CAPÍTULO 30
La primera semana sin Rosa fue como limpiar un suelo de mármol con el mocho seco: áspera, ruidosa y chirriante.
El almacén se me caía encima. Sin sus bufidos de sargenta, sin sus tirones a la palanca de cambios y sin sus «deja de mirar, gaditana», el silencio de la oficina de Tetuán se volvió espeso.
Pero el verdadero problema de la ausencia de Rosa no era que me faltaran sus notas sobre el vinagre y la cera.
El problema era el espacio vacío que dejaba en mi cabeza.
Sin la distracción de nuestras charlas en el copiloto sobre el precio del súper, el pensamiento oculto emergió a la superficie. Estaba ahí, quieto, flotando en el agua limpia como un aceite espeso.
Daniel.
Llevaba meses pensando en él. A todas horas.
Al levantarme en el bajo interior, al cuadrar las rutas de los chalets y al mirar el reloj de plástico a las cuatro y diez.
Rosa había sido mi pararrayos, la persona que con su sola presencia me recordaba de dónde venía y qué liga jugaba yo.
Sin ella, mi cable pelado estaba completamente al aire.
La ausencia de mi única amiga revelaba la peor de mis verdades: que no estaba usando el trabajo para sobrevivir en Madrid; estaba usando el trabajo para estar cerca de él.
El jueves por la noche, incapaz de aguantar el eco de las tuberías de mi estudio, cogí el móvil. Me senté en la cama con las piernas cruzadas. Busqué en la agenda un nombre que llevaba demasiados meses cogiendo polvo.
Bea Cañailla.
Bea era mi búnker de San Fernando. Mi mejor amiga desde los siete años, la que sabía cuántas veces había llorado por Javi y la que se quedó en la estación con cara de pocos amigos cuando me subí al tren.
La llamé precisamente ahora porque necesitaba un cable a tierra.
Necesitaba recordar el olor a salitre antes de que el olor a limpio de las oficinas me borrara del todo.
Le di a llamar antes de que el orgullo me frenara.
—¿Elena? —la voz de Bea sonó con el runrún del viento de la Bahía de fondo. Tardó un segundo en reaccionar—. Niña, estás viva. Pensaba que te había tragado la M-30.
—Estoy viva, Bea. Sobreviviendo al asfalto —intenté usar mi tono de siempre, el de la Elena que se reía de sus propias desgracias antes de que Madrid le cambiara el ritmo.
Hablamas durante dos horas. Dos horas de reloj.
Me contó que el hermano de la canariera había abierto un bar en el paseo, que el levante llevaba tres días pegando fuerte y que Javi se había mudado a Jerez con la nueva novia.
Escucharla era como abrir una ventana al pasado.
Esa conversación me recordó a la Elena de antes: la chica que quería buscar bichejos en los esteros, la que no tenía que medir cada palabra por miedo a un jefe y la que dormía del tirón sin un anillo de oro ajeno dándole vueltas en la cabeza.
Pero no le conté nada de Daniel.
Ni una palabra. Bea me preguntó por el trabajo, por el sueldo de coordinadora y por el piso de Tetuán.
Le respondí con datos técnicos. Le hablé de los partes de incidencias y del Excel.
Ocultar a Daniel no era solo por proteger el secreto; era porque si lo nombraba en voz alta delante de alguien de mi pasado, se volvería real.
Si Bea me decía que estaba loca por fijarme en un hombre casado, la fachada de cartón piedra de mi punto medio se derrumbaría del todo.
Y yo todavía necesitaba esa fachada para seguir yendo a trabajar mañana a las ocho.
—Te noto cambiada, Ele —dijo Bea antes de colgar—. Hablas más rápido. Como la gente de allí.
—Es el ritmo, Bea. Si te paras, te pisan.
Colgué y dejé el teléfono sobre la colcha.
El silencio de Tetuán volvió a entrar por las rendijas.
Me miré las manos. Tenían menos callos de la mopa pero cargaban con más papeles.
Había cambiado, sí. Había dejado atrás la playa para meterme en la boca del lobo, y lo peor es que me gustaba el calor de la guarida.
El viernes se presentó como un cierre de semana rutinario, pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Deje el zulo a última hora para hacer una última ruta de inspección en los chalets de la zona norte.
Me subí a la furgoneta pequeña de la empresa, la que Rosa odiaba porque le rascaba la tercera marcha.
El cielo estaba negro, cerrado, amenazando una de esas tormentas de la sierra que te pillan sin aviso.
Al salir del polígono, la aguja del cuadro de mandos dio un par de sacudidas extrañas. No le presté atención. Tenía la cabeza demasiado ocupada intentando recordar el consejo de Rosa sobre las paredes finas del almacén.
Aún no sabía que el vacío que había dejado Rosa estaba a punto de llenarse de golpe.
No sabía que la furgoneta iba a dejarme tirada en una carretera comarcal, en mitad de la oscuridad y en una zona donde las barras de la cobertura desaparecen de la pantalla.
Ni mucho menos sabía que el único número que conseguiría marcar antes del apagón sería el de la única persona que no debía venir a buscarme.