A un milímetro de ti CAPÍTULO 40
79%

CAPÍTULO 40

Me desperté antes de que sonara la alarma, con la boca seca y la certeza de que algo había cambiado de sitio dentro de mí, como cuando mueves un mueble un palmo y ya no reconoces la habitación aunque sea la misma de siempre.

Me quedé mirando la mancha de humedad del techo, esa que tiene forma de nada en concreto, y esperé a que la noche anterior se deshiciera con la luz, como se deshacen los sueños.

No se deshizo. Seguía ahí, entera: el coche parado en una calle que no conocía, la mano de Daniel debajo de la mía en el cambio de marchas, la farola apagándose como si le diera vergüenza haber visto tanto.

Me levanté. El cactus seguía en la repisa, marrón por las puntas, empeñado en no morirse del todo. Le eché las tres gotas de siempre y pensé que a lo mejor esa tozudez, la suya y la mía, era lo único que teníamos en común con esta ciudad.

Mientras me hacía el café pensé, por primera vez desde que salí del coche, en la luz del día.

Daniel tenía una casa de tres millones en Diego de León, un sofá de piel blanca y una mujer que se ponía un vestido azul noche para las cenas de la empresa.

Yo tenía un zulo de veintidós metros en Tetuán y una acreditación azul que decía Coordinadora de Zona.

La noche había sido de los dos por igual.

La mañana, en cambio, tenía dueño, y ese dueño no era yo.

Bajé al metro pensando que si Daniel se arrepentía, sabría estar a la altura. Lo llevaba ensayando desde el andén, entre dos estaciones, con la frente pegada al cristal.

No lo estaba.

Me lo crucé en el pasillo de la central a las ocho menos diez, con la americana puesta y un vaso de cartón en la mano, hablando con Laura de un cambio de turno en los chalets de la sierra.

Se giró al oírme llegar y no hizo nada raro.

Ese fue el problema: que no hiciera nada raro era en sí mismo lo más raro que había visto en tres meses.

—Buenos días, coordinadora.

—Buenos días, jefe.

Laura nos miró un segundo de más, sin sospechar nada, porque a Laura, que llevaba cuatro meses en la empresa y todavía no distinguía el amoniaco del agua bendita, tampoco se le daba especialmente bien leer lo que no se decía en voz alta.

Se despidió con la mano y se metió en la sala de reuniones, y por un instante nos quedamos los dos solos en el pasillo, con la máquina de café zumbando al fondo y el resto de la plantilla llegando en oleadas por la escalera.

Daniel no dio un paso hacia mí. Tampoco se apartó.

Se quedó quieto, con el vaso en una mano y la otra metida en el bolsillo del pantalón, y fue eso, y no la cicatriz —que esa mañana no se movió ni un milímetro, como si también ella supiera guardar las formas—, lo que me dijo todo lo que necesitaba saber: que le costaba tanto como a mí estar a medio metro de distancia hablando de turnos de la sierra.

—¿Has dormido? —preguntó, bajito, con una pregunta que no era la pregunta.

—Poco.

—Yo tampoco.

Y ya está. Eso fue todo lo que nos permitimos, porque el pasillo de una empresa de limpieza a las ocho menos diez de la mañana no perdona confesiones más largas.

Entramos en la reunión por separado, ella dos minutos antes que él, como si lo hubiéramos ensayado en algún cuaderno que ninguno de los dos había escrito.

Hablamos de bajas, de un cliente de Alcobendas que se quejaba del turno de tarde, de un pedido de guantes de nitrilo que llevaba dos semanas de retraso.

Tomé notas con la letra apretada de siempre, y en algún momento levanté la vista y me encontré con la suya, que se apartó tan deprisa que resultó más elocuente que si se hubiera quedado clavada en mí.

Actuar como si no hubiera pasado nada, pensé, es mucho más difícil que actuar como si hubiera pasado algo.

Nadie te enseña esa asignatura en ningún sitio.

Cuando terminó, la gente se fue dispersando hacia sus zonas con sus carpetas y sus llaveros, y yo me metí en el zulo a revisar el parte de incidencias de la noche, convencida de que Daniel tenía reuniones de verdad, de gerente de verdad, y que no iba a aparecer.

Me equivoqué. Entró sin llamar, cerró la puerta con ese clic distinto que ya sabía distinguir de todos los demás clics de esa oficina, y se quedó de pie, sin sentarse, con las dos manos esta vez fuera de los bolsillos y colgando a los lados como si no supiera qué hacer con ellas.

—Necesito tiempo, Elena —dijo, sin rodeos, sin la voz de gerente que usaba para negarle algo a un cliente—.

No para decidir si quiero esto. Eso ya lo sé, y lo sabía anoche, y no ha cambiado con la luz del día.

Tiempo para hacerlo bien. Para que cuando se lo diga a Lucía no sea una encerrona para nadie. Ni para ella, ni para ti.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa, despacio, para que el gesto no se convirtiera en un portazo.

—Yo no te estoy pidiendo que se lo digas hoy —contesté—. Pero tampoco voy a quedarme escondida en este zulo esperando a que te venga bien, jefe. Eso también hay que decirlo con la misma claridad.

—Lo sé.

—No lo sabes del todo, porque si lo supieras del todo no me lo dirías con esa cara de quien pide un plazo de entrega.

—Me permití media sonrisa, la irónica, la que uso para no llorar delante de la gente—.

He limpiado casas de señoras que llevaban años esperando a que sus maridos se decidieran a hacer algo.

No pienso ser una de esas historias que se cuentan en la cocina de una casa que no es la mía.

Daniel no contestó enseguida. Se quedó callado, y ese silencio no era de los que se explican solos: era, simplemente, un hombre sin nada mejor que decir, sabiéndolo.

—No voy a hacerte esperar años —dijo al fin—. Te lo prometo.

—Las promesas, en mi barrio, cotizan poco —dije—. Pero de momento me la quedo. Anda, vete, que como Laura te vea salir de aquí con esa cara monta un cuadrante nuevo solo con rumores.

Sonrió, un poco, y salió. Me quedé mirando la puerta cerrada más tiempo del necesario, pensando que el apellido de la puerta de aquel despacho grande, el de la mesa de caoba, seguía siendo Vidal, y que Daniel seguía llevando el anillo, y que yo, con todo eso encima, acababa de plantar una línea en el aire sin que me temblara la voz.

Eso también había que apuntarlo en algún sitio, aunque fuera solo en mi cabeza.

Volví al parte de incidencias, porque el trabajo, como el cactus de la repisa, no perdona que lo dejes sin agua ni un día.

A media mañana, Laura asomó la cabeza por la puerta del zulo con esa cara suya de quien no termina de entender lo que ha visto pero sabe que no le ha gustado.

—Oye, Elena. —Bajó la voz, aunque no había nadie en el pasillo—.

¿Tú sabes si Antonio está bien? Lleva toda la mañana con la puerta del despacho cerrada, y antes he pasado y estaba hablando por teléfono muy bajito, con una voz rara, como cuando mi padre habla con el banco. No sé, me ha dado repelús.

—Seguro que no es nada.

—Ya, seguro. —Laura no pareció muy convencida, pero tampoco tenía forma de explicar mejor lo que había sentido; nunca había tenido mucho ojo para el peligro, solo para las cosas que se le pegaban a la piel sin que ella lo pidiera—.

Es que últimamente, cuando se pone así de callado, es peor que cuando grita.

Se fue a repartir el material de la tarde, y yo me quedé con el bolígrafo suspendido sobre el papel, pensando que en aquella oficina las tormentas nunca avisaban con truenos.

Avisaban con puertas cerradas y voces bajitas detrás de la madera de caoba, con un silencio que se parecía demasiado al que Antonio Vidal llevaba treinta años sabiendo fabricar.

Y yo, que había pasado tres meses aprendiendo a leer Madrid como quien aprende un idioma a las bravas, me pregunté si aquel silencio nuevo era el principio de otra cosa, o si era solo el eco del mío: el que yo misma sostenía, esperando a ver qué hacía Daniel con el tiempo que le acababa de conceder sin estar del todo segura de tenerlo de sobra para regalar.