A un milímetro de ti CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Mantuve las manos pegadas al palo de la mopa. No pensaba soltarlo. Era lo único que me unía a la categoría de empleada y, tal como estaban las cosas, necesitaba recordar esa distancia más que nunca.

—No tengo nada que hablar contigo, Daniel —dije. Mi voz sonó más firme de lo que esperaba, aunque por dentro la náusea del día anterior amenazaba con volver—. Estoy en mitad de mi turno.

—Me da igual tu turno, Elena. Suelta eso.

Daniel dio un paso más. Estaba tan cerca que podía ver el latido rápido de la vena de su cuello.

El olor a café y a su piel limpia llegó antes que sus palabras.

No era el gerente comedido que te manda un mensaje de dos letras a las doce de la noche.

Era un tío al que acababan de meterle una descarga eléctrica.

Que se hubiera enterado por Rosa y no por mí lo cambiaba todo.

Si se lo hubiera dicho yo, habría parecido una queja, un llanto de auxilio de la limpiadora eventual que busca la protección del hijo del dueño.

Pero Rosa no jugaba a eso. Rosa se lo había soltado como quien entrega un informe de daños, con la frialdad de la que sabe que el barco se está hundiendo.

Y eso a Daniel le había dolido en el orgullo, en la culpa y en ese lugar oculto que compartíamos desde la terraza del acantilado.

—No es necesario —repetí, dando un paso atrás para recuperar mi espacio. El carrito de la limpieza chocó contra la pared de pladur con un ruido sordo—. Rosa exagera. Tu padre solo…

—No me digas lo que hizo mi padre —me cortó. Su voz bajó una octava, volviéndose densa, peligrosa—. Sé exactamente lo que hizo. Sé el tono que usa. Sé cómo se coloca detrás de las mesas. Lo sé porque llevo toda la vida viéndolo hacer lo mismo con cualquiera que no pueda defenderse.

Agarró la puerta de su despacho, la empujó hacia dentro y me miró de hito en hito.

—Pasa. Por favor.

Entré porque la alternativa era montar un espectáculo delante de las cámaras del pasillo.

Daniel cerró la puerta de un golpe seco, pero no se sentó detrás de la mesa de caoba.

Se quedó de pie, a un metro de mí, dándole la espalda a la ventana.

La luz de la tarde le recortaba la silueta, haciéndolo parecer más grande, más oscuro.

—Es un cerdo —soltó de golpe.

La palabra se quedó flotando en el aire del despacho, pesada como el plomo.

Era la primera vez que Daniel hablaba mal de su padre en voz alta delante de mí.

Sin metáforas de empresa, sin hablar del "nombre de la puerta" ni de las juntas familiares.

Le había llamado cerdo. Había roto el último hilo de lealtad de sangre que le unía al apellido Vidal. Y lo había hecho por mí.

—Lleva años gestionando esto como si fuera su cortijo —continuó, apretando los puños dentro de los bolsillos del pantalón—.

Cree que el dinero le da derecho a tasar a la gente.

A decidir quién es útil y quién es un adorno.

Me prometió que las cosas cambiarían con la nueva reestructuración, pero sigue siendo el mismo viejo ruin de siempre.

La dinámica de poder entre los dos se torció en ese segundo. Daniel ya no era el jefe infalible que me buscaba soluciones por lástima. Era un tío vulnerable, asqueado de su propia familia, buscando mi mirada como quien busca un testigo de su propia vergüenza. El gigante tenía los pies de barro.

—Daniel, para —le dije, dando un paso hacia él, aunque me obligué a frenar antes de que la lona de mi bata rozara su camisa blanca—. No tienes que pedirme perdón por tu padre. Tú no eres él.

Daniel levantó la vista. Me clavó esos ojos oscuros que parecían no haber dormido en tres días.

Dio un paso al frente, eliminando la distancia de seguridad que yo había intentado mantener.

Estábamos tan cerca que el calor de su respiración me daba en la frente.

Levantó la mano derecha, un gesto mecánico, y sus dedos se quedaron suspendidos en el aire, a un justo encima de mi muñeca, donde el reloj de plástico marcaba las cuatro y diez.

No me tocó. Pero sentí la corriente eléctrica de sus yemas quemándome la piel de todos modos.

En esa habitación quedó sin decir lo más importante.

No hablamos de lo que significaba que él se volviera loco por un comentario de su padre hacia mí.

No hablamos de Lucía, ni de su matrimonio de lino verde, ni del mensaje de las doce de la noche que yo había contestado con un "Sí" seco.

Todo eso estaba ahí, latiendo entre los dos en cada silencio, más real que las carpetas de balances que llenaban las estanterías.

Él quería protegerme. Y yo, por primera vez desde que llegué a Madrid, quería dejarme proteger.

—No voy a permitir que te toque un solo pelo de la ruta, Elena —dijo, y su voz volvió a ser ese susurro espeso del acantilado—. No vas a volver a pisar este pasillo si él está cerca. Esto se ha acabado.

Se dio la vuelta, caminó hacia su mesa y cogió una carpeta azul de la bandeja de entrada. La abrió con un movimiento rápido, decidido, como el que traza un plano de arquitectura que lleva semanas ensayando en la cabeza.

Me quedé mirándolo, estática junto a la puerta, sabiendo que la tormenta de Limpiezas Vidal acababa de cambiar de rumbo y que la siguiente ola venía directa hacia mí.