A un milímetro de ti CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

El zumbido del aire acondicionado se apagó automáticamente a las ocho. El silencio que quedó en el despacho de Daniel era espeso, pesado, de los que se te pegan a la ropa como el olor a tabaco de su padre.

Fuera, los camiones del polígono ya habían dejado de pasar. La primera planta estaba a oscuras. Solo quedaba el flexo de su mesa, recortando nuestras sombras en la pared.

Daniel no se había movido de la esquina de la caoba.

Seguía ahí, a medio metro de mí, con las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos y los ojos fijos en el suelo de linóleo.

Apoyó los nudillos en la mesa de caoba y los miró un segundo, como si estuviera contando algo que no quería contar en voz alta.

—Ha sido un día largo —dijo. Su voz sonó más baja que de costumbre, rasgada por las horas de gritos.

—El peor de la semana —contesté.

Mantuve los brazos cruzados. Si los soltaba, corría el riesgo de estirar la mano y tocarle el puño de la camisa, que estaba a la distancia exacta de un parpadeo.

Escribir el límite sin cruzarlo es esto: saber que la temperatura de la otra persona te está calentando la piel pero actuar como si estuvieras sola en mitad de una helada.

Daniel levantó la cabeza. Me miró con esa fijeza seria que me desarmaba desde el día de la sierra. Dio un paso corto al frente. Sus zapatos caros rozaron la base de mi carrito de limpieza, que seguía aparcado junto a la puerta como un recordatorio.

—Las cosas en mi vida no están bien, Elena —soltó.

No nombró a Lucía. No habló del piso del barrio de Salamanca, ni de las cenas familiares de los domingos, ni del peso muerto de un matrimonio que funcionaba por inercia desde hacía años.

No hizo falta. Ese «no están bien» significaba todo lo que se callaba: significaba que el vestido azul noche de la fiesta ya no tapaba las grietas, que la culpa le quemaba los bolsillos cada vez que me miraba y que se sentía tan atrapado en su vida perfecta como yo en mi bajo de Tetuán.

—Lo sé —dije yo.

Tampoco añadí nada más. Mi «lo sé» llevaba tres toneladas de contrabando.

Significaba que había visto a su mujer, que sabía que yo era la coordinadora eventual con catorce euros en la cuenta y que meterse en ese jardín era una locura que nos iba a costar el pellejo a los dos.

Significaba que entendía perfectamente el mensaje de las doce de la noche y el amago de caricia en la cuneta mojada. Lo sabíamos todo. Lo callábamos todo.

Daniel bajó la vista hacia mis manos. Estiró la mano derecha, un movimiento milimétrico, lento, que se detuvo justo a ras de mi muñeca.

No me tocó. Pero la corriente eléctrica que salía de sus dedos me erizó los pelillos del brazo.

Estábamos tan cerca que podía escuchar el ritmo acelerado de su respiración mezclado con el mío.

Un segundo más en esa oficina vacía y la gravedad habría hecho el trabajo sucio por nosotros.

—Deberías irte a casa, Elena —murmuró, sin apartar los ojos de mi piel.

—Sí. Debería.

Irse era, en ese momento, el acto más honesto y salvaje que podíamos hacer. Quedarse significaba ceder al cliché, romper el tablero antes de tener las fichas colocadas y convertir lo que sentíamos en un asunto sucio de despacho de polígono. Nos debíamos un respeto que su padre nunca entendería.

Me descrucé de brazos, di un paso atrás y agarré el asa del carrito gris. El ruido de las ruedas de plástico contra el linóleo rompió el hechizo como un hachazo.

Daniel no se movió. Se quedó de pie junto a la mesa de caoba, viéndome retroceder hacia el pasillo en penumbra. Volvía a tener la máscara de gerente puesta, pero la línea de su mandíbula seguía temblando por el esfuerzo de no seguirme.

—Hasta mañana, coordinadora —dijo desde la luz del flexo.

—Hasta mañana, jefe.

Salí a la calle y caminé hacia la parada del autobús bajo el cielo plomizo de Madrid. Mientras el trasto de la línea 11 avanzaba hacia Tetuán, me pegué a la ventanilla helada, sabiendo que habíamos salvado el lunes pero que la tregua tenía fecha de caducidad.

Entre nosotros no había pasado nada. Cero contacto. Cero palabras explícitas. Pero quedaba flotando una pregunta que ninguno de los dos iba a poder esquivar durante mucho tiempo, una tensión acumulada en las esquinas del almacén que amenazaba con reventar al menor descuido.

¿Cuánto tiempo más íbamos a poder jugar a los profesionales antes de que el deseo se volviera más fuerte que el miedo a perderlo todo?