A un milímetro de ti CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Salí de la central pasadas las siete, con el cansancio pegado a los hombros como una bata mojada, pensando que al menos esa noche podría dormir sin el móvil bocarriba iluminando el techo. Me equivocaba, pero eso todavía no lo sabía.

Daniel me estaba esperando en la esquina del polígono, apoyado en el coche, sin la chaqueta, con la camisa arrugada como si llevara todo el día tirando de ella con las manos.

No hacía falta acercarme mucho para saber que algo había pasado.

Tenía la cara de después de una pelea, no de las que dejan marcas por fuera, sino de las otras, las que te dejan la mandíbula tensa durante días.

—¿Ha hablado con tu padre? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí.

No me invitó a subir al coche. Se quedó de pie, con las manos metidas en los bolsillos, mirando al suelo del aparcamiento un segundo antes de levantar la vista y contarme lo que tenía que contarme sin envolverlo en nada, sin suavizarlo, tal y como yo le había pedido semanas atrás que hiciera con todo lo que me afectara.

—Le he pedido que retirara lo del cruce de datos. Que dejara la gestión de personal donde está. —Se pasó la mano por el pelo—. Me ha dicho que sí. Pero con una condición. Si no le devuelvo el control, se lo cuenta él a Lucía. A su manera. Para hacer el máximo daño posible.

El aire del polígono, que a esa hora ya olía a gasoil frío y a la tierra removida de las obras de al lado, se me quedó atascado en la garganta.

—¿Qué significa «a su manera»?

—Significa que no le importa una mierda hacerlo con cuidado.

Significa que buscará el momento y el sitio donde más le duela.

En una cena con los socios, delante de la familia de ella, donde sea que le sirva para hacerme pagar por no cederle lo que quiere.

—Daniel apretó la mandíbula—. Mi padre no amenaza con cosas que no esté dispuesto a cumplir, Elena.

Lo conozco desde hace treinta y cuatro años. Esto lo va a hacer.

Me quedé callada, intentando poner en orden algo que no tenía ningún orden posible.

Antonio Vidal, que llevaba treinta años sabiendo exactamente dónde apretar, había encontrado la única palanca capaz de mover a Daniel más deprisa que cualquier amenaza sobre la empresa: no yo, no mi puesto, no el cruce de datos de la gestoría.

Lucía. El único sitio donde a Daniel todavía le quedaba algo de vergüenza intacta.

—He decidido que se lo voy a decir yo —dijo Daniel—. Antes que él. Esta semana.

—¿Esta semana?

—Esta noche, si puedo.

Lo miré, buscando en su cara algún rastro de duda, algo a lo que agarrarme para pensar que aquello era precipitado, que era una decisión tomada con la rabia todavía caliente por la conversación con su padre y no con la cabeza.

No lo encontré. Tenía la misma cara del almacén, la de las decisiones que ya están tomadas antes de que se digan en voz alta.

Sentí alivio. Lo reconozco, aunque me cueste, porque el alivio en un momento así tiene algo de sucio: alivio de que por fin fuera a pasar algo, de que el «todavía» de hacía semanas se convirtiera por fin en un «ahora», de dejar de vivir escondida detrás de un pasillo de oficina fingiendo que mis manos no sabían cómo era su pelo.

Pero detrás del alivio venía otra cosa, más fría, que me subió por el estómago antes de que pudiera pararla.

Miedo. Y culpa. Culpa de verdad, no la culpa pequeña y mezquina que había sentido meses atrás frotando una mesa de mármol de Carrara con una rabia que no sabía nombrar.

Aquel día había aceptado un vaso de agua con hielo de manos de una mujer que me había hablado como a una igual sin saber quién era yo, que me había hablado de su marido con una honestidad que no me correspondía escuchar.

Lucía no era un obstáculo abstracto ni una excusa para no sentir lo que sentía por Daniel.

Era una persona que me caía bien de verdad, con un cariño real hacia un hombre que le pesaba el apellido más de lo que ella se merecía cargar.

Y esa noche, mientras yo estaba de pie en un aparcamiento de un polígono industrial escuchando cómo Daniel decidía su vida, Lucía estaba en su casa de Diego de León sin la menor idea de que su noche estaba a punto de partirse en dos.

—Va a doler —dije, porque era lo único verdadero que se me ocurría—. Le va a doler mucho, Daniel. Y no por ti. Por ella.

—Lo sé.

—No lo digo para que cambies de idea. Lo digo porque quiero que sepas que yo también lo sé. Que no me hace ninguna gracia ser la razón por la que a una persona que me ha tratado bien le va a caer esta noche encima.

Daniel dio un paso hacia mí. No me tocó. El aparcamiento estaba vacío pero las costumbres de meses no se rompen de golpe solo porque haya cambiado todo lo demás.

—No lo hago solo por nosotros —dijo—. Lo hago porque llevo cinco años dejando que mi padre decida cuándo y cómo se rompen las cosas en mi vida. Esto, por lo menos, lo voy a decidir yo. A mi manera. Con la verdad, aunque la verdad sea fea.

—¿Y si te pide tiempo? ¿Y si te dice que no, que esperéis, que lo penséis los dos con calma?

—Entonces se lo daré. Pero se lo voy a decir yo. Eso no es negociable. —Repitió la palabra que había usado su padre, y no supe si lo hacía a propósito o si simplemente ya no le quedaban otras.

Se subió al coche. Antes de arrancar bajó la ventanilla.

—Te escribo cuando pueda —dijo—. No sé a qué hora será eso. No sé ni siquiera cómo va a ir.

—Vale.

No le pedí que me llamara antes. No le pedí que me contara los detalles del camino, ni que me tranquilizara diciéndome que todo iba a salir bien, porque los dos sabíamos que nadie podía prometer eso, y porque yo ya no estaba para promesas que no se pudieran sostener.

Se fue calle abajo hacia la M-30, hacia Diego de León, hacia el sofá de piel blanca y los cojines de lino gris y la mujer que giraba el vaso entre los dedos finos mientras hablaba de mandarlo todo a la mierda y comprarse una casa cerca del mar.

Volví a Tetuán en un autobús casi vacío, con la frente pegada al cristal, mirando pasar los rótulos de las tiendas que ya bajaban la persiana.

El bajo interior me recibió con el mismo olor de siempre, lejía barata y humedad de patio de luces, y el cactus marrón por las puntas siguió en la repisa, indiferente a que esa noche, en algún piso de tres millones al otro lado de la ciudad, alguien estuviera a punto de perder algo que había construido durante cinco años sin haber hecho nada más que quererlo mal.

Me senté en el borde de la cama con el móvil entre las manos, la pantalla apagada, negra, silenciosa.

No lo puse bocabajo. Tampoco lo miré cada minuto, aunque las ganas de hacerlo me subían por los dedos como una comezón.

Me quedé quieta, escuchando el zumbido lejano de un extractor de humos de algún vecino, pensando en Lucía abriendo la puerta de su casa esa noche con la misma normalidad de siempre, sin sospechar que el hombre que iba a entrar no era el mismo que había salido esa mañana.

No sabía qué esperar del mensaje que llegara, si es que llegaba.

No sabía si quería que dijera que todo había ido bien, porque «bien» en esa historia significaba, de una forma incómoda y real, que a alguien le habían roto algo importante esa misma noche por mi culpa, aunque no fuera solo mi culpa.

Y tampoco sabía si quería que dijera que había ido mal, porque entonces todo lo demás, el coche, la farola, los dedos entrelazados en el cambio de marchas, se quedaría flotando otra vez en el aire sin ningún sitio donde aterrizar.

Dejé el móvil sobre la colcha, con la pantalla hacia arriba, y me quedé mirando el techo con la mancha de humedad que no tenía forma de nada.

¿Cómo se espera, exactamente, un mensaje que puede traer alivio o desastre a partes iguales, y que de cualquier manera va a significar que alguien, esta misma noche, ha dejado de ser feliz?