A un milímetro de ti CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Bajé al almacén a las seis y cuarto con la excusa de reponer el stock de bayetas de la planta noble. Una excusa perfectamente válida. Completamente necesaria. No tenía nada que ver con el mensaje de las ocho de la mañana que seguía sin contestar en el bolsillo de mi cazadora.

La puerta metálica cedió con el mismo quejido de siempre. Encendí la luz. El fluorescente parpadeó tres veces antes de decidirse a quedarse encendido, como si también él necesitara un momento para aclararse las ideas.

El almacén olía igual que el primer día.

Desinfectante de pino, cartón húmedo y ese silencio específico de los sitios donde no entra el ruido de la calle.

Me quedé quieta un segundo en la entrada, mirando las estanterías metálicas, las garrafas azules alineadas, las cajas de guantes de nitrilo apiladas en el fondo.

Tres meses. Todo había empezado aquí.

Caminé hacia el pasillo tres. Cogí un paquete de bayetas de la balda del medio y lo metí en el cubo. Luego me quedé de pie sin moverme, con el cubo en la mano y la cabeza dándole vueltas a tres palabras que no eran complicadas por separado pero juntas lo complicaban absolutamente todo.

Tenemos que hablar.

Escuché la puerta abrirse a mi espalda.

No me giré enseguida. Tardé un segundo. El segundo exacto que necesitaba para poner la cara en orden.

Daniel estaba en la entrada del pasillo.

Llevaba la chaqueta del traje en la mano y la camisa blanca con el primer botón desabrochado y las mangas remangadas hasta los codos.

Tenía la misma cara de los días largos, pero los ojos despiertos, fijos, con esa intensidad que yo había aprendido a reconocer y que me resultaba infinitamente más peligrosa que cualquier cosa que pudiera decir en voz alta.

—Sabía que estabas aquí —dijo.

—Venía a por bayetas.

—Son las seis y cuarto de la tarde, Elena.

—Las bayetas no tienen horario.

Dio un paso hacia el pasillo. Luego otro.

El espacio entre las estanterías era estrecho, igual que tres meses antes, igual que siempre, pero esta vez yo no me moví hacia atrás.

Me quedé donde estaba, con el cubo en la mano y el pulso acelerado a una velocidad que no tenía nada que ver con las bayetas.

Se detuvo a medio metro. Demasiado cerca para que fuera casual y los dos lo sabíamos.

—No has contestado al mensaje —dijo.

—He estado ocupada.

—Elena.

—Daniel.

Silencio. El fluorescente zumbó sobre nuestras cabezas. Él me miraba con esa fijeza suya que hacía que el resto del mundo se apagara, y yo le sostenía la mirada porque en algún momento de los últimos noventa días había dejado de poder hacer otra cosa cuando estaba a esta distancia.

Solté el cubo. No sé muy bien por qué. O sí lo sé, pero reconocerlo en voz alta habría requerido un valor que todavía estaba reuniendo.

El cubo hizo un ruido sordo al tocar el suelo de cemento.

Daniel bajó la vista hacia mis manos un segundo.

Luego volvió a mirarme a los ojos. Y entonces fui yo.

Fui yo quien dio el último paso, quien acortó el medio metro que quedaba entre los dos, quien puso la mano en su pecho, sobre la camisa blanca, sintiendo el calor de su piel a través de la tela y el latido rápido de su corazón bajo mis dedos.

Él no se movió.

Respiró.

Levantó la mano despacio y la apoyó sobre la mía, cubriéndola, sujetándola contra su pecho sin presionar, como si tuviera miedo de que fuera a desaparecer si apretaba demasiado.

Con la otra mano me rozó la mandíbula, apenas, con el dorso de los dedos, y yo cerré los ojos un segundo porque el contacto era tan pequeño y llevaba tanto tiempo esperándolo que me dio vértigo.

—Elena —murmuró. Mi nombre en su boca sonaba distinto que en ningún otro sitio.

—No digas nada —dije.

Y entonces fui yo quien subió la mano desde su pecho hasta el cuello, quien tiró de él hacia abajo los dos centímetros que faltaban, quien cerró por fin esa distancia de noventa días que se había vuelto insoportable.

El beso empezó despacio. Casi con cuidado. Sus labios sobre los míos con una suavidad que no esperaba de alguien que llevaba meses mirándome como me miraba. Duró tres segundos así, suave y quieto, como si los dos estuviéramos comprobando que era real.

Luego dejó de ser suave.

Su mano abandonó la mía y subió por mi brazo, por el hombro, por el cuello, hasta enredarse en mi pelo con una firmeza que me cortó el aliento.

Me apoyó contra la estantería de enfrente sin brusquedad pero sin dudar, con el cuerpo pegado al mío de arriba abajo, y yo le agarré la camisa con las dos manos porque las piernas habían decidido por su cuenta que ya no querían sostenerme solas.

Olía a café y a su piel limpia y al desinfectante de pino del almacén, y esa combinación absurda y perfecta me iba a perseguir el resto de mi vida.

Sus manos se movían con una lentitud deliberada que era casi más desesperante que cualquier prisa.

Por el costado, por la cintura, arrastrando la tela de la camisa corporativa hacia arriba con los dedos.

Mi mano encontró el camino hasta su pelo revuelto.

Su boca bajó un momento hacia mi cuello y yo me mordí el labio para no hacer ningún ruido que pudiera escucharse desde el pasillo de arriba.

Entonces él paró.

No de golpe. Fue un frenazo lento, como un coche que reduce la velocidad antes de detenerse del todo.

Su frente cayó sobre la mía. Respiraba rápido, igual que yo, y durante un segundo nos quedamos así, quietos, con la frente apoyada y los ojos cerrados y el fluorescente zumbando sobre nuestras cabezas como si no hubiera pasado absolutamente nada.

—No puedo —dijo. Su voz sonó ronca y baja y completamente distinta a cualquier versión suya que yo hubiera escuchado antes.

No respondí.

—Todavía no —añadió, y esas dos palabras lo cambiaron todo. No era un no. Era un todavía.

Se separó despacio. Recogió la chaqueta del suelo, donde había caído sin que ninguno de los dos lo notara.

Se pasó la mano por el pelo. Tenía la camisa blanca arrugada y el ceño fruncido más marcado que nunca, y me miraba con esa expresión de los que acaban de hacer algo irreversible y todavía no han decidido si arrepentirse.

Yo me apoyé en la estantería, crucé los brazos y esperé. No iba a ayudarle. No era mi trabajo.

—Hay cosas que tengo que resolver, Elena —dijo—. Cosas que debería haber resuelto hace tiempo. No puedo pedirte que esperes. No tengo ese derecho. Pero tampoco puedo seguir fingiendo que esto no existe.

—Nadie te ha pedido que finjas nada.

Me miró. Largo.

—¿Es tarde para ti? —preguntó de pronto, con un cambio de tono tan brusco que tardé un segundo en seguirlo.

—Son las seis y media.

—Te llevo a casa.

El almacén se quedó en silencio. El fluorescente zumbó. Yo lo miré a él, con la chaqueta en la mano, esperando una respuesta, y pensé en Rosa diciéndome que el apellido de la puerta seguía siendo Vidal. Pensé en noventa días de silencios sin resolver. Pensé en el todavía.

—Vale —dije.

Recogí el cubo del suelo. Dejé las bayetas en la balda. Salimos del almacén sin tocarnos, con medio metro de distancia entre los dos, exactamente igual que el primer día.

Pero el primer día yo no sabía cómo olía su cuello.