CAPÍTULO 36
El sol de septiembre en Madrid no calienta, pero limpia el aire de una forma que te hace ver las cosas de otro color. Tres meses. Noventa días exactos desde que me bajé del tren en Atocha con una maleta de lona sujeta con cinta aislante y catorce euros que me quemaban el monedero.
Ahora, cuando meto la llave en la cerradura de mi bajo interior de Tetuán, el pestillo gira con un clic suave que suena a gloria. Mi piso. Mi techo. Mi nevera con tres botes de mermelada, huevos frescos y yogures que no son de marca blanca.
Ya no soy la tía eventual de la tarde que frotaba los extractores de grasa con la cabeza agachada por si venía el encargado.
Ahora tengo un despacho de tres metros cuadrados, una acreditación azul que dice Coordinadora de Zona y una libreta de notas con las esquinas gastadas que Rosa me dejó como si fuera el mapa de un tesoro.
Eso lo he ganado yo sola. No me lo ha dado nadie, ni ha tenido nada que ver con Daniel. Es el orgullo de mirar el extracto del banco el día uno y no sentir un hachazo en el estómago. La gaditana ha aprendido a flotar en el asfalto.
Pero hay otra parte. La que tiene todo que ver con él.
Con Daniel he ganado una certeza que me asusta más que el viejo Antonio gritando en la primera planta: sé lo que es que alguien te mire desde el otro lado de una habitación llena de gente y que todo el ruido del mundo se vuelva sordo.
Sé lo que es que un hombre elija la decencia antes que el apellido por protegerte.
No nos hemos tocado. Cero contacto. Ni un beso, ni una mano sujeta más de la cuenta.
Pero la tensión acumulada en las esquinas de los albaranes es tan real que se puede masticar.
No ha pasado nada. No va a pasar nada. Por ahora.
Eso me lo digo cada mañana mientras preparo el café en la cocina del bajo interior, mirando el cactus que sigue sin morirse del todo.
Me lo digo en el metro, con la frente apoyada en el cristal frío de la ventanilla.
Me lo digo cuando abro el ordenador del zulo y veo su nombre en la primera línea del cuadrante del día.
Es un mantra de supervivencia, de los que funcionan exactamente hasta que dejan de funcionar.
El problema de los mantras es que necesitan silencio para sostenerse, y el silencio tiene una fecha de caducidad que nadie te avisa cuando se acerca.
Lo vas usando cada mañana, lo vas desgastando como la suela de las zapatillas negras de McDonald's, hasta que un día miras hacia abajo y ya no queda nada entre tú y el asfalto.
Ese día siempre llega antes de que estés preparada.
Siempre llega un martes cualquiera, o un mensaje de tres palabras a las ocho de la mañana en el andén de la línea 1.
Y el silencio entre Daniel y yo lleva noventa días llenándose de cosas que no hemos dicho en voz alta pero que los dos sabemos de memoria.
Un mantra no aguanta ese peso. Solo aguanta hasta que alguien escribe tres palabras a las ocho de la mañana y el tren entra en la estación con un estruendo metálico que te levanta el pelo de la frente.
El martes anterior había sonado el teléfono a las nueve de la noche. Número de Francia. Lo cogí al segundo tono.
—Gaditana —dijo Rosa.
Solo esa palabra. Con el tono exacto de siempre, seco y directo, como si no hubiera cruzado una frontera y llevara semanas sin hablar conmigo.
—Sargenta —respondí yo.
Escuché una risa corta al otro lado. Luego el ruido de fondo de una cocina, voces en francés, el llanto breve de un niño pequeño que se cortó de golpe.
—¿Cómo está el zulo? —preguntó.
—Igual. Huele a cartón nuevo y a lejía. Lo he decorado con un cactus que se está muriendo.
—Los cactus no se mueren. Los matas tú.
—Puede.
Otro silencio. De los buenos. De los que no necesitan rellenarse.
—Me ha contado Cris lo de Antonio —dijo Rosa. Su voz bajó un tono—. Lo que hiciste.
—Lo que hicimos. Tú me dejaste el historial de contraseñas en el cuaderno azul.
—Yo te dejé un cuaderno con códigos de alarma, Elena. Lo del historial de turnos se te ocurrió a ti.
No respondí. Por la ventana del bajo entraba el ruido del vecino del primero arrastrando una silla. El cactus seguía en la repisa, marrón por las puntas, con una obstinación que me resultaba admirable.
—¿Y Daniel? —preguntó Rosa.
Había aprendido a reconocer cuándo Rosa hacía una pregunta de verdad y cuándo hacía una pregunta que ya sabía la respuesta. Esta era de las segundas. Pero la hizo igual, porque era Rosa y Rosa no perdía el tiempo con rodeos cuando podía ir directa.
—Daniel es mi jefe —dije.
—Ya. —Una pausa—. ¿Y?
—Y nada.
—Elena.
—Rosa.
Silencio. Escuché cómo encendía un cigarrillo. El chasquido del mechero, la primera calada larga. Me la imaginé en una cocina francesa que olía a pan distinto y a una vida nueva, con los pies apoyados en una silla y los ojos mirando al techo igual que los miraba en el muelle de carga del polígono.
—El apellido de la puerta sigue siendo Vidal —dijo al final.
—Lo sé.
—Y él sigue llevando el anillo.
—También lo sé.
—Pero lo de Antonio lo ha cambiado todo, ¿verdad?
No respondí enseguida. Miré el cactus. Pensé en el despacho vacío del martes. En cómo Daniel había dicho "lo has hecho bien" con esa voz baja de las cosas que cuestan decirse. En el pomo de la puerta frío bajo mis dedos mientras yo decía "tú también" sin girarme.
—Ha cambiado algo —admití.
Rosa soltó el humo despacio. No dijo que tuviera cuidado. No me recordó las paredes finas del almacén ni la distancia reglamentaria entre una empleada y el hijo del dueño. Se había guardado todos esos sermones para Lyon y me había dejado el espacio para que yo sola llegara a donde tenía que llegar.
—Mi hija dice que aquí los croissants son mejores que el pan —dijo de pronto, cambiando de tema con esa brusquedad suya que significaba que la conversación importante había terminado—. Mentira. El pan francés está bueno pero no tiene alma.
Me reí. Una risa real, de las que salen solas.
—¿Y los niños?
—Corriendo por todas partes y aprendiendo palabras en francés que no entiendo. El mayor ya me corrige la pronunciación. Con siete años. Un maleducado.
—Un Vidal en miniatura.
—Líbrame Dios —dijo Rosa, y se rió también.
Hablamos veinte minutos más. De nada importante.
Del precio del metro en Madrid, de si el otoño iba a ser frío, de que Cris había encontrado otro trabajo en una gestoría de Alcobendas y estaba bien.
Cuando colgué, el bajo interior estaba a oscuras y yo seguía en la cama con el móvil en la mano y una sensación extraña en el pecho.
No era tristeza. Era algo más parecido a la calma de quien ha dejado de correr y todavía no sabe muy bien qué hacer con las piernas quietas.
Esa mañana salí al portal respirando el aire limpio de Tetuán.
Me ajusté la cazadora vaquera y caminé hacia la boca del metro, cruzándome con los vecinos que bajaban las persianas de los comercios.
Por primera vez en mucho tiempo, mientras bajaba las escaleras mecánicas, pensé que algo podría salir bien.
Que Madrid se estaba volviendo una ciudad amable.
Que la vida, después de todo, no era una bofetada continua.
Entonces el móvil vibró en el bolsillo de la cazadora.
Me paré en mitad del andén, justo debajo del cartel luminoso de la línea 1. Saqué el teléfono. El brillo de la pantalla me iluminó la cara.
Daniel.
Un solo mensaje. Tres palabras. Ningún signo de interrogación.
Tenemos que hablar.
Me quedé estática en la línea amarilla del andén, con la marea de gente pasándome por los lados como si yo fuera una columna de espejo.
Ese mensaje a las ocho de la mañana lo cambiaba todo.
No era un correo del cuadrante, no era una duda sobre el material de la planta noble.
Era Daniel, en su coche o en su despacho ya encendido, rompiendo el pacto de silencio que habíamos firmado sin palabras desde el martes del despacho vacío.
Tres palabras. Las mismas que usaba Antonio para abrir una trampa. Las mismas que usaba Rosa para decirte algo que no quería decir de otra forma. Las mismas que significaban cosas completamente distintas dependiendo de quién las escribiera y a qué hora y después de qué.
Después de que eligiera la decencia antes que el apellido.
Después de que yo dijera "tú también" sin girarme.
Después de noventa días de milímetros y silencios y albaranes y un cactus que se estaba muriendo en la repisa de un bajo interior de Tetuán.
El tren entró en la estación con un estruendo metálico que me levantó el pelo de la frente. Las puertas automáticas se abrieron ante mí con un soplido de aire caliente.
Guardé el móvil en el bolsillo sin contestar. Subí al tren. Me apoyé en la barra metálica y miré mi propio reflejo en el cristal oscuro de la ventanilla: el polo corporativo, la cazadora vaquera, las zapatillas negras ya no tan nuevas.
La misma Elena que había llegado a Madrid con una maleta de lona y setenta euros. Y también, de alguna forma que todavía no sabía explicar del todo, una completamente distinta.
El tren arrancó.
¿Estaba preparada para escuchar lo que Daniel llevaba tres meses callándose detrás de la mesa de caoba?
Eso, por primera vez, ya no era la pregunta que me daba miedo.
La pregunta que me daba miedo era la otra: si él me lo decía, ¿qué iba a contestar yo?