A un milímetro de ti CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El tiempo se detuvo en el salón del hotel.

Fueron tres segundos. Cuatro, a lo sumo. Pero en ese espacio mínimo, entre el tintineo de las copas de champán y los gritos de los encargados de zona bailando en la pista, el aire se vació por completo.

Daniel me miraba.

Estaba al otro lado del salón, junto a la mesa presidencial, rodeado de camisas blancas y corbatas de seda.

Pero tenía la vista clavada en mi columna de espejo.

No parpadeaba. No disimulaba. Tenía esa intensidad seria, la misma de la terraza frente al mar, que te desarma sin necesidad de mover un solo músculo.

Una mirada así no necesita diálogo. En esos tres segundos, Daniel me lo dijo todo.

Me dijo que el traje gris le pesaba, que los discursos de su padre le daban asco y que mi estúpido muro de profesionalidad de las últimas dos semanas se había venido abajo con el primer cruce de ojos.

Era una confesión de contrabando en mitad de la fiesta de la empresa.

A su lado, Lucía seguía hablando con la mujer del socio constructor.

Reía. Movería la mano fina, la de las uñas porcelana, con los gestos ligeros de siempre.

¿Notaba algo? Las mujeres como Lucía tienen un radar especial para las anomalías, pero el diseño de su vida era tan perfecto que las grietas tardaban en registrarse. Siguió hablando.

No se giró. No miró hacia mi esquina. El peligro real siempre avanza sin hacer ruido.

—Elena —la voz de Rosa sonó a mi lado como un hachazo.

No aparté los ojos de Daniel de inmediato. Tardé un segundo de más. El segundo del error.

—¿Qué? —atiné a decir, tragando un buche de vino blanco que ya sabía a vinagre.

—Estás jugando con fuego en mitad de una gasolinera, gaditana —Rosa no miraba a Daniel. Me miraba a mí. Tenía la copa de cerveza sujeta con las dos manos, los nudillos blancos por la presión—. Y la que se va a quemar eres tú. El viejo está a tres metros.

—Solo estoy mirando el salón, Rosa.

—No me vaciles, Elena. Que yo tengo el colmillo muy retorcido. Sé perfectamente lo que estoy viendo. Lo sé desde el primer día que te mandó a la planta noble.

Guardé silencio. El volumen de la música pop pareció subir de golpe, una barrera de ruido que nos separaba del resto de las mesas.

Rosa tenía razón. Lo que acababa de pasar en ese segundo no se podía deshacer.

Daniel había decidido, en ese cruce de ojos, que no iba a seguir jugando al jefe distante.

Y yo había decidido, al sostenerle la mirada, que mi punto medio era una mentira de cartón piedra que no aguantaba un asalto.

Miré de reojo hacia la mesa del fondo. Daniel ya había apartado la vista. Se estaba inclinando hacia Lucía, escuchando algo que ella le decía al oído con total normalidad. Volvía a ser el marido perfecto, el gerente impecable, el hijo dócil de Antonio Vidal.

El hechizo se había roto. Pero el suelo bajo mis pies seguía temblando.

—Me voy a casa, Rosa —dije, dejando la copa a medias sobre la barra de madera.

—Es lo mejor que vas a hacer hoy —Rosa me dio una palmadita en el hombro, esta vez corta, sin condescendencia—. Mañana te quiero despejada en la oficina. Viene el cierre de mes y el viejo va a estar buscando a quién morder.

Caminé hacia el guardarropa esquivando los grupos que ya empezaban a arrastrar las sillas.

Me puse la cazadora vaquera sobre el vestido negro de Zara, sintiéndome ridícula, como si llevara un disfraz que ya no me servía para nada.

Salí por las puertas giratorias del hotel hacia el frío de la carretera de Burgos.

El aire de la noche me pegó en la cara con la fuerza de una bofetada.

El polígono estaba a oscuras, roto solo por las luces de los camiones que pasaban a lo lejos por la nacional.

Caminé hacia la parada de taxis con las manos metidas en los bolsillos, notando el peso de las llaves de mi nuevo estudio en el bolsillo.

Había conseguido el piso. Tenía mi puerta que cerrar por dentro. Tenía el plan perfecto para sobrevivir en Madrid sin depender de nadie.

Entonces, ¿por qué sentía que la verdadera complicación acababa de empezar en ese salón de moqueta húmeda?