A un milímetro de ti CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

El lunes por la mañana el sol pegaba con fuerza en el asfalto del polígono, pero dentro de las oficinas centrales el aire acondicionado soplaba a diecinueve grados. Un frío de quirófano.

Llegué a las ocho en punto. Me había puesto los pantalones oscuros y la camisa corporativa, la de las letras azules en el bolsillo izquierdo. Me colgué la acreditación de coordinadora al cuello como si fuera un escudo medieval.

—Buenos días, Elena —dijo la chica de recepción al verme pasar.

—Buenos días —respondí, sin frenar el paso.

Directa al zulo. Necesitaba encerrarme antes de que el pasillo se llenara de gente.

Encendí el ordenador, abrí la primera hoja de Excel de las rutas norte y me quedé mirando la pantalla parpadeante sin registrar un solo dato.

El eco de la cisterna de Tetuán de todo el fin de semana se había transformado en un zumbido sordo en las sienes.

A las ocho y media, la puerta de mi despacho se abrió. Sin llamar.

Daniel entró con una carpeta de cartón kraft bajo el brazo. Llevaba el traje gris impecable de los lunes, la corbata perfectamente anudada y el pelo engominado hacia atrás. Ni un rastro del agua de la sierra. Ni una arruga en la camisa blanca. El gerente ejemplar había vuelto a su puesto.

—El informe del taller sobre la furgoneta pequeña —dijo, dejando la carpeta sobre mi mesa. Su voz era neutra, plana, la misma que usaría para hablar con un inspector de Hacienda—. Ha sido una avería del alternador. Ya está solucionado.

—Perfecto. Gracias, Daniel —contesté, levantando la vista.

Sostuvimos la mirada. Dos segundos. Completamente normal. Demasiado normal.

Escribir la tensión de lo que no se nombra es como limpiar cristales con un trapo sucio: por mucho que frotes, la mancha sigue ahí.

Los dos sabíamos que hacía menos de sesenta horas habíamos estado encerrados en una cabina que olía a pino y a lluvia, compartiendo secretos sobre mareas y barcos que no le correspondían a nadie en este edificio.

Pero ahí estábamos, actuando como si el fin de semana hubiera sido un borrón en el calendario.

—Hay que reajustar los cuadrantes de la ruta del norte para suplir la baja de Rosa —continuó él, señalando el monitor con el dedo índice—. Encárgate de eso antes de las doce.

—Ya estoy en ello.

Daniel asintió una vez. Muy despacio. Se dio la vuelta para salir, pero se quedó quieto en mitad del zulo, dándome la espalda. Sus hombros se tensaron bajo la chaqueta gris. Yo contuve el aliento, con los dedos congelados sobre el teclado.

Ahí fue donde se vio quién aguantaba mejor la normalidad fingida.

Elena de San Fernando, la que había tenido que disimular delante de todo un pueblo cuando Javi la dejó por otra, tenía la piel más dura.

Daniel, con todo su dinero del barrio de Salamanca y sus manuales de gestión corporativa, estaba a punto de romperse por las costuras.

Se giró de golpe. La máscara se le cayó durante un segundo exacto.

Se le marcó una vena fina en la sien, el mismo gesto que hacía cuando la junta de socios le apretaba, y su mirada recuperó la intensidad desarmante de la cuneta.

Dio un paso hacia la mesa, acortando el aire que nos separaba hasta dejarlo en nada.

—¿Llegaste bien el viernes? —preguntó. El tono bajo, espeso, el de las doce de la noche.

—Te lo dije en el portal, Daniel. Sí.

—No me refiero a si entraste por la puerta, Elena.

El silencio que vino después fue el más incómodo del libro.

Podía escuchar el zumbido del climatizador y el taconeo de una administrativa en la planta de arriba.

El lector sabría perfectamente lo que estábamos pensando los dos en ese segundo.

Daniel estaba pensando que había estado a punto de tocarme el cuello en mitad de la sierra y que se moría de culpa y de ganas por volver a intentarlo.

Yo estaba pensando que su proximidad me daba la vuelta al cuerpo y que me importaba una mierda que estuviera casado si volvía a mirarme así.

Pero ninguno de los dos lo iba a decir en voz alta.

—Estoy bien —dije, endureciendo la voz, recuperando el personaje de coordinadora dócil—. El trabajo está saliendo. No te preocupes por mí, jefe.

Daniel apretó la mandíbula hasta que los músculos de la cara le marcaron una línea recta. El segundo del error había pasado. Se colocó de nuevo la máscara de gerente, asintió con la cabeza y salió del despacho sin decir una palabra más, cerrando la puerta con un clac definitivo.

Me dejé caer en el respaldo de la silla de plástico, soltando el aire que llevaba guardado desde que entró.

Esto no iba a durar. Para que esta olla a presión explotara del todo, solo hacía falta que alguien encendiera la mecha desde fuera.

Y en Limpiezas Vidal, el único que tenía el encendedor siempre en la mano era el dueño del apellido de la puerta.

El resto de la mañana transcurrió en una rutina gris y funcionarial que me desgastó más que un turno doble en los chalets pequeños.

A las dos, salí del zulo para ir a por un café amargo a la máquina del pasillo.

El edificio parecía extrañamente tranquilo, pero al pasar por delante de la zona de los suministros de la primera planta, escuché un ruido extraño.

Una voz de mujer cortada, tensa, que venía del almacén de uniformes nuevos.

Me detuve. Los pasos pesados y seguros de Antonio Vidal se acercaron a la puerta desde dentro, y yo me pegué a la pared del pasillo de pladur con el café caliente quemándome los dedos a través del vaso de plástico.

La puerta no llegó a abrirse. Escuché la voz de Antonio, baja, con ese tono meloso de los halagos que no piden permiso.

Escuché a la chica responder con un monosílabo que sonó a miedo disfrazado de educación.

Reconocí ese monosílabo. Lo había pronunciado yo misma dos semanas antes, en este mismo edificio, con el olor a su colonia cerrándome las fosas nasales.

Me alejé del pasillo antes de que la puerta se abriera.

Bajé las escaleras despacio, con el estómago convertido en un nudo frío.

Sabía lo que acababa de oír. Sabía que no podía ignorarlo.

Y sabía, con la misma certeza con que conocía el precio del abono transporte, que si seguía callando me iba a convertir en cómplice de algo que me daba asco.

Necesitaba pruebas. Y necesitaba a Daniel.