A un milímetro de ti CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

La puerta del bajo de Tetuán cerró con un chasquido metálico que rebotó en las cuatro paredes. No encendí la luz. Me quedé apoyada contra la madera, a oscuras, con la mochila colgada de un hombro y el aire de la calle todavía metido en los pulmones.

En el almacén de la central olía a pino y a su cuello. Aquí olía a la lejía barata de la tarde y a la humedad del patio de luces que subía por las rendijas de la tarima. El contraste me dio una bofetada helada.

Dejé la mochila en el suelo y caminé a tientas hasta la cama.

Me senté en el borde, con las piernas cruzadas, mirando la silueta del cactus moribundo que Rosa me había ayudado a colocar en la repisa de la ventana antes de marcharse.

El pobre bicho seguía allí, tieso, sobreviviendo con tres gotas de agua al mes en mitad del hormigón de Madrid. Igual que yo.

Me pasé los dedos por los labios. Todavía los sentía hinchados, calientes, con el rastro sordo de la firmeza de Daniel cuando me había empujado contra la estantería del pasillo tres.

Tres segundos de suavidad y luego el desastre.

Noventa días de muros, de silencios milimétricos y de mirarle la mano izquierda desde el otro lado de la caoba, reducidos a un cubo de bayetas rodando por el cemento.

—Estupendo, Elena —le dije a la oscuridad—. Ya lo has roto del todo.

Saqué el móvil del bolsillo de la cazadora. La pantalla brilló, blanca, cruel, reflejándose en el cristal de la ventana interior. Ningún mensaje nuevo. Ninguna señal.

Me tumbé boca arriba sobre la colcha, con el teléfono pegado al pecho. No iba a dormir. Sabía que no iba a dormir en toda la noche porque cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar su respiración rápida contra mi oreja y ese «Todavía no» que lo cambiaba absolutamente todo.

Un «no» es un muro; te das la vuelta, recoges la mopa y te buscas otra contrata de limpieza en Vallecas.

Pero un «todavía» es una cuerda que te cuelgan del cuello y te obligan a sostener desde abajo para no ahogarte.

Implica un después. Implica que el traje gris de los lunes tiene una grieta por la que Daniel está dispuesto a dejar que se le cuele el agua de la sierra.

Desbloqueé el terminal. Busqué su nombre en la agenda. Daniel.

La tentación de darle al botón de llamada me quemó las yemas de los dedos.

Quería escuchar su voz sin la máscara del gerente.

Quería preguntarle qué coño significaba tener cosas que resolver cuando vives en un piso de tres millones en Diego de León con una mujer que te sirve agua con hielo en bandeja de plata. Quería recordarle el fango de su padre.

Abrí el cuadro de texto de los mensajes. Escribí rápido, con la misma rabia con la que frotaba los azulejos:

¿Qué estamos haciendo, Daniel?

Me quedé mirándolo. El cursor parpadeaba, una línea negra, rítmica, implacable. Pasaron dos minutos. Borré la frase entera. Volví a escribir:

No puedo jugar a esto los lunes a las ocho.

Borré otra vez. El botón de retroceso hacía un ruido mínimo en el silencio del zulo. Al final, dejé el cuadro en blanco. No era mi trabajo ayudarle a decidirse. No me tocaba a mí recordarle dónde estaban las líneas rojas; él se sabía el reglamento de Limpiezas Vidal mucho mejor que yo.

Dejé el móvil boca abajo en la colcha y me tapé la cara con las dos manos.

Me acordé de Rosa, de sus dedos ásperos clavados en mi wrist en la furgoneta, diciéndome que cuando la junta de socios apretara, a la que iban a limpiar con un trapo sucio sería a mí.

«Es diez veces más fácil que te rompa el corazón», me había dicho.

Y yo, como una idiota, me había metido de cabeza en el pasillo tres a recoger las bayetas que no hacían falta.

El tictac del termo eléctrico saltó en el baño, rompiendo el bucle de mi cabeza.

Me giré de lado en la cama, mirando fijamente la pantalla apagada del teléfono.

La noche se estaba estirando como el chicle, volviéndose más fría a medida que las luces de los vecinos del patio se iban apagando una a una.

Ya no quedaba ironía. Solo quedaba una coordinadora de zona muerta de miedo en un bajo interior de Tetuán.

Un mensaje corto, de un número que no necesitaba mirar para saber de quién era.

Me incorporé en la cama con un vuelco seco en el pecho, estirando la mano hacia la colcha antes de que la luz volviera a apagarse.

A las tres y media de la madrugada, cuando ya había renunciado a pegar el ojo, el silencio de la habitación se rompió con una vibración sorda.

La pantalla del móvil se iluminó de golpe, proyectando una luz azulada contra el techo de pladur. Era un mensaje. Cuatro palabras.

Mañana te recojo a las seis.

No decía dónde. No decía para qué. No hacía falta.

Supe exactamente lo que significaba, con la misma certeza con que sabía el precio del abono transporte y la temperatura exacta del agua fría de mi ducha de Tetuán.

Dejé el móvil sobre la colcha sin contestar.

Pero no lo puse boca abajo. Lo dejé iluminado, mirando al techo, como una vela encendida en mitad de un bajo interior sin ventanas.

No dormí. Pero tampoco salí corriendo.