A un milímetro de ti CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El taxi me dejó en Tetuán por doce euros con cuarenta céntimos.

Otra muesca en la tarjeta. Subí las escaleras de mi bajo interior en silencio, arrastrando los pies.

El olor a pintura barata de las paredes me recibió en el pasillo como un recordatorio de mi realidad.

Mi casa. Mi techo. Mi bofetada de soledad.

Me quité los zapatos de tacón en el pasillo y tiré la cazadora vaquera sobre el colchón.

El vestido negro de Zara me apretaba las costillas.

Me senté en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y los ojos fijos en la ventana que daba al patio de luces.

Estaba oscuro. El silencio del edificio era un zumbido denso que se me metía en las sienes.

A las doce de la noche en punto, el móvil vibró sobre las sábanas.

El sonido me dio un latigazo en el estómago. Sabía quién era antes de mirar la pantalla. Lo sabía por la hora, por la urgencia de la vibración y por la culpa que ya me estaba subiendo por el cuello.

¿Llegaste bien?

Dos palabras. Un signo de interrogación.

Me quedé mirando la pantalla durante cinco minutos. Cinco minutos reales, de los que se miden con el segundero del reloj de plástico de la cocina haciendo clac, clac, clac. El brillo blanco del teléfono me iluminaba la cara en mitad de la habitación a oscuras.

Ese mensaje a las doce de la noche lo cambiaba todo.

No era un correo del cuadrante, no era una duda sobre el material de la planta noble.

Era Daniel, en su coche o en su cama del barrio de Salamanca, con su mujer durmiendo al lado o en la habitación de invitados, rompiendo el pacto de silencio que habíamos firmado en la barandilla del acantilado.

Pulsé el teclado. Mis dedos temblaban un poco.

Sí, gracias. Acabo de entrar por la puerta.

Lo miré. Parecía demasiado largo. Parecía la respuesta de alguien que estaba esperando que le hablaran. Borré.

Sí, todo bien.

Demasiado cercana. El "todo bien" implicaba una confianza que no nos correspondía. Volví a borrar. El cursor parpadeaba en la pantalla blanca, como una burla.

Sí.

Dos letras. Una palabra. Un punto final.

Era la respuesta del muro. El monosílabo de la limpiadora que no quiere problemas. Lo mandé antes de volver a arrepentirme y dejé el teléfono boca abajo sobre la colcha, como si el aparato quemara.

Daniel no respondió más.

El silencio que vino después fue peor que el anterior.

Un silencio absoluto, definitivo. Sabía perfectamente por qué no insistía.

Él había lanzado el sedal y yo le había cortado el hilo de un bocado.

Su silencio era el de quien respeta el límite pero se queda con el hambre.

El silencio del hombre que entiende que, si contestaba otra vez, ya no habría marcha atrás para ninguno de los dos.

No me quité el vestido negro. Me quedé tumbada boca arriba en el colchón, mirando las sombras del techo que proyectaba la farola del patio de luces. No dormí. No pude.

Lo que me estaba pasando ya no se podía tapar con desinfectante de pino ni con sonrisas de cortesía en la recepción.

Me había enamorado del hijo del jefe. O algo muy parecido.

Me jodía admitirlo, me daba asco de mí misma por caer en el cliché más rancio del mundo, pero la verdad estaba ahí, pesada y fría como el hormigón del bajo de Tetuán.

No era el dinero, ni la habitación de la calle de la Luna, ni la lástima.

Era él. Su cicatriz, su polo negro, su forma de mirarme desde el otro lado de la moqueta húmeda del hotel.

Estábamos en un punto de no retorno. El cable pelado ya no tenía aislante. El lunes por la tarde tendría que volver a las oficinas centrales, coger el carrito gris y vaciar la papelera de su despacho. Y los dos sabríamos lo que había pasado a las doce de la noche de un sábado.

Me giré de lado en la cama, encogiéndome sobre mí misma. El frío de Tetuán se colaba por debajo de la puerta de la entrada.

El fin de semana pasó rápido, borroso, gastado en fregar los suelos de mi propio estudio solo para mantener las manos ocupadas.

El lunes por la mañana llegó con un cielo plomizo que amenazaba tormenta sobre Madrid.

Me puse el uniforme gris, me recogí el pelo en el moño tirante de siempre y salí hacia el polígono.

Al entrar por el muelle de carga, el ambiente estaba raro. Las chicas de la mañana hablaban en corrillos junto a la máquina de café. Rosa no estaba en su sitio habitual.

Subí a la primera planta a por la hoja de firmas.

El despacho de Antonio Vidal tenía la luz encendida, aunque todavía no eran las dos.

Al pasar por delante, el viejo asomó la cabeza por la puerta.

Llevaba las mangas de la camisa remangadas y los ojos pequeños, inyectados en sangre tras el fin de semana de fiesta.

—Elena, guapa —me llamó, haciéndome un gesto con el dedo—. Pasa un segundo. Tengo el contrato nuevo de la planta noble aquí para que lo mires.

Entré despacio, manteniendo la distancia reglamentaria con la mesa de caoba. Antonio cerró la puerta a mis espaldas con un clac demasiado suave. El olor a tabaco y a colonia cara me cerró las fosas nasales al instante.

Se acercó a mí por detrás, rodeando la mesa, y se detuvo justo a mi lado. Demasiado cerca. Sentí su respiración en la oreja antes de que abriera la boca.