A un milímetro de ti CAPÍTULO 26
52%

CAPÍTULO 26

Daniel dejó la carpeta azul sobre la caoba. Le dio un toque con el índice, deslizándola dos centímetros hacia mi lado. El papel blanco de los nuevos anexos brillaba bajo el flexo.

—Coordinadora de zona, Elena —dijo. Su tono había recuperado la gravedad de los despachos, pero los ojos le seguían brillando con esa urgencia de quien acaba de cometer una locura—. Más responsabilidad. Supervisión de los equipos del norte, control de estocaje y partes de incidencias.

Miré el papel. Luego lo miré a él.

—No tengo experiencia en gestión, Daniel. Yo sé usar la mopa, no el Excel.

—Rosa te dará el rodaje en dos días. Sabe cómo funciona la calle. Lo que necesito es a alguien de confianza que controle que los partes no pasen por el filtro de mi padre.

Era una propuesta perfecta. Profesional en la superficie, blindada con argumentos de productividad y reestructuración de plantilla.

Pero los dos sabíamos que aquello era un traje a medida.

Era Daniel sacándome de la línea de fuego, poniéndome un escudo de tres milímetros de grosor y apartándome de los pasillos donde Antonio Vidal pudiera acorralarme con sus comentarios babosos.

Era un gesto profesional. Y era la cosa más personal que nadie había hecho por mí en años.

—El sueldo sube un treinta por ciento —añadió, viendo que yo no tocaba el documento—. Tendrás un despacho pequeño en la zona de almacén. Menos contacto directo con la primera planta. Con mi padre.

Un treinta por ciento más. Eso significaba llenar la nevera de Tetuán sin mirar el precio del atún, pagar el abono transporte el día uno y dejar de contar los catorce euros como si fueran pepitas de oro. Era la solución real a todos mis problemas reales.

Pero también era Daniel metiéndose de lleno en mi vida. Creando un puesto para mí. Convirtiéndose en mi salvador oficial con el dinero de la empresa de su familia.

—Si acepto esto, Rosa va a pensar que...

—A Rosa se lo he planteado yo esta mañana como una necesidad de gerencia —me interrumpió. Dio un paso de lado, rodeando la esquina de la mesa, quedando de nuevo a mi altura—. Rosa no piensa nada, Elena. Sabe cómo está la empresa.

Le sostuve la mirada. Había algo en su gesto que me asustó.

No era la determinación, ni la rabia contra su padre.

Era la fijeza. La forma en que me miraba, como si crear ese puesto fuera la única opción que tenía para no volverse loco en ese edificio.

Estaba arriesgando su posición en la junta del lunes por ponerme a salvo.

Estaba cruzando una línea de gestión que su padre detectaría al primer vistazo en los balances de nóminas.

Iba a complicar las cosas. Lo sabía. Sabía que aceptar ese contrato era meter el pie en el barro hasta el fondo, pero miré las iniciales de Limpiezas Vidal en el encabezado y agarré el bolígrafo que había sobre la mesa.

—¿Dónde firmo? —pregunté.

Daniel no sonrió, pero el aire de sus pulmones salió con un silbido de alivio.

Me señaló la línea de puntos con el dedo.

Al acercarme para firmar, el dorso de mi mano rozó el puño de su camisa blanca.

Fue un contacto de un milisegundo, una caricia involuntaria que me dejó los dedos helados.

Firmé rápido, con mi letra grande de San Fernando, y le devolví el bolígrafo.

—Empiezas mañana a las ocho —dijo, guardando la carpeta en el cajón—. Pásate por el almacén para que Rosa te dé el material de oficina.

—Gracias, Daniel.

—Haces tu trabajo, Elena. No me des las gracias por eso.

Salí del despacho con el estómago revuelto. Volví a mi carrito gris, terminé de pasar la mopa por la recepción y fiché a las seis en punto. Durante el trayecto en metro hacia Tetuán, la euforia del sueldo nuevo se fue apagando, sustituida por una lucidez fría que se me clavó en la nuca.

Esa noche, sentada en la cama de mi estudio interior, me quedé mirando las llaves del piso sobre la mesilla.

Había aceptado. Y sabía, con la certeza absoluta de las tías que han tenido que aprender a golpes, que había cometido un error descomunal.

Un error que no tenía nada que ver con el Excel, ni con los partes de incidencias, ni con el miedo a que Antonio Vidal descubriera el truco.

El error era que, al aceptar ese puesto, la distancia que nos separaba se había estrechado de forma definitiva.

Ya no era la eventual de la tarde a la que se le ayuda por caridad.

Ahora era su coordinadora. Su mano derecha en el almacén.

El nuevo puesto significaba más reuniones en su despacho.

Más horas coordinando rutas a solas. Más excusas profesionales para estar en la misma habitación compartiendo el mismo aire.

Había aceptado el rescate, y al hacerlo, le había dado a Daniel la llave de la única puerta que me quedaba por cerrar: la de mi cabeza.

Me tumbé boca arriba, escuchando el ruido de la cisterna del vecino del primero a través del patio de luces.

El móvil seguía sobre la colcha, mudo, negro, apagado.

No hubo mensaje a las doce de la noche. No hacía falta.

Los dos sabíamos que a partir de mañana ya no necesitaríamos los teléfonos para estar demasiado cerca.

La pregunta no era si Antonio se daría cuenta del cambio, sino cuánto iba a tardar mi punto medio en saltar por los aires en la primera reunión de las ocho de la mañana.