que tienes por dentro es demasiado para quedarse solo en un tipo de sentimiento.

—Vaya panorama —dije—. El hijo del dueño y la coordinadora de zona, los dos sin saber muy bien cómo va a acabar esto.

—Sin saberlo —confirmó él—. Pero sin escondernos. Eso, por lo menos, ya lo tenemos.

Los chavales del balón se fueron yendo poco a poco hacia sus casas, llamados a gritos desde algún balcón, y el parque se quedó más silencioso, con el rumor de fondo de la M-30 llegando amortiguado, igual que aquella noche en el coche.

No dije nada más. Estiré la mano y la posé sobre la suya, que descansaba entre los dos en el banco, y él giró la palma para entrelazar los dedos con los míos, despacio, sin ninguna prisa, sin ninguna farola que apagar esta vez porque no había nada que ocultar de la luz.

Apoyé la cabeza en su hombro, sintiendo el frío de la noche de Madrid contra la cara y el calor de su brazo contra la sien, y me quedé así, quieta, sin necesidad de decir nada más.

En la oficina, nadie lo sabía todavía. Antonio seguía calculando su próximo movimiento, Lucía estaba montando un estudio sin el apellido Vidal en las escrituras, y yo seguía teniendo un contrato que cualquiera podía romper con la excusa correcta.

Pero por primera vez desde que entré por la puerta de aquel almacén tres meses atrás, estaba sentada al lado de Daniel Vidal en un banco de un parque de Tetuán, a la vista de cualquiera que pasara, sin nada que esconder salvo el resultado.