A un milímetro de ti CAPÍTULO 29
58%

CAPÍTULO 29

EL ÚLTIMO PARTE DE TRABAJO

El polígono de San Sebastián de los Reyes amaneció cubierto por una capa de calima gris que hacía que las naves industriales parecieran bloques de ceniza.

Eran las siete de la mañana. Rosa metió la llave en el contacto de la furgoneta blanca y el motor arrancó con el mismo carraspeo asmático de todos los días.

—Hoy nos toca el concesionario de coches de la avenida de Burgos y el bloque de oficinas de los ingenieros —dijo Rosa, mirando de reojo el salpicadero—. He pedido que nos quiten los chalets. No quiero despedirme de este puto trabajo oliendo a la piscina de un rico.

—Me parece bien —contesté, manteniendo la vista fija en la guantera.

Pasamos la mañana como dos autómatas bien engrasados.

En el concesionario, Rosa atacó los cristales de la fachada con la rasqueta y el líquido azul, moviendo los brazos con un ritmo salvaje, como si quisiera dejar su marca en el vidrio antes de que se lo quedara otra.

Yo me encargué de la mopa en la zona de la exposición, esquivando las ruedas relucientes de los coches que nadie de mi familia podría pagar en tres vidas.

A las dos de la tarde, nos sentamos en los asientos de la furgoneta a comernos el bocadillo de mortadela. El camión de los helados de la esquina hacía sonar su música estridente y el sol de septiembre empezaba a calentar la lona del techo.

Rosa sacó el termo de café de aluminio, desenroscó la taza de plástico rojo y me la tendió. Estaba arrugada. Tenía las ojeras de la que lleva toda la noche empaquetando cajas de cartón para mudarse a Lyon.

—Te vas a quedar sola en el almacén, gaditana —soltó, sin anestesia. Su tono no era de lástima; era la advertencia de un sargento antes de dejar la trinchera.

—Está Laura. Y las chicas de la tarde —intenté quitarle hierro, dándole un mordisco al pan duro.

—Laura no sabe distinguir el amoníaco del agua bendita y las de la tarde firman el cuadrante y salen corriendo —Rosa dio un trago directo del termo—. Te quedas sola tú. Con los papeles, con las rutas y con el jefe de la primera planta.

Me quedé quieta, con la mortadela a medio masticar. El nombre de Daniel no había salido de su boca en toda la mañana, pero estaba ahí, flotando entre el olor a gasoil de la furgoneta.

—Daniel me respeta, Rosa. Ya vistes lo que hizo con lo de su padre.

—Ese es el problema, Elena —Rosa dejó el termo en el suelo de la cabina con un golpe seco. Se giró del todo en el asiento, mirándome como si hubiera visto pasar a cien coordinadoras como yo antes de terminar en la calle—. Que te respeta. Y que tú lo miras como si fuera el único faro de la Bahía.

—Yo no lo miro de ninguna forma —contesté rápido, sintiendo cómo el calor de San Fernando me subía por el cuello. La ironía se me había quedado pegada al paladar.

—A mí no me vengas con milongas, que tengo los riñones pelados de fregar suelos en esta comunidad —me cortó ella, secamente.

Me agarró de la muñeca izquierda, justo por encima del reloj de plástico de la empresa.

No apretó, pero sus dedos ásperos, gastados por los productos químicos, se me clavaron como una marca—.

Daniel Vidal es un hombre decente. Lo ha demostrado.

Pero es un Vidal. Y tú eres una tía de San Fernando con una mano delante y otra detrás.

Guardé silencio. El camión de los helados seguía sonando al fondo de la avenida.

—Escúchame bien lo que te voy a decir, porque no te lo voy a volver a repetir desde Francia —su voz bajó una octava, volviéndose densa, pesada—.

Un hombre casado y rico que juega a los salvadores es el bicho más peligroso que te puedes echar a la cara.

No porque sea malo. Sino porque cuando la junta de socios apriete, cuando su mujer le pida cuentas o cuando su padre le amenace con quitarle el nombre de la puerta, Daniel se va a proteger a sí mismo.

Y a la que van a limpiar del mapa con un trapo sucio va a ser a ti.

Las palabras de Rosa me dieron un viaje en las costillas que me dejó sin aire. Era la conversación más honesta que habíamos tenido en todos estos meses, desprovista de las bromas sobre la cera o las quejas de los jefes. Era la verdad desnuda, tirada sobre el salpicadero gastado de la furgoneta.

—Él no es como su padre, Rosa —murmuré, con la voz rota.

—No. Él es mejor —contestó ella, soltándome la muñeca despacio—.

Y por eso es diez veces más fácil que te rompa el corazón.

Con Antonio sabes a qué juegas: a esquivarle las manos en el pasillo.

Con Daniel juegas a creerte que eres algo más que la coordinadora del almacén.

Y ese es el error que te va a costar el billete de vuelta a Cádiz.

No supe qué responder. Me quedé mirando mis manos, las manos que Rosa me había enseñado a usar para que los minutos rindieran más, sintiendo el frío de la advertencia metiéndoseme en los huesos.

Tenía razón. Lo sabía con la lucidez fría que te da el hambre.

Pero saberlo no servía de nada cuando el lunes por la mañana la puerta de los tres metros cuadrados se abriera y apareciera la camisa blanca de Daniel recortada contra la luz del flexo.

Rosa metió la llave en el contacto otra vez, dando por terminada la tregua.

—Venga, termina el bocadillo —dijo, metiendo primera con un tirón áspero—. Nos queda el bloque de los ingenieros y quiero dejar la furgoneta limpia antes de las seis. No le voy a dejar ni un grano de polvo al viejo Antonio de herencia.

La furgoneta blanca avanzó por la avenida de Burgos, integrándose en el tráfico denso de la tarde madrileña.

Miré de reojo el perfil de Rosa, su perfil de sargenta infalible que ya estaba pensando en Lyon, sabiendo que este día entero juntas sería el último trozo de suelo firme que pisaría en mucho tiempo.

La advertencia se quedó flotando entre los botes de limpia azulejos de la parte trasera, quieta, esperando a que yo cometiera el primer error del lunes por la mañana.