CAPÍTULO 31
El motor de la furgoneta soltó un quejido sordo, metálico, y se apagó del todo. Inercia pura. Logré arrimar el trasto a la cuneta antes de que las ruedas se quedaran clavadas en el arcén.
La comarcal de la sierra estaba negra como la boca de un lobo. No pasaba un alma. Fuera, las primeras gotas de la tormenta empezaron a estamparse contra el parabrisas con un ruido de perdigonazos.
Miré el móvil. Una raya de cobertura. Luego ninguna. Cero. Sin servicio.
—Estupendo, Elena —me dije, dándole un golpe al volante—. Eres una coordinadora de zona de primera categoría.
Busqué en la guantera. Rosa me había dejado allí los papeles del seguro, pero la tarjeta de la asistencia en viaje no aparecía por ningún lado.
El único número directo de la contrata de grúas de la empresa estaba guardado en la agenda del terminal.
Marqué tres veces, estirando el brazo hacia el techo de la furgoneta, buscando una señal milagrosa que no llegó.
Entonces la pantalla parpadeó. Una llamada perdida del único número que me sabía de memoria. Daniel.
El sistema debió enganchar un segundo de red antes de volver a morir. Volví a marcar su número a la desesperada. Dio tono. Uno. Dos. Tres.
—¿Elena? —su voz sonó distorsionada por las interferencias, pero real—. Llevo media hora llamándote. No habías fichado la salida de la ruta norte. ¿Dónde estás?
—Me he quedado tirada en la comarcal, Daniel. A diez kilómetros de la nacional. No tengo los papeles de la grúa y la cobertura se está yendo a…
La línea se cortó con un chasquido seco. El teléfono se quedó en negro. Sin señal otra vez.
Me crucé de brazos dentro de la cabina, encogiéndome bajo la cazadora vaquera.
El frío de la sierra bajaba rápido con la lluvia.
Esperaba que Daniel llamara a la asistencia desde la central.
Esperaba que mandara a un mecánico del polígono.
Esperaba cualquier cosa menos lo que pasó veinte minutos después.
Dos faros potentes recortaron la oscuridad de la carretera. Un coche negro de alta gama frenó detrás de la furgoneta, haciendo parpadear los cuatro intermitentes de emergencia.
Daniel bajó del coche sin paraguas. Cruzó el espacio entre los dos vehículos a grandes zancadas, con la camisa blanca ya empapada por el agua de la tormenta. Abrió la puerta del copiloto de la furgoneta y se metió dentro de un salto, cerrando de un portazo.
Traía el olor de la lluvia mezclado con su colonia cara. La cabina, que antes parecía un congelador industrial, se llenó de golpe con su calor.
—Estás loca —dijo, intentando recuperar el aliento. Tenía el pelo pegado a la frente y las manos le temblaban un poco por el frío—. Podrías haberte quedado en mitad de la calzada. Sin luces.
—No tenía luces, Daniel. Ni papeles de la grúa. ¿Por qué has venido tú? Tendrías que haber mandado al taller del polígono.
Daniel no contestó de inmediato. Se reclinó en el asiento del copiloto, estirando las piernas largas en el espacio estrecho. Pasó la mano por el salpicadero, el mismo salpicadero gastado donde Rosa colocaba sus notas de los chalets.
—El taller estaba cerrado, Elena —dijo, mirándome de lado. Sus ojos oscuros brillaban con la luz intermitente de los testigos del cuadro—. Y yo ya estaba de camino.
Mentira. Un gerente no está de camino a una comarcal de la sierra un viernes a las ocho y media de la noche.
Pero no se lo eché en cara. La situación funcionaba mejor que cualquier escenario que hubiéramos podido forzar en el despacho del almacén.
No había cámaras, no había albaranes, no había un sueldo de por medio.
Solo dos personas atrapadas en una caja de metal mientras el agua caía a cubos fuera.
Durante los siguientes cuarenta minutos, las normas de Limpiezas Vidal dejaron de existir.
El cristal del parabrisas se fue empañando despacio desde las esquinas hacia el centro, como si la cabina estuviera construyendo sus propias paredes para separarnos del mundo de fuera.
La lluvia golpeaba el techo metálico con un ritmo irregular que al principio resultaba molesto y luego, sin que ninguno de los dos lo decidiera, se volvió parte del silencio.
Uno de esos silencios que no pesan porque están llenos de algo, aunque ese algo no tenga nombre todavía.
Daniel se había quitado la chaqueta mojada y la había tirado al asiento de atrás.
Tenía la camisa blanca pegada al brazo izquierdo por el agua y no hacía nada por despegársela.
Yo seguía con la cazadora vaquera puesta, húmeda por los hombros, sin importarme tampoco.
Fuera de la empresa éramos dos personas atrapadas en una carretera comarcal a ocho grados de temperatura.
Dentro de la empresa habríamos buscado una excusa para salir corriendo en tres minutos. Pero nadie había dicho nada de salir.
Hablamos de cosas que no tenían nada que ver con el vinagre, la cera ni el Excel.
Me contó que de pequeño quería ser marinero, que odiaba el olor de los despachos de caoba desde los diez años y que su primer coche fue un trasto viejo que le costó más arreglar que comprar.
Yo le hablé de las mareas de San Fernando, de cómo mi abuela limpiaba el pescado en el patio y de lo mucho que echaba de menos el ruido del levante cuando me acostaba en el bajo de Tetuán.
En ese coche nos dijimos todo lo que no podíamos decirnos en el zulo del almacén. Usamos las palabras para tapar los silencios, pero los silencios seguían siendo demasiado peligrosos.
Cada vez que la luz de emergencia del coche de atrás parpadeaba, su silueta se recortaba contra el cristal. Estaba cerca. Tan cerca que mi hombro rozaba el suyo con cada movimiento mínimo. Sentía la humedad de su camisa blanca traspasando la lona de mi cazadora vaquera.
Hubo un momento. Un segundo exacto en mitad de la noche.
Daniel se giró del todo en el asiento, apoyando la espalda contra la portezuela.
Se quedó mirándome la boca mientras yo le explicaba qué era un estero.
Dejó de escuchar las palabras. Lo supe porque se le olvidó parpadear y porque se pasó el dedo por la cicatriz de la ceja, muy despacio.
Estiró el brazo por encima del freno de mano.
Sus dedos se se quedaron muy cerca de mi cuello, justo donde se me enganchaba un mechón de pelo mojado.
Estaba a punto de cruzar la línea. Yo también. Tenía las manos fijas en el volante, pero los nudillos me blanqueaban por la fuerza que estaba haciendo para no acortar ese último milímetro que nos separaba de la catástrofe.
Lo que nos frenó no fue la decencia, ni el contrato de coordinadora, ni el recuerdo del vestido azul noche de Lucía en la fiesta del hotel.
Fue el miedo. El miedo limpio y puro a que, si dábamos ese paso en mitad de una cuneta de la sierra, el lunes por la mañana ya no tuviéramos una empresa a la que volver.
El tablero se rompería del todo y ninguno de los dos estaba preparado para recoger los cristales.
Daniel retiró la mano despacio, volviendo a apoyarla en sus rodillas.
—La grúa va a tardar —murmuró, mirando hacia el parabrisas empañado.
—Que tarde lo que quiera —contesté, sin pensar.
Él no dijo nada, pero apretó los labios con una fuerza sorda.
Al cabo de diez minutos, los faros amarillos de la grúa municipal aparecieron al fondo de la curva, rompiendo el hechizo de la cabina con sus luces estroboscópicas. El conductor se bajó con un impermeable amarillo, llamando a la ventanilla con los nudillos.
Ninguno de los dos quería que esa grúa llegara. Lo supimos por la forma en que tardamos en abrir las portezuelas, por el suspiro sordo que soltó Daniel al bajarse al barro de la cuneta y por el frío que volvió a entrar en la furgoneta en cuanto la puerta del copiloto se quedó abierta.
El mecánico enganchó la furgoneta en cinco minutos. Daniel habló con él, firmó el papel de la asistencia en viaje sobre el capó mojado y me hizo una seña para que subiera a su coche.
El trayecto de vuelta a Madrid fue mudo. El climatizador del coche negro zumbaba suavemente, secándome la ropa pero dejándome el cuerpo helado. Me dejó en el portal de mi bajo de Tetuán a las diez y media de la noche.
No apagó el motor. No se bajó a abrirme la puerta.
—Gracias por venir, Daniel —dije, con la mano puesta en la manilla de salida.
—Mañana revisamos el parte del taller, Elena —contestó. Volvía a tener la voz del gerente, la distancia impecable que se aprende en los almuerzos del barrio de Salamanca—. Que descanses.
Me bajé y cerré la puerta. El coche negro se alejó por la calle estrecha sin hacer ruido, dejándome sola bajo la lluvia fina que todavía caía sobre Madrid.
Subí las escaleras de mi piso con las llaves temblando entre los dedos. Algo se había quedado flotando en la cabina de esa furgoneta que no se iba a limpiar con el amoníaco de la mañana. Mañana era sábado, pero el lunes por la mañana tendríamos que volver a cruzarnos en el pasillo de la central.
¿Cómo íbamos a mirarnos a la cara después de haber dejado las cartas encima de la mesa en mitad de una carretera comarcal?