CAPÍTULO 34
Cris llegó a las ocho y dos minutos con la declaración escrita a mano en un folio doblado en cuatro. Me lo dio en el pasillo de administración sin decir nada, con la misma cara de quien entrega algo que pesa y quiere quitárselo de encima cuanto antes. Le puse la mano en el brazo un segundo.
—Ya está hecho lo más difícil —le dije.
Ella asintió. No pareció creérselo del todo, pero asintió.
Subí al zulo, junté todo sobre la mesa: las tres páginas del historial de turnos, la declaración de Cris, el móvil con los doce minutos de grabación y un resumen de dos párrafos que había escrito la noche anterior con fechas, nombres y hechos concretos.
Sin adjetivos. Sin valoraciones. Solo datos.
Lo metí todo en la carpeta azul y la cerré.
Luego me quedé sentada mirándola durante un minuto.
Tenía treinta años, catorce meses de alquiler pagados por adelantado y un contrato de coordinadora que valía lo que valía el humor de Antonio Vidal ese día. Si esto salía mal, lo perdía todo en una tarde. Si salía bien, lo perdía todo igualmente, pero por razones distintas.
Me levanté. Cogí la carpeta. Subí las escaleras.
Entré en el despacho de Daniel sin picar. Las manos no me temblaban, pero el folio crujía por las esquinas. Daniel levantó la vista del ordenador. Vio la carpeta azul en mi mano y supo que no traía el presupuesto de los abrillantadores.
—Léelo —dije, soltando el papel sobre la caoba.
Daniel no hizo preguntas. Cogió el folio y empezó a leer. La luz del flexo le daba de lleno en la cara. Vi cómo se le tensaba la mandíbula hasta volverse una línea rígida de piedra. Tardó. El segundero del reloj de la pared hacía clac, clac, clac.
Cuando terminó, dejó el folio sobre la mesa muy despacio. Se quedó contemplando sus propias manos.
—¿Estás segura de esto, Elena? —su voz sonó sorda.
—Lo vi yo misma. Y ella ha firmado. Tu padre ha cruzado una línea que no se limpia con dinero. Ahora tú verás lo que haces con el apellido de la puerta.
Daniel se levantó. Se abrochó el botón de la chaqueta gris y me miró fijamente. Ya no había dudas en sus ojos. Había una frialdad nueva, una resolución que no le había visto ni en el almacén ni en la cuneta.
—Quédate aquí —dijo.
Salió del despacho y cruzó el pasillo directo hacia la oficina de Antonio.
Escuché todo desde la silla.
Al principio fueron murmullos. La voz de Daniel, baja y constante, exponiendo los datos como quien lee un parte técnico. Sin subir el tono. Sin drama. Solo hechos.
Luego vino el silencio de Antonio.
Luego vino Antonio.
—Esto es una conspiración —dijo el viejo, y su voz llegó nítida a través del pladur—. Una chica resentida y una coordinadora que lleva dos meses buscando cómo hundirme. Me estás tomando el pelo, Daniel.
—Tengo el historial de modificaciones de turnos de los últimos tres meses con tu usuario —respondió Daniel—. Tengo una declaración firmada. Tengo una grabación de audio.
—¿Una grabación? —la voz de Antonio subió un tono—. ¿Sabes lo que vale eso legalmente? Nada. No vale absolutamente nada.
—En un juzgado, quizás. En la inspección de trabajo, bastante más. Y en la prensa, todo lo que necesitan para abrir una pieza separada sobre el sector de las empresas de limpieza de extrarradio. —Una pausa—. El nombre que saldrá no será el mío, papá.
Silencio.
Escuché una silla arrastrarse. Pasos. El golpe sordo de algo, una carpeta o un libro, cayendo al suelo. Antonio Vidal recuperando el control de la situación como llevaba treinta años haciéndolo: ocupando el espacio, llenando el aire, convirtiendo la rabia en presión.
—Llevas toda la vida en esta empresa —dijo el viejo, y ahora la voz había bajado a ese tono peligroso que usaba cuando ya no necesitaba gritar—.
Todo lo que tienes es gracias a mí. El coche, el piso, el apellido que pones en los contratos.
¿Lo vas a tirar por una muerta de hambre que lleva dos meses con nosotros?
—Sí —dijo Daniel.
Una sola palabra. Sin pausa, sin titubeo. Como si llevara tiempo ensayándola.
Otro silencio. Este fue distinto. Más largo. Con una textura diferente, de los que indican que algo acaba de romperse y los dos saben que no tiene arreglo.
—Eres un estúpido —dijo Antonio. Frío. Definitivo.
—Puede. Firma la baja pactada de Cris con la indemnización máxima y pasa la gestión de personal a mi departamento, o mañana a las ocho esto va al juzgado de guardia. Tienes la noche para pensarlo.
—No necesito la noche —la voz de Antonio se endureció—. Necesito que esa chica esté fuera del edificio antes de las tres. Y tú y yo vamos a tener una conversación muy larga sobre lo que significa la lealtad familiar.
—Lo que tú quieras. Pero primero la baja. Y primero la gestión de personal.
Más silencio. Escuché a Antonio moverse por el despacho.
Pasos lentos, pesados, de los que miden el terreno antes de retroceder.
Me lo imaginé de pie junto a la ventana, mirando el asfalto del polígono, haciendo los cálculos que llevaba treinta años haciendo: qué cuesta más, qué se puede controlar, dónde está el límite exacto hasta el que puede apretarse la cuerda.
—La gestión de personal se queda donde está —dijo por fin—. Eso no es negociable.
—Entonces mañana a las ocho.
—Daniel. —La voz del viejo cambió. Sonó más blanda, casi conciliadora, con ese matiz de los que saben que han perdido una batalla y intentan salvar la guerra—.
Escúchame. Esta chica no es lo que crees.
Lleva semanas buscando cómo meterse en tu cabeza.
Lo veo desde el primer día. Es lista, es guapa, sabe lo que hace.
Y tú estás cayendo como un idiota porque llevas años sin que nadie te mire como ella te mira.
Silencio de Daniel.
—No me hables de ella —dijo, y su voz bajó una octava.
—Te hablo de ti. De lo que vas a perder. El negocio, la estabilidad, a Lucía. Todo lo que hemos construido. Por una tía que en seis meses habrá encontrado otro despacho donde hacer lo mismo.
—Firma los papeles, papá.
—Escúchame—
—Los papeles.
El silencio que vino después fue el más largo de todos. Escuché el cajón de una mesa abriéndose. El rasgueo de un bolígrafo sobre papel. Otro cajón cerrándose.
Luego los pasos pesados de Antonio cruzando el despacho hacia la puerta. La puerta abriéndose de golpe. Sus pasos en el pasillo, acelerados, con esa rabia contenida de quien ha cedido y necesita que nadie lo vea en el momento exacto de ceder.
Pasó por delante del despacho de Daniel sin mirar hacia dentro. Sin mirarme a mí. Bajó las escaleras y el sonido de sus pasos se fue apagando hasta que el edificio se quedó en silencio.
Daniel regresó. Entró despacio, se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de la silla. Tenía la camisa blanca arrugada en los codos y el cuello empapado de sudor, pero respiraba con tranquilidad. Me miró desde el otro lado de la mesa.
No dije nada. Él tampoco.
Había algo que flotaba entre los dos en ese despacho que no tenía nada que ver con los papeles firmados ni con Antonio ni con Cris.
Era el peso de lo que acababa de elegir.
No era una elección romántica ni cinematográfica.
Era una elección sucia, incómoda, de las que te dejan la ropa arrugada y la cara pálida y sin ninguna garantía de que hayan salido bien.
Pero la había hecho. Eso sí lo sabía.
—¿Cris está en administración? —preguntó.
—Sí.
—Baja a decirle que puede subir. Le explico el proceso de la baja.
Asentí. Me giré hacia la puerta.
—Elena.
Me detuve.
—Lo has hecho bien.
No era un cumplido de jefe. Lo supe por el tono. Lo supe por la forma en que lo dijo, en voz baja, como si fuera algo que le costara decir en voz alta y hubiera decidido decirlo de todas formas.
No me giré. Puse la mano en el pomo de la puerta.
—Tú también —dije.
Salí al pasillo. El edificio seguía en silencio.
La luz de la tarde entraba de lado por las cristaleras, estirando las sombras sobre el linóleo hasta hacer que parecieran más largas de lo que eran.
Bajé las escaleras hacia administración pensando que algo había cambiado en esa oficina de forma irreversible.
El problema era que no sabía si lo que había cambiado era la empresa, o nosotros.