CAPÍTULO 33
Necesitaba pruebas. Eso era fácil de decir a las dos de la tarde en un pasillo de pladur con el café enfriándose en la mano. Conseguirlas era otra historia.
Me metí en el zulo del almacén y cerré la puerta. Me senté en la silla de plástico y me quedé mirando la pared durante tres minutos exactos, que es el tiempo que tardo en pasar del pánico a algo parecido a un plan.
Lo que había oído no era suficiente. Una voz cortada al otro lado de una puerta cerrada no era nada. Antonio Vidal llevaba treinta años construyendo un sistema que no dejaba marcas. Yo no iba a tumbarlo con lo que me había parecido escuchar en un pasillo.
Pero había algo que sí podía hacer.
Abrí el ordenador y entré en el sistema de gestión de personal con mi clave de coordinadora. Rosa me la había dado el primer día con una advertencia: "Para los cuadrantes y el estocaje. Para nada más." Nunca la había usado para nada más.
Hasta ahora.
Busqué el historial de modificaciones de turnos de los últimos tres meses.
El sistema guardaba cada cambio con la hora exacta, el usuario que lo había realizado y el motivo registrado.
Antonio tenía su propio usuario de administrador, el mismo desde hacía doce años.
Y Antonio no era especialmente cuidadoso con los rastros digitales porque nunca había necesitado serlo.
El patrón apareció en diez minutos.
Cada vez que una empleada nueva llevaba entre dos y cuatro semanas en la empresa, Antonio le modificaba el turno para quedarse a solas con ella en algún punto de la jornada. No era aleatorio. Era sistemático. Tenía una cadencia. Una firma.
Imprimí tres páginas y las doblé en el bolsillo de la bata.
Luego fui a buscar a Cris. Antes de salir del zulo, me quedé un momento con la mano en el pomo de la puerta.
Pensé en Rosa. En sus dedos ásperos agarrándome la muñeca en la furgoneta, diciéndome que Daniel era un hombre decente pero que los hombres decentes también tenían apellidos.
En el cuaderno azul de tapas gastadas que guardaba en el cajón de mi mesa, con los códigos de alarma y los trucos del vinagre escritos con su letra apretada.
Rosa me había dejado ese cuaderno como quien le deja las llaves del coche a alguien que todavía no tiene carné.
Por si acaso. Por si llegaba un momento en que las necesitara de verdad. Este era ese momento.
Salí del zulo con las tres páginas en el bolsillo de la bata y el móvil en la mano derecha, con la aplicación de grabación abierta y lista.
No me gustaba lo que iba a hacer. Grabar a alguien sin su consentimiento tiene un sabor amargo que no se va con el desinfectante de pino.
Pero Antonio Vidal llevaba treinta años grabando a sus propias empleadas de otra manera, en otro tipo de archivo que no dejaba rastro digital, y ese pensamiento fue suficiente para que el sabor amargo se volviera tolerable.
El pasillo de la planta baja estaba vacío.
El zumbido de los ordenadores de administración llegaba desde el fondo como un runrún constante, de fondo, de los que están ahí siempre y solo notas cuando dejan de estar.
Caminé despacio, sin correr, con la misma zancada de siempre, la de la limpiadora que va de un sitio a otro con su cubo y su bayeta y que nadie mira porque llevar un cubo en la mano es el mejor disfraz del mundo.
Cris era la chica de administración que llevaba las facturas de proveedores, con mesa en la primera planta, cerca del almacén de uniformes.
Veintidós años, flequillo recto, unas ojeras que iban a más cada semana desde que había entrado en enero.
Yo la conocía de cruzarnos en la máquina del café.
Nunca habíamos hablado de nada importante.
La encontré sola en su mesa, con los auriculares puestos y la vista fija en la pantalla. Llamé al marco de la puerta con los nudillos.
Levantó la vista. Se quitó un auricular.
—¿Tienes un momento? —pregunté.
Me miró durante dos segundos. Luego miró hacia el pasillo, hacia la escalera que subía a la primera planta. Luego volvió a mirarme a mí.
—Cierra la puerta —dijo.
Lo que me contó duró doce minutos. Lo escuché sin interrumpirla, con las manos quietas sobre las rodillas y el estómago haciéndose más pequeño con cada frase.
Era la misma historia de siempre contada con palabras distintas.
La colonia cara. Los halagos. La mano en el hombro que duraba demasiado.
La propuesta de llevarla a un servicio especial en su coche.
La excusa del trabajo extra que nunca se pagaba.
Y el miedo. El miedo específico de quien no puede permitirse perder el empleo y lo sabe y el otro también lo sabe y por eso funciona.
—¿Estarías dispuesta a firmarlo? —pregunté cuando terminó.
Cris se quedó callada. Miró sus manos. Tenía las uñas mordidas hasta la cutícula.
—Si firmo, me echa —dijo.
—Si no firmas, sigue.
Otro silencio. Largo. Yo no lo rellené. Había aprendido eso de Daniel: respetar el silencio del otro hasta que decide qué hacer con él.
—Dame hasta mañana —dijo Cris al final.
—Mañana a las ocho estoy aquí.
Salí de administración con las tres páginas impresas en el bolsillo y doce minutos de testimonio grabados en el móvil. No le había pedido permiso para grabar. Tampoco se lo iba a decir todavía.
El problema era Daniel.
No el problema de querer hablar con él, sino el problema de cómo hacerlo sin que pareciera lo que era: una limpiadora con el móvil lleno de pruebas contra su padre llamando a la puerta del hijo para que arregle el desastre familiar.
Eso era exactamente lo que era. No había forma de hacerlo parecer otra cosa.
Subí a la planta noble a las cinco. El pasillo estaba en penumbra. La luz del despacho de Daniel, encendida.
Llamé dos veces al marco.
—Pasa —dijo su voz desde dentro.
Entré. Cerré la puerta. Me quedé de pie junto a ella porque si me sentaba iba a necesitar más tiempo del que tenía y el tiempo era lo único que no me sobraba.
Daniel levantó la vista del ordenador. Vio mi cara. Vio que no llevaba el carrito de limpieza. Vio la carpeta azul que había cogido del almacén para meter los papeles y que sujetaba contra el pecho como si fuera un escudo.
Cerró el ordenador despacio.
—Siéntate, Elena.
—Prefiero estar de pie.
Una pausa.
—¿Qué ha pasado?
Le conté lo del pasillo. Lo de la voz de Cris al otro lado de la puerta.
Lo del historial de modificaciones de turnos que había imprimido.
Lo de los doce minutos de grabación en el móvil.
Se lo conté en orden, sin adornos, con el mismo tono que usaba Rosa para los partes de incidencias.
Porque si lo contaba de otra manera, si dejaba que la voz me temblara aunque fuera un poco, iba a parecer que lo hacía por otra razón.
Y yo necesitaba que Daniel entendiera que lo hacía por Cris.
Por las que habían venido antes de Cris.
Por las que vendrían después si nadie paraba esto.
Daniel no me interrumpió. Se quedó inmóvil detrás de la mesa, con los codos apoyados en la madera y los dedos entrelazados delante de la boca. Tenía toda la cara tensa, los músculos duros bajo la piel de la cara.
Cuando terminé de hablar, el silencio duró bastante.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo esto? —preguntó. Su voz era baja y completamente plana, de las que no suben aunque el cuerpo esté pidiendo a gritos subir.
—Lo del pasillo, desde esta mañana. Lo del patrón de turnos, desde hace dos horas. Lo de que tu padre lleva años haciendo esto, desde el primer día que Rosa me subió a la furgoneta.
Daniel bajó la vista a la mesa. Se frotó la cara con las dos manos. Una vez. Dos veces.
—¿Cris va a firmar?
—Me ha pedido hasta mañana.
—¿Y tú? ¿Estás dispuesta a ir con esto hasta el final?
La pregunta era justa. Era la pregunta correcta. Significaba: ¿sabes lo que te estás jugando? ¿Sabes que si esto sale mal no hay marcha atrás para ninguna de las dos?
Lo sabía.
—Sí —dije.
Daniel se levantó de la silla. Rodeó la mesa despacio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y se quedó de pie a un metro de mí. Demasiado cerca para que fuera una distancia de despacho. No tan cerca como para que fuera otra cosa.
—Mañana cuando Cris firme, me traes todo —dijo—. Las páginas, la grabación, su declaración. Todo junto. Y entonces entro yo.
—¿Y si no firma?
—Si no firma, entramos igual. Con lo que tienes es suficiente para hacer mucho ruido. —Hizo una pausa—. Mi padre lleva treinta años creyendo que nadie va a hacer ruido.
Había algo en cómo lo dijo. No había rabia, que es lo que yo habría esperado. Había una frialdad nueva, limpia, de decisión ya tomada. Era la cara de alguien que llevaba tiempo esperando una razón concreta para hacer algo que sabía que tendría que hacer.
Me pregunté si yo era la razón. Me pregunté si Cris era la razón. Me pregunté si, en realidad, la razón llevaba doce años acumulándose en los partes de incidencias de Rosa y lo único que había faltado era alguien que los leyera en voz alta.
—Mañana a las ocho —dije, dando un paso hacia la puerta.
—Elena.
Me detuve. No me giré del todo.
—Gracias por no callarte.
Salí al pasillo con el pulso todavía alto. No era por Daniel, me dije. Era la adrenalina. Era el miedo a lo que venía mañana. Era el peso de los doce minutos grabados en el móvil y las tres páginas impresas en el bolsillo.
Era mentira, claro. Pero mentirse a una misma es gratis, y yo llevaba semanas sin poder permitirme nada que costara dinero.
Bajé las escaleras hacia la calle. El sol de la tarde pegaba de lado en el asfalto del polígono. Saqué el móvil para mirar la hora y vi que tenía un mensaje de Cris. Cuatro palabras.
Mañana firmo. Gracias, Elena.
Guardé el teléfono en el bolsillo de la cazadora y seguí caminando hacia la parada del autobús. El capítulo que venía mañana iba a ser el más largo de todos. Pero por primera vez en muchas semanas, no tenía ganas de salir corriendo.