CAPÍTULO 39
El coche negro olía a cuero y al mismo aire frío del climatizador de siempre. Me senté en el asiento del copiloto y me puse el cinturón con una calma que no tenía nada que ver con cómo estaba por dentro.
Daniel arrancó. Metió primera. Salió del aparcamiento del polígono hacia la avenida principal sin decir nada.
Yo tampoco decía nada.
Tetuán estaba a veinte minutos. Veinte minutos en un coche en silencio con un hombre al que acababa de besar en el almacén de su propia empresa. Una situación perfectamente normal para una coordinadora de zona de Limpiezas Vidal con cactus moribundo y yogures de marca blanca en la nevera.
Miré por la ventanilla. Las luces del polígono se fueron espaciando hasta que la avenida se convirtió en una carretera de tres carriles con poca luz y menos tráfico.
Madrid de noche tiene esa cosa rara de parecer más grande y más pequeña a la vez.
Más grande porque las distancias se estiran.
Más pequeña porque te quedas sin excusas para no mirar lo que tienes al lado.
Tenía a Daniel al lado.
Lo miré de reojo. Conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en el cambio de marchas, con la vista fija en la carretera y la mandíbula tensa.
Tenía el primer botón de la camisa todavía desabrochado y el pelo revuelto porque yo le había metido los dedos y él no se lo había vuelto a peinar.
Un detalle pequeño. Completamente devastador.
Estaba pensando. Se le notaba en la forma en que apretaba los dedos sobre el volante cada vez que pasábamos bajo una farola. En cómo respiraba, más despacio de lo normal, con ese ritmo de quien está teniendo una conversación muy larga consigo mismo y todavía no ha llegado a ninguna conclusión.
Yo también estaba pensando.
Estaba pensando que llevaba noventa días construyendo muros y que en veinte minutos en un almacén los había tirado todos sin que me temblara especialmente la mano.
Estaba pensando que el todavía que había dicho él era la palabra más honesta que le había escuchado en tres meses, y también la más complicada, porque un todavía implica un después y un después implica decisiones que ninguno de los dos había tomado todavía.
Estaba pensando en Lucía y en el vestido azul noche y en que ella no se merecía esto, y luego estaba pensando que tampoco yo me merecía pasarme la vida frenando en el último metro por lealtad a una mujer que no sabía que yo existía.
El coche redujo la velocidad. Un semáforo en rojo en mitad de una calle que no reconocí. No era el camino de siempre hacia Tetuán.
—Esto no es la ruta —dije.
—Lo sé.
No aceleró cuando el semáforo se puso en verde. Giró a la derecha, luego a la izquierda, y aparcó en una calle lateral del polígono que yo no había visto nunca. Estaba oscura, tranquila, sin más luz que la de una farola al fondo que parpadeaba igual que el fluorescente del almacén.
Apagó el motor.
El silencio del coche fue repentino y absoluto. Solo el tictac del motor enfriándose y nuestra respiración y el ruido lejano de la M-30 que llegaba amortiguado desde algún sitio.
Daniel no se giró hacia mí enseguida. Se quedó con las manos en el volante, mirando al frente, hacia la calle oscura y la farola parpadeante. Luego soltó el aire despacio y se recostó en el asiento.
—No sé hacer esto, Elena —dijo.
—¿El qué?
—Esto. —Un gesto vago con la mano que abarcaba el coche, la calle, el espacio entre los dos asientos—. No sé estar aquí contigo sin querer quedarme.
Se me cortó la respiración un segundo, cosa que intenté ignorar con escaso éxito.
—Entonces no te vayas —dije, y me sorprendí a mí misma con lo tranquila que sonó mi propia voz.
Daniel se giró. Me miró en la penumbra del coche, con la luz de la farola partiéndole la cara en dos, los rasgos duros incluso en la oscuridad.
Me miraba como llevaba meses mirándome, con esa fijeza que hacía que el mundo se apagara, pero esta vez sin la mesa de por medio, sin el carrito de limpieza, sin ninguno de los treinta escudos que los dos habíamos levantado entre nosotros en noventa días.
Estiré la mano despacio. La posé sobre la suya, que seguía apoyada en el cambio de marchas, y entrelacé mis dedos con los suyos sin decir nada.
Él bajó la vista hacia nuestras manos juntas.
Las miró durante un segundo que duró bastante más que un segundo.
Luego levantó la vista hacia mí y algo en su cara cambió, se relajó, como si hubiera estado conteniendo algo durante mucho tiempo y acabara de decidir que ya no tenía sentido seguir haciéndolo.
Apretó mis dedos.
La farola al fondo de la calle parpadeó una vez más y se apagó del todo, dejando la calle en una oscuridad que era perfecta y silenciosa y completamente nuestra.