CAPÍTULO 41
El teléfono sonó a las cuatro y veinte de la tarde, en mitad del parte de incidencias de los chalets de la sierra, con un número que no tenía guardado pero que reconocí antes de descolgar.
Cris solo llamaba por dos motivos: para preguntarme cómo estaba, cosa que hacía cada dos o tres semanas con la fidelidad de quien sabe lo que cuesta que alguien te crea, o para algo que no podía esperar a un mensaje.
—Elena. —Su voz sonaba distinta a la de siempre, más baja, como si estuviera tapando el auricular con la mano—. ¿Puedes hablar?
—Dame un segundo.
Salí al pasillo y cerré la puerta del zulo. El edificio, a esa hora, ya tenía ese silencio de media tarde en el que solo se oye el zumbido del fluorescente y algún teléfono lejano.
—En la gestoría llevamos parte de las nóminas de Limpiezas Vidal —dijo Cris, sin rodeos, porque ella y yo ya no nos andábamos con rodeos desde hacía meses—.
Esta mañana ha entrado una petición desde arriba.
Firmada por Antonio. Piden un cruce de datos de toda la plantilla de zona: quién supervisa a quién, quién ha entrado en los últimos seis meses, quién tiene vínculo directo con mando intermedio.
Lo llaman auditoría de riesgos laborales.
Me quedé mirando la pared del pasillo, un cartel plastificado con el protocolo de limpieza de suelos de mármol que llevaba ahí desde antes de que yo llegara.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que alguien está construyendo un expediente, Elena.
Yo hice ese tipo de informes durante años, antes de que Daniel me sacara de allí.
Se piden así, con ese nombre tan aséptico, cuando se quiere justificar una decisión que ya está tomada de antemano.
No buscan un problema. Buscan el papel que demuestre que el problema ya existía antes de que nadie lo señalara con el dedo.
—No ha dado nombres.
—Todavía no. —Cris bajó aún más la voz—. Pero el cruce que piden solo tiene sentido si buscan una relación concreta. Y en esa empresa solo hay una coordinadora de zona que entró hace tres meses y que reporta directamente al gerente.
No dije nada. El cartel del mármol seguía ahí, con sus instrucciones sobre el pH del producto y el tiempo de secado, absurdamente normal.
—Ten cuidado —dijo Cris—. Antonio no necesita pruebas de lo vuestro.
Le basta con la sombra de la duda delante de los otros socios.
Eso ya es suficiente para recuperar la gestión de personal y para quitarse de en medio a quien le estorbe.
Y a ti te puede quitar de en medio sin tocar un pelo a Daniel.
Eso es lo que quiero que entiendas. A él no lo puede echar. A ti sí.
Colgamos. Me quedé un rato apoyada en la pared, con el teléfono todavía caliente en la mano, haciendo cálculos que ya me sabía de memoria de otra vida: cuánto duraba mi contrato, cuánto tenía ahorrado, cuánto tardaría en encontrar otra cosa si la palabra que corría de mí por Madrid fuera «despedida por conflicto de intereses» en lugar de «coordinadora de zona con buenas referencias».
No mucho. Nada, en realidad. Volvería a ser la tía del currículum doblado en cuatro, la de las zapatillas negras, solo que esta vez sin catorce euros de margen para el error.
Podía no decir nada. Podía esperar a ver qué pasaba, hacer como que el aviso de Cris era solo eso, un aviso, y dejar que las cosas se resolvieran arriba, entre los Vidal, como se habían resuelto siempre las cosas de los Vidal: en despachos con la puerta cerrada, sin que a mí me tocara ni voz ni voto.
Me había pasado tres meses aprendiendo a no molestar, a ocupar el espacio justo, a no dar motivos.
Y ahora resultaba que el motivo ya estaba puesto, aunque yo no hubiera hecho nada más que quererle.
No. Ya estaba cansada de que las cosas me salpicaran sin que nadie me preguntara si quería mojarme.
Subí a su despacho a las cinco menos cuarto, con el parte de incidencias todavía en la mano de excusa, aunque los dos sabíamos que las incidencias podían esperar. Llamé con los nudillos y entré sin esperar respuesta.
—Antonio ha pedido un cruce de datos a la gestoría de Cris —dije, sin sentarme, sin dejar que la puerta terminara de cerrarse del todo detrás de mí—. Supervisor y supervisado. Quién entró hace poco. Lo llaman auditoría de riesgos laborales.
Daniel levantó la vista del ordenador. Vi cómo se le iba vaciando la cara de la expresión que traía, la de gerente cansado al final de la tarde, y se le quedaba otra distinta, más dura, más despierta.
—¿Cómo lo sabes?
—Cris me ha llamado. Trabajan las nóminas allí.
Se quedó callado un momento, con las manos quietas sobre el teclado.
—No ha dado nombres —dije, porque me pareció que hacía falta decirlo antes de que él sacara sus propias conclusiones—. Pero el cruce que pide solo apunta a un sitio, Daniel. Y ese sitio soy yo.
—Elena...
—Déjame terminar. —Me crucé de brazos, no para protegerme, sino porque necesitaba las manos ocupadas en algo que no fuera temblar—.
Esto no es solo tuyo y mío, discutiendo si esperamos o no esperamos, si se lo dices a Lucía este mes o el que viene.
Esto es tu padre buscando la manera de quitarte la gestión de personal sin tener que pelear otra vez cara a cara contigo.
Y la forma más limpia de hacerlo es no tocarte a ti.
Es tocarme a mí. Yo soy prescindible para la empresa de una forma en que tú no lo eres nunca.
A mí me pueden echar con un papel que diga conflicto de intereses y quedar de maravilla delante de los socios.
A ti no te pueden echar de ningún sitio. Llevas su apellido.
Daniel se levantó. Rodeó la mesa despacio, con esa quietud suya que en otro momento me habría parecido tranquilidad y que ahora me parecía puro cálculo, la misma clase de cálculo que le había visto hacer a su padre.
—No va a llegar a ninguna parte —dijo—. Te lo prometo.
—No me hagas más promesas, Daniel. —No lo dije con rabia. Lo dije con el cansancio concreto de quien ya ha hecho antes esta cuenta—. Hazme un plan. Una promesa no sirve de nada delante de la junta de socios el lunes. Un plan, sí.
Se quedó mirándome, y por primera vez desde que lo conocía no supe leerle del todo la cara.
No era la cara de los días largos, ni la del almacén, ni la del coche con la farola apagada.
Era una cara nueva, la de un hombre que acababa de entender que la próxima batalla no iba a librarse contra un desconocido, sino contra la persona que le había enseñado a andar.
—Voy a hablar con mi padre —dijo al fin—. Antes de la junta. Cara a cara.
—¿Y si no sirve de nada?
—Entonces lo pararé de otra forma.
No me dijo cuál. No se la pedí. Salí de su despacho con el parte de incidencias todavía sin abrir en la mano y bajé las escaleras hacia el zulo pensando que, por primera vez desde que llegué a esta ciudad, el golpe que se acercaba no venía de fuera.
No venía de un jefe cualquiera, ni de un cliente, ni de la vida en general dándome collejas como siempre había hecho.
Venía de dentro de la propia familia que firmaba mi nómina, y esta vez no había ningún cuaderno azul de Rosa, ninguna grabación de doce minutos, nada que yo pudiera meter en un archivador y usar como escudo.
Esta vez, la única persona que podía pararlo era Daniel. Y yo, que llevaba tres meses aprendiendo a sostenerme sola en esta ciudad, tenía que quedarme quieta esperando a ver qué hacía él con su propio padre, sin ningún control sobre cómo iba a terminar aquello.
¿Cuánto vale, al final, un plan que depende enteramente de la voluntad de otro?