A un milímetro de ti CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Dos días. Cuarenta y ocho horas exactas, si contaba desde la ventanilla bajada del coche en el aparcamiento del polígono hasta esa misma mañana, sin una llamada, sin un mensaje, sin nada que me dijera si Daniel seguía vivo, si había dormido, si Lucía le había echado de casa a gritos o si simplemente el silencio era su forma de decirme que se había arrepentido de todo en el último segundo.

El silencio me hacía más daño que cualquier explicación mala que pudiera haberme dado.

Con una explicación, aunque fuera horrible, al menos tendría algo con lo que discutir.

Con el silencio no tenía nada. Solo el móvil bocarriba en la mesa del zulo, comprobado cada veinte minutos con la excusa de mirar el correo, y el cuadrante de la sierra que llevaba dos días revisando sin ver ni una sola cifra.

Trabajé esos dos días como quien anda por un pasillo a oscuras tocando la pared. Firmé partes, resolví una queja de un cliente de Boadilla, le expliqué a Laura por tercera vez cómo se rellenaba el formulario de bajas de material. Hice todo lo que tenía que hacer. No hice bien ninguna de esas cosas.

El tercer día, al salir de la central, la vi antes de que ella me viera a mí.

Estaba apoyada en la pared de la cafetería de la esquina, la de siempre, la que ponía el café más barato de la zona y donde nunca coincidía nadie de la oficina porque el dueño era arisco y no dejaba fumar ni en la terraza.

Llevaba un abrigo largo, color camel, y el pelo recogido en una coleta baja que le daba un aire distinto al de la fiesta del hotel, más sencillo, más suyo.

No tenía cara de venir a montar un espectáculo.

Tenía la cara de alguien que llevaba dos días sin dormir bien y lo disimulaba con la misma elegancia con la que disimulaba todo lo demás.

—Elena. —No fue una pregunta.

Me paré en seco en mitad de la acera, con la mochila colgando de un hombro y el corazón haciendo algo que no sabría describir sin caer en la cursilería que llevaba meses evitando.

—Lucía.

—¿Tienes un momento? Invito yo.

No sonaba a amenaza. Sonaba, de hecho, exactamente igual que aquella tarde en el salón de Diego de León, cuando bajó las escaleras con la bandeja de plata y me habló de mandarlo todo a la mierda.

La misma calma, el mismo tono de quien no necesita levantar la voz para que se la escuche.

Y fue precisamente esa calma la que hizo que se me revolviera el estómago mucho más que si me hubiera cruzado la cara de un guantazo allí mismo, delante de la parada del autobús.

Nos sentamos en una mesa del fondo. Pidió dos cafés sin preguntarme qué quería, y no me pareció mal, porque en ese momento no habría sabido contestar ni a esa pregunta.

—Daniel me lo contó hace dos noches —dijo, sin rodeos, en cuanto el camarero se alejó—. Todo. No me dio la versión corta.

—Lo siento —dije, y me odié un poco al oírme, porque «lo siento» sonaba pequeño, insuficiente, el tipo de frase que se dice para llenar un silencio y no porque signifique nada de verdad.

—No he venido para que te disculpes. —Removió el café despacio, sin mirarme todavía del todo—. He venido porque llevo dos días dándole vueltas a una cosa, y prefiero decírtela yo, cara a cara, en vez de que te la imagines peor de lo que es.

Esperé.

—Nuestro matrimonio llevaba roto mucho antes de que tú entraras por la puerta de ese almacén.

—Lo dijo sin dramatismo, como quien constata la hora—.

Yo lo sabía. Lo sabía hace tiempo, aunque no me lo dijera con estas palabras.

Daniel y yo nos casamos porque nuestros padres llevaban años haciendo negocios juntos y porque a los dos nos venía bien no tener que buscar en ningún otro sitio.

Eso, al principio, no parece tan grave. Con los años, sí lo es.

—Eso no te lo estoy pidiendo que me lo justifiques —dije, porque me pareció importante decirlo—. No necesito que me absuelvas.

—Ya lo sé. No he venido a absolverte. —Por fin levantó la vista y me miró directamente, con esos ojos que recordaba tan cansados aquella tarde, mirando los tejados de pizarra desde el sofá blanco—.

Vengo a decirte que sé que esto llevaba tiempo roto, sí.

Pero saberlo no hace que me duela menos.

Una cosa no quita la otra, Elena. Que un matrimonio esté vacío desde hace años no significa que no duela que se rompa de golpe, en una noche, con nombre y apellido delante.

Así que no pienses que porque yo entienda las causas, esto se convierte en un cheque en blanco para ti.

No lo es. Me vas a doler durante un tiempo, tengas tú la culpa o no la tengas.

Me quedé callada. No tenía nada que oponer a eso, porque tenía razón, y porque discutírselo habría sido, además de inútil, una falta de respeto que no pensaba permitirme.

—¿Cómo está él? —pregunté, al final, porque llevaba dos días sin poder preguntárselo a nadie.

—Mal. —Lucía se encogió de hombros, con una honestidad que no esperaba—.

Se siente culpable por mí, se siente culpable por su padre, y sospecho que también se siente culpable por ti, por haberte hecho esperar tanto.

Es de los que cargan con todo a la vez, aunque solo tenga dos hombros.

Eso no ha cambiado. Nunca ha cambiado, en los cinco años que llevo con él.

Removió el café otra vez, aunque ya no le quedaba azúcar que disolver.

—Yo sabía lo del apellido, lo de mi padre, lo de Antonio —dijo—.

Sabía que él vivía atrapado en una vida que otros habían decidido por él antes de que él tuviera edad para opinar.

Y durante cinco años me dije que si yo aguantaba, si yo era paciente, algún día él encontraría la manera de salir de esa jaula y me llevaría con él.

—Sonrió, sin alegría—. Qué ridículo suena dicho en voz alta.

—No suena ridículo.

—Suena exactamente a lo que era: una mujer esperando a que un hombre decidiera vivir su propia vida, para poder vivir yo la mía al lado de la suya. —Se quedó mirando el vaso vacío un momento—. Y eso se acabó anoche, Elena. No por ti. Por mí.

—¿Qué vas a hacer?

Fue la primera pregunta que le hice sin pensarla, y en cuanto salió de mi boca me di cuenta de que era, quizá, la más importante de toda la conversación.

Lucía sacó del bolso una tarjeta pequeña, blanca, con un nombre y un teléfono impresos, y la dejó sobre la mesa, entre las dos tazas.

—Voy a montar mi propio estudio de interiorismo.

Sin la constructora de mi padre detrás, sin el apellido Vidal en las escrituras, sin nadie que me diga qué clientes son adecuados y cuáles no.

Llevo cinco años diseñando casas perfectas para otras personas mientras vivía en una que no era mía de verdad.

—Se levantó, se puso el abrigo camel con un gesto pausado—.

A lo mejor esto os suena raro viniendo de mí, pero llevabais razón los dos, cada uno a su manera: yo también necesitaba que algo se rompiera para moverme.

Se quedó de pie un segundo, mirándome, sin rencor y sin ternura tampoco, con esa neutralidad suya que era mucho más difícil de sostener que cualquier grito.

—No te deseo nada malo, Elena. Pero tampoco voy a fingir que me alegro de haberte conocido en estas circunstancias. Cuídalo. Y cuídate tú también, que por lo que me ha contado, buena falta te va a hacer.

Se dio la vuelta y salió de la cafetería con ese paso fino que yo ya conocía de otra vida, el de las mujeres que nunca han tenido que arrastrar un carrito de limpieza por un pasillo de mármol.

Me quedé sola en la mesa, con el café frío delante y la tarjeta blanca todavía sobre la formica, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

No sentía alivio, exactamente, aunque una parte de mí, la más honesta y la más incómoda, reconocía que sí, que algo en el pecho se me había aflojado un poco al saber que Lucía no iba a odiarme el resto de mi vida.

Tampoco sentía solo vergüenza, aunque otra parte de mí, igual de honesta, sabía que acababa de estar sentada delante de una mujer a la que le había roto algo, por mucho que ese algo ya viniera agrietado de antes.

Sentía las dos cosas a la vez, mezcladas, sin ninguna intención de separarse la una de la otra, y esa mezcla me pareció, de repente, la definición exacta de lo que llevaba meses viviendo.

El móvil seguía en silencio dentro del bolso. Ni una palabra de Daniel. Solo una tarjeta blanca sobre la mesa y una taza de café que ya no tenía sentido terminarme.