A un milímetro de ti CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

El motor de la furgoneta blanca temblaba en los semáforos de la Castellana.

Rosa conducía con las dos manos fijas en el volante, la espalda recta como un poste y los ojos clavados en la matrícula del camión de delante.

Olía a lo de siempre: ambientador de pino barato y el café requemado que traía en el termo.

—Me largo, gaditana —soltó de golpe, sin poner el intermitente.

La miré de reojo. Pensé que era uno de sus chistes secos.

—¿A dónde? ¿A la ruta de los chalets del sur para tocarte las narices?

—A Francia —Rosa metió segunda con un tirón áspero que hizo crujir la caja de cambios—.

Mi hija la mayor ha encontrado un puesto de enfermera en Lyon.

Se lleva a los niños. No me quedo yo en Madrid sola aguantando al viejo Antonio ni un minuto más.

Llevo doce años esperando una excusa para cerrar la taquilla. Ya la tengo.

El estómago se me cayó directo a los pies. El semáforo se puso en verde y la furgoneta avanzó.

Rosa era mi brújula en aquel trozo de hormigón.

Era la sargenta que me había enseñado a medir los minutos por metro cuadrado, la que me había avisado del peligro de los despachos y la única persona en Limpiezas Vidal que me miraba a los ojos sin segundas intenciones.

Perderla a ella no era solo perder a una amiga; era quedarme sin el único paracaídas que me quedaba en Madrid.

—¿Cuándo te vas? —pregunté. La voz me salió más fina de lo normal.

—Hoy es mi último día. La furgoneta se queda en el muelle a las seis. Mañana ya no ficho.

No supe qué decir. Nos quedamos calladas un rato, con el traqueteo de las herramientas de limpieza en la parte trasera.

Pasamos por delante de las oficinas centrales.

La cristalera de la planta noble reflejaba el cielo gris de la tarde.

Sin Rosa, aquel edificio parecía más grande. Más frío. Más hostil.

Iba a quedar completamente expuesta. Rosa era el colchón que amortiguaba los golpes entre la dirección y el almacén. Sin ella, mis reuniones de las ocho de la mañana con Daniel ya no tendrían testigos. Mi puesto de coordinadora pasaría de ser un búnker a ser un escaparate.

Llegamos al último servicio de su ruta, un bloque de oficinas en el norte.

Rosa apagó el contacto. Se quedó un momento con las manos puestas en el volante, mirando el salpicadero gastado.

Luego, metió la mano en la guantera y sacó un cuaderno pequeño, de tapas azules y esquinas gastadas. Me lo puso en el regazo.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Los códigos de las alarmas de los chalets buenos. Y las notas de las manías de los clientes fijos. A quién le gusta el abrillantador de cera y quién prefiere el vinagre. Antonio va a intentar meterte presión con los tiempos ahora que no estoy. Usa eso. No le dejes ganar ni un minuto.

Agarré el cuaderno. Estaba sobado por las esquinas, lleno de la caligrafía apretada de Rosa. Era su herencia. Lo más parecido a un escudo que podía dejarme.

—Elena —me llamó antes de abrir la puerta.

Me miró fijo, de esa forma suya que te leía la cartilla sin pestañear—.

Daniel es buen chico. De verdad lo es. Pero sigue teniendo el apellido Vidal en el carné de identidad.

No lo olvides cuando te encierres con él en el zulo del almacén.

Las paredes de esa oficina son muy finas.

—Lo sé, Rosa.

—No, no lo sabes —dijo, secamente—. Pero lo vas a aprender. Anda, bájate ya, que tengo que entregar los partes.

Me bajé de la furgoneta en la esquina de la avenida. Rosa metió primera, me hizo un gesto corto con la cabeza y se alejó entre el tráfico gris de la tarde. No se giró. No hubo abrazos, ni lágrimas, ni promesas de llamarnos los domingos. No era su estilo.

Me quedé sola en la acera, con el cuaderno azul apretado contra el pecho. Fue entonces, cuando la furgoneta blanca dobló la esquina y desapareció del todo, cuando sentí la primera lágrima corriéndome por la mejilla. Una sola. Seca.

Crucé la calle hacia la parada del autobús, esquivando el viento del norte que empezaba a levantar los papeles viejos de la acera. Me metí la mano en el bolsillo de la cazadora y saqué el móvil. La pantalla estaba completamente limpia. Ningún mensaje de gerencia. Ningún aviso del cuadrante.

El silencio de la empresa acababa de empezar, y el vacío que dejaba Rosa en el asiento del copiloto se sentía como una amenaza silenciosa que ya estaba esperando la primera hora de mañana.

¿Cómo iba a sostener el timón del almacén cuando la tormenta de los Vidal se me venía encima sin nadie al lado para aguantar el golpe?