CAPÍTULO 27
Mi puesto de coordinadora. Mi búnker.
El problema de los búnkeres es que el espacio es tan ridículo que cualquiera que entre te obliga a encoger los hombros para no rozarlo. Y Daniel entraba tres veces al día.
Las reuniones empezaban siempre igual. Un albarán de la ruta norte, una queja por el suministro de lejía o el cuadrante de bajas del lunes. Papeles sobre la mesa. Datos. Cifras.
—El chalet de La Moraleja necesita un refuerzo de tres horas el viernes —decía Daniel, señalando la casilla con el capuchón del bolígrafo.
—Ya no tengo personal libre para el viernes, Daniel. Laura está en los chalets pequeños y Rosa tiene la ruta de la sierra —contestaba yo, inclinándome sobre el papel.
Entonces pasaba. El bolígrafo se quedaba quieto.
Las conversaciones de trabajo sufrían un frenazo en seco y, sin saber cómo, terminábamos hablando de otras cosas.
De por qué el café de la máquina del polígono sabía a rayos, de los atascos de la M-30 o de lo mucho que me costaba adaptarme al ruido de Tetuán por las noches.
En esas dos semanas aprendí a leerlo como si fuera un manual de instrucciones.
Aprendí que cuando Daniel estaba tenso con la junta de socios, se pasaba el dedo índice por la cicatriz de la ceja, dos veces, muy rápido.
Aprendí que cuando estaba cansado de discutir con su padre en la primera planta, el primer botón de su camisa blanca aparecía desabrochado y arrastraba un poco más los pies al andar.
Aprendí a detectar cuándo fingía que todo iba bien: ponía esa voz de gerente impecable, la misma que usaba con los clientes ricos, pero se le olvidaba parpadear.
Él aprendió lo mismo sobre mí. Sabía perfectamente cuándo me dolía la espalda por las horas de oficina sin estar acostumbrada a la silla de plástico. Sabía que cuando me ponía irónica y me reía de mi propia suerte con el acento de Cádiz más cerrado, es que estaba muerta de miedo por el dinero.
Ninguno de los dos hablaba de lo que estábamos aprendiendo. Era un pacto de mudos. Nos limitábamos a acumular información del otro, guardándola en un cajón secreto de la cabeza para usarla por las noches, cada uno en su rincón de Madrid.
Para gestionar la tensión, yo me volvía más seca. Más directa. Él se volvía más lento en sus movimientos, como si temiera que un gesto rápido pudiera delatarlo.
El momento pequeño, el que supe que recordaría durante mucho tiempo, ocurrió un jueves a última hora.
Eran las siete de la tarde. El polígono ya estaba en silencio y Rosa se había marchado a cerrar el almacén general. Daniel entró en mi despacho con el parte de firmas definitivo. El flexo de mi mesa era la única luz encendida, proyectando nuestras sombras gigantes en la pared de pladur.
Se acercó a la mesa por el lado estrecho. Me pasó el documento y, al hacerlo, soltó el aire de los pulmones con un suspiro largo, quebrado. Estaba molido. Tenía las ojeras marcadas y el pelo revuelto por el viento de la calle.
—Ha sido un día de perros, Elena —dijo en un susurro, quedándose de pie a mi lado.
Estaba tan cerca que sentía el frío de la calle que traía en la chaqueta de cuero. La lona de su manga rozaba los pelillos de mi brazo. Un poco más y su muñeca habría tocado la mía. No me moví. Contuve el aliento, sintiendo el pulso acelerado con una fuerza ridícula.
Daniel bajó la vista hacia mi mano, que sujetaba el bolígrafo.
Se quedó mirando mis dedos durante tres segundos eternos.
Estiró la mano derecha, un amago lento, y sus yemas se detuvieron justo encima de las mías, a la distancia exacta de un suspiro.
No llegó a rozarme. Pero el calor que desprendía su piel me quemó igual que el sol del acantilado.
—A veces —murmuró, con los ojos fijos en mis dedos— me dan ganas de arrancar el coche y no parar hasta llegar al sur.
—En el sur hace demasiado calor para los trajes grises, Daniel —contesté, con la voz un poco rota, intentando recuperar mi capa de ironía.
Él soltó una risa corta, sin ganas, y apartó la mano despacio. Se alejó hacia la puerta, recuperando el aire que nos separaba, devolviéndome el control de mis propios pulmones.
—Mañana a las ocho, coordinadora —dijo desde el umbral, con una sombra de sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Mañana a las ocho, jefe.
Se marchó. Me quedé sola en el zulo, mirando el papel de firmas donde su caligrafía limpia se mezclaba con la mía. El punto medio seguía funcionando en los papeles, pero la realidad nos estaba acorralando en tres metros cuadrados.
Apagué el flexo, cogí el bolso y salí al pasillo del almacén a oscuras. Al llegar a la puerta de salida, vi que la luz de la furgoneta blanca de Rosa seguía encendida en el muelle de carga, y a Rosa sentada al volante, con los papeles de la ruta ordenados sobre el salpicadero.
Tenía una expresión en la cara que no le había visto en todo el tiempo que llevábamos juntas. Una expresión de despedida.
¿Qué me iba a contar Rosa ahora que yo por fin empezaba a tener el suelo firme bajo los pies?
Las semanas se sucedieron así, con pequeñas victorias y pequeños sustos que se anulaban entre sí. Y entre todo aquello, llegó algo que no esperaba: la sensación, por primera vez desde que bajé del tren en Atocha, de que el suelo bajo mis pies dejaba de moverse.
La primera nómina completa como coordinadora me llegó un viernes a las nueve de la mañana, con el ping seco de siempre.
La miré tres veces antes de creerme el número.
Después de meses de calcular la compra al céntimo y de vivir con el miedo de que cualquier imprevisto —una muela, una avería, una subida del gas— me mandara de cabeza a pedirle otro préstamo a Bea, tenía en la cuenta lo suficiente para pagar el mes completo del estudio de Tetuán, llenar la nevera de verdad y que sobrara. No mucho. Pero sobraba.
Me senté en el borde de la cama, que por fin tenía sábanas propias y no las prestadas de Marta que me había llevado sin preguntar el primer día, y miré las cuatro paredes recién pintadas con una sensación rara en el pecho, algo parecido al orgullo, aunque yo no tenía mucha práctica reconociendo esa palabra en mí misma.
Ya no era la chica asustada que se bajó del coche de Javi en la estación de Atocha con una maleta de lona y los ojos hinchados de llorar. Tenía un techo pagado con mi propio sueldo, una puerta que cerraba por dentro y, por primera vez en meses, algo de margen entre el veintiocho y el uno.
El viernes por la mañana, mientras cargábamos la furgoneta para la ruta de los chalets del norte, no pude aguantarme.
—Este mes he pagado todo con mi sueldo, Rosa. Todo. Hasta me ha sobrado para comprarme sábanas que no sean las de mi compañera de piso.
Rosa, que estaba revisando el nivel de agua del limpiaparabrisas, se enderezó despacio. Se limpió las manos en los pantalones grises del uniforme y me miró de arriba abajo. Supongo que me vio la cara de suficiencia, el mentón un poco más alto que de costumbre.
—¿Y duermes mejor? —preguntó.
—Duermo mejor.
Rosa asintió con la cabeza, y por primera vez en quince días, vi una sombra de sonrisa de verdad en la comisura de sus labios. Una sonrisa de sargenta orgullosa de su recluta.
—Me alegro, gaditana. De verdad. Es lo primero que necesita una para que no la mangoneen: dormir tranquila y saber que si el mundo se cae, tú sigues de pie.
—Se acabó el estar de prestado —dije, sintiendo un subidón de adrenalina.
Cerramos el portón de la furgoneta de un golpe. Rosa se guardó la llave en el bolsillo, pero no se subió al asiento del conductor. Se quedó apoyada en la chapa, mirándome con esa fijeza suya que lo sabía todo antes de que pasara.
—¿Se lo has contado a Daniel? —preguntó de golpe.
El subidón se me cortó en seco. El aire del polígono se volvió pesado.
—No —respondí, sosteniéndole la mirada—. No tengo por qué contarle mi vida privada a la dirección.
Rosa soltó un bufido corto y se subió a la furgoneta. Metió la llave en el contacto, pero antes de arrancar, me miró por la ventanilla abierta.
—Claro —dijo.
Ese «claro» llevaba tres toneladas de contrabando.
Significaba que Rosa sabía perfectamente que el punto medio que yo había construido era una fachada de cartón piedra.
Significaba que entendía que no decírselo a Daniel no era profesionalidad, sino autodefensa.
Si se lo contaba, él sabría que ya no tenía la excusa de la calle de la Luna para buscarme.
Sabría que estaba a salvo. Y una parte de mí, la parte más estúpida y vulnerable que intentaba aplastar cada mañana, seguía queriendo que él tuviera una excusa para cruzarse en mi camino.
Me subí al asiento del copiloto y nos pusimos en marcha hacia la M-30.
—Por cierto —dijo Rosa mientras sorteábamos el tráfico del nudo de Manoteras—, saca la ropa buena del armario para mañana por la noche.
—¿Qué pasa mañana?
—La cena anual de Limpiezas Vidal. En el hotel de la carretera de Burgos —Rosa metió cuarta con rabia—.
Obligatoria para toda la plantilla. El viejo quiere celebrar el cierre de año y sacar pecho delante de los socios.
Nos toca ponernos guapas para que Antonio Vidal parezca un empresario moderno que cuida a sus esclavas.
El estómago se me volvió a cerrar, pero esta vez no fue por el dinero. La cena de la empresa. Todo el personal en el mismo sitio, sin uniformes, sin fregonas y con barra libre.
Miré por la ventanilla el cielo gris de Madrid, preguntándome cuántas horas iba a durar mi famoso punto medio cuando tuviera a Daniel a tres copas de distancia.