A un milímetro de ti CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El sábado por la tarde, Tetuán no se parecía en nada al polígono industrial.

Olía a pollos asados, a las freidoras de las cafeterías dominicanas y al humo de los tubos de escape que se quedaba flotando entre los edificios bajos.

Yo iba con mis vaqueros viejos, una camiseta blanca de algodón y las zapatillas de lona que usaba para bajar a por el pan.

Llevaba una bolsa de plástico con dos botes de garbanzos y un paquete de café en la mano.

La limpiadora en su hábitat natural. Sin la bata gris de Limpiezas Vidal ni la acreditación del trabajo al cuello.

Me paré en el paso de peatones de Bravo Murillo, esperando a que el semáforo se pusiera en verde.

El sol de la tarde caía de lado, tiñendo las fachadas de un color naranja sucio, de esos que en Cádiz duran horas porque el cielo es más ancho, pero que en Madrid duran diez minutos antes de que las nubes o los edificios lo tapen.

Llevaba la bolsa de los garbanzos en la mano derecha, el recibo del súper arrugado en el bolsillo de la cazadora y los auriculares puestos sin música porque a veces los pones solo para que la gente no te hable en la calle.

Tetuán un sábado por la tarde es otra ciudad.

Durante la semana es un polígono de casas, un sitio de paso entre el metro y la cama.

Pero el sábado sale a la superficie algo más real: las familias que bajan a comprar el pan a las cinco, los chavales que montan en bicicleta por la acera con esa inconsciencia de los que no han aprendido todavía que la ciudad puede hacerte daño, los bares con las sillas sacadas a la calle donde la gente toma el aperitivo con esa lentitud del que no tiene ningún sitio mejor donde estar.

Yo había aprendido a moverme por este barrio en tres semanas.

Sabía qué frutería daba el kilo de tomates más barato, qué panadería abría los domingos antes de las nueve, en qué esquina el semáforo tardaba noventa segundos exactos en cambiar y podías cruzar si venías con prisa.

Era un conocimiento pequeño, de superviviente, pero era mío.

Nadie me lo había enseñado. Lo había descubierto yo sola, una mañana detrás de otra, con la mochila al hombro y el abono transporte en el bolsillo.

El semáforo se puso en verde. Crucé. Entonces lo vi.

Estaba al otro lado de la avenida, parado junto a la puerta de una ferretería de barrio de las de toda la vida, de las que tienen los cubos de plástico colgando de la fachada.

No llevaba el traje gris de tres piezas de los lunes de junta.

Tampoco el polo negro de la terraza. Iba con unos pantalones cortos de loneta color beis, unas zapatillas deportivas gastadas y una camiseta gris de manga corta que le quedaba un poco holgada.

Tenía el pelo revuelto, sin una gota de gomina, cayéndole un poco sobre la frente.

Llevaba una caja de cartón pequeña bajo el brazo izquierdo y una bolsa con tornillos en la mano derecha.

Me quedé clavada en el bordillo de la acera.

La gente me esquivaba por los lados, protestando en voz baja, pero yo no podía apartar los ojos de él.

Daniel parecía más bajo sin los techos altos de la primera planta de las oficinas.

Parecía más joven. Parecía un tío normal de treinta y pocos años que baja un sábado a por material para arreglar una estantería en su casa, y no el heredero de un imperio de contratas de limpieza que vivía con una úlcera en el estómago.

Era la primera vez que lo veía fuera del contexto de jefe y empleada, y el descubrimiento me sentó como una patada en la boca del estómago.

Era mucho más peligroso así. En el despacho, detrás de la mesa de caoba o defendiéndome del viejo Antonio, Daniel era una figura de poder.

Un objetivo contra el que mi orgullo de clase podía rebelarse con ironía.

Pero ese tío de la camiseta gris que se rascaba la nuca mientras esperaba a que pasara un autobús no era un concepto.

Era un hombre real. Un hombre que respiraba el mismo aire sucio del norte de Madrid que yo, que cruzaba las mismas calles y que tenía unas manos grandes, limpias, que ahora mismo sujetaban una bolsa de tornillos de tres euros.

Se giró hacia mi lado de la acera mientras el semáforo cambiaba a verde.

Me miró. Tardó un segundo exacto en registrar quién era la chica de la bolsa de garbanzos que lo contemplaba desde el otro lado del asfalto. Vi cómo se le tensaba la mandíbula, un acto reflejo que ya se me había quedado grabado en la memoria.

No huyó. No cruzó la calle corriendo ni disimuló mirando el escaparate. Caminó directo hacia mí, sorteando a una señora con un carrito de la compra y a dos chavales que iban en patinete. Su zancada seguía siendo la misma, larga y decidida, pero el ritmo era diferente. Más lento.

Se detuvo a un metro. El olor a su colonia cara ya no estaba; olía a la tarde, a la calle y a un rastro suave de jabón limpio.

—Elena —dijo. Su voz sonó extraña en mitad del estruendo de Bravo Murillo. Menos grave, más desarmada.

—Hola, Daniel —mantuve la bolsa de plástico firme a mi costado, como si fuera un escudo—. No te hacía yo por este barrio. Pensaba que los Vidal no pasabais de la Castellana los fines de semana.

Intenté usar mi tono irónico de siempre, el que no se deja impresionar por los galones, pero la voz me salió un poco más blanda de lo que quería.

Daniel soltó una risa corta, una de verdad, de las que hacían que se le formaran unas arrugas pequeñas en las esquinas de los ojos que yo no le había visto nunca bajo los fluorescentes de la oficina.

—He venido a buscar unos herrajes antiguos para un mueble que estoy restaurando —señaló la caja de cartón con la barbilla—. En las grandes superficies del norte no tienen nada que valga la pena. Hay que bajar a los barrios donde la gente todavía sabe usar las manos.

Se quedó mirándome. Su cara, libre de la luz mortecina de los despachos, tenía un brillo limpio, casi dorado por el sol de la tarde.

Bajó la vista hacia mi bolsa de garbanzos y luego volvió a mirarme a la cara.

Se dio cuenta de que no llevaba la trenza del trabajo; llevaba el pelo suelto, alborotado por el viento que subía de Plaza de Castilla.

Su mirada se se detuvo un instante de más en mis labios, y el aire entre los dos se volvió a congelar en mitad del cruce de peatones.

Estábamos en la calle. Cualquiera podía vernos. Cualquiera de la oficina que viviera por la zona, cualquier proveedor. Pero a ninguno de los dos pareció importarle en ese segundo.

—Te sienta bien el pelo suelto, Elena —murmuró, tan bajo que el ruido de un camión de la basura casi tapa las palabras.

No fue un halago baboso como los de su padre. Fue una observación directa, seca, dicha con la misma seriedad con la que me firmaba los partes de incidencias. Me puse roja. Lo sentí en el calor que me subió por las mejillas, y me odié a mí misma por ser tan evidente delante de él.

—Tengo que irme, Daniel. Se me va a pasar la hora de la cena —mentí, dando un paso de lado.

—Sí. Claro. Yo también tengo que volver —dio un paso atrás, pero no dejó de mirarme. Se metió la bolsa de tornillos en el bolsillo del pantalón corto—. Nos vemos el lunes a las ocho.

—El lunes a las ocho, jefe.

Me di la vuelta y caminé rápido hacia la calle de mi bajo interior, sin mirar atrás ni una sola vez.

Cuando abrí el portal y me encerré en la oscuridad de mis veintidós metros cuadrados, dejé los garbanzos en la encimera y me miré en el espejo del baño.

Tenía el corazón desbocado, golpeándome contra las costillas como si hubiera corrido los diez kilómetros de la comarcal.

Verlo allí fuera había roto el último truco que me quedaba para protegerme.

Ya no podía convencerme de que Daniel era solo una parte del mobiliario de Limpiezas Vidal.

El lunes por la mañana tendría que sentarme en el despacho frente al gerente del traje gris, sabiendo perfectamente cómo le quedaba la camiseta de algodón cuando le daba el sol de la tarde en la cara.

La distancia profesional se había quedado tirada en una ferretería de Bravo Murillo, y la pregunta que me quemaba el estómago mientras abría el bote de legumbres era cómo iba a sostenerle la mirada en la reunión de las ocho sin que se me notara en los ojos que ahora lo conocía de verdad.