CAPÍTULO 23
Antonio no me tocó. No hizo falta. El acoso que no deja pruebas funciona así: se mueve en los detalles mínimos, en la respiración que te da en el cuello y en las palabras que tienen doble fondo.
—Ese uniforme gris no te hace justicia, Elena —dijo en un susurro, colocándose tan cerca que el revés de su mano rozó la lona de mi manga—.
El sábado en la fiesta estabas imponente.
Tienes un cuerpo que no es para estar escondido detrás de una fregona.
Es una pena que no quieras ponértelo más fácil.
Me quedé congelada. La hoja del contrato me temblaba entre los dedos.
El comentario era perfecto. Si iba a un sindicato o a magistratura, me dirían que era un halago.
Que el jefe solo estaba siendo simpático.
Pero la mirada que me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en el pecho, era babosa y sucia.
Llevaba implícita la amenaza: si no cedía a sus "halagos", el contrato nuevo que tenía sobre la mesa se esfumaría igual que los chalets de la tarde.
No dije nada. La lengua se me pegó al paladar. No fue por miedo; fue por pura supervivencia. En ese segundo entendí que cualquier respuesta, cualquier queja o mala cara, le daría la excusa perfecta para tacharme de conflictiva y ponerme en la calle antes de que terminara la semana.
—Con su permiso, tengo que empezar el turno —atiné a decir, dejando el papel sobre la mesa sin firmar.
Me giré y abrí la puerta antes de que pudiera responder.
Salí al pasillo con las piernas de trapo y un nudo de náusea apretándome la garganta.
Me sentía asquerosa. Me sentía sucia por no haberle soltado un bofetón allí mismo, pero las tías que van con lo justo no nos podemos permitir el lujo de tener dignidad de película.
Bajé al almacén a toda prisa. Rosa estaba allí, rellenando el depósito de una máquina abrillantadora con un bidón de líquido espeso. Me vio entrar y dejó el bidón en el suelo de un golpe. Me debió de ver la cara de muerta.
—¿Qué te ha dicho el viejo? —preguntó, cruzándose de brazos.
Le conté las palabras exactas. Sin adornos. Sin victimismo. Con el tono seco de quien lee un parte de incidencias.
Rosa no se sorprendió. Apoyó la espalda en el armario metálico y soltó un suspiro largo, que olía al café amargo de la máquina del polígono.
—A mí me dijo lo mismo hace ocho años, Elena. Exactamente las mismas palabras. Que el uniforme no me hacía justicia. Que tenía ojos de querer progresar.
—¿Y qué hiciste? —pregunté, apretando los puños dentro de los bolsillos de la bata.
—Agachar la cabeza, fregar más rápido y asegurarme de no quedarme nunca a solas con él en un despacho.
Por eso me pusieron de encargada de ruta.
Para quitarme de su vista antes de que la cosa pasara a mayores.
Antonio es un cobarde. Si ve que no entras al trapo y que te mantienes fría, se aburre y busca a otra.
El problema es el mientras tanto. El mientras tanto te destroza el estómago.
Esa noche, en mi bajo interior de Tetuán, no encendí la televisión. Me senté en la cocina con un vaso de agua del grifo y pensé por primera vez en irme.
Irme de Madrid. Dejar Limpiezas Vidal. Volver a San Fernando.
Pensar en eso me dolió más que el comentario de Antonio.
Me había costado sangre, sudor y catorce euros conseguir estas llaves.
Había aguantado los turnos dobles, las humedades de los chalets y el frío del norte solo para tener un espacio propio.
Y ahora, el capricho de un viejo verde en un despacho de caoba amenazaba con echarlo todo a perder.
Si me iba, ganaba él. Si me quedaba, corría el riesgo de terminar rota.
Para que yo no me subiera a un autobús de vuelta a Cádiz al día siguiente, tenía que cambiar algo. Algo muy grande. Las cosas en la empresa se estaban tensando tanto que la cuerda iba a romperse por el lado del hilo más fino. Y ese hilo era yo.
El martes por la tarde llegué a las oficinas centrales con la decisión tomada: haría mi trabajo en el más absoluto silencio y, en cuanto tuviera el primer mes de alquiler cubierto, buscaría otra empresa de limpieza. El punto medio ya no existía; ahora era una cuestión de retirada táctica.
Llegué a la planta noble a las cuatro. El pasillo estaba en penumbra, con la luz del sol colándose de lado por las cristaleras. Agarré la mopa y empecé a pasarla por la zona de recepción.
Entonces se abrió la puerta del ascensor.
Daniel bajó antes de que las puertas terminaran de abrirse.
No llevaba la chaqueta del traje, solo la camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos.
Tenía la cara pálida y una expresión en los ojos que no le había visto nunca.
No era la timidez del almacén ni la contención de la terraza.
Era una furia fría, sorda, que hacía que caminara directo hacia mí como si fuera a arrollar las paredes.
Rosa le había contado lo del despacho. Lo supe en cuanto me clavó la mirada.
Se detuvo a un metro de mi carrito, respirando fuerte. La cicatriz de su ceja estaba completamente blanca por la tensión de los músculos de la cara.
—Elena —dijo, y su voz sonó más baja y peligrosa que el motor del coche negro en una calle estrecha—. Deja la mopa. Tienes que hablar conmigo ahora mismo.
¿Cómo iba a sostener mi plan de pasar desapercibida cuando el hijo del jefe venía buscando guerra en mitad del pasillo principal?