CAPÍTULO 20
El salón del hotel de la carretera de Burgos olía a moqueta húmeda, laca y solomillo recalentado. Antonio Vidal no escatimaba en lámparas de imitación de cristal si eso servía para que los tres socios de las constructoras creyeran que Limpiezas Vidal era un imperio boyante.
Me había puesto un vestido negro que compré en las rebajas de Zara hace dos años. No era de seda como el de Lucía, pero me sentaba bien. Me hacía parecer más alta. Más dura.
—Vaya, la gaditana ha dejado los guantes de nitrilo en casa —dijo Rosa cuando entré. Llevaba un traje de chaqueta azul marino y los labios pintados de un rojo que le daba cara de pocos amigos.
—Hay que disimular la roña, Rosa —bromeé, cogiendo una copa de vino blanco de la bandeja de un camarero. Estaba helado. Me venía bien para enfriar los nervios.
La mesa de la dirección estaba en el centro, bajo el foco principal. Y ahí estaban ellos.
Era la primera vez que veía a Daniel y a Lucía en un contexto social. No eran una pareja de película de terror. No se gritaban, ni se miraban con asco, ni fingían sonrisas falsas para las fotos. Eso habría sido demasiado fácil de digerir.
Eran, simplemente, una pareja que funcionaba por inercia.
Lucía llevaba un vestido largo, azul noche, sutil y carísimo.
Hablaba con la mujer de uno de los socios, moviendo las manos con esa ligereza de quien nunca ha tenido que frotar un extractor de grasa.
Daniel estaba a su lado. Le pasaba el plato del pan, le acercaba el agua cuando ella tosía, le ponía una mano suave en la parte baja de la espalda cuando se levantaban a saludar.
Eran gestos automáticos. Coreografiados por los años, por los almuerzos familiares de los domingos y por el peso del apellido.
No eran infelices. Eran lo que se suponía que tenían que ser.
Un pacto silencioso de buena educación y estabilidad que no se iba a romper por un bache en la carretera.
Y verlo me dolió más que si los hubiera pillado discutiendo en un callejón.
Contra una pareja rota puedes competir; contra una costumbre perfecta, no.
—Deja de mirar, Elena. Te va a dar un cólico —advirtió Rosa a mi lado, dándole un trago largo a su cerveza.
—No estoy mirando.
—Y yo soy la reina de Inglaterra. Bebe un poco más y disimula.
Le hice caso. Me bebí la primera copa en tres tragos y fui a por la segunda.
La ironía de la noche es que acabé hablando con Rosa durante horas, esquivando a las compañeras de la tarde que ya empezaban a bailar la conga con los encargados de personal.
Hablamos de las humedades de los chalets, de los precios del súper y de lo caro que estaba el abono transporte.
Cualquier cosa con tal de mantener los ojos fijos en nuestro lado de la barra.
Pero mi cabeza seguía en la mesa del centro.
Observaba detalles que no debería estar observando.
La forma en que Daniel se aflojaba el nudo de la corbata cuando su padre empezaba el discurso de agradecimiento.
La manera en que Lucía le rozaba el hombro con discreción para pedirle que se sentara.
Había un abismo entre el Daniel del polo negro que me miraba en el acantilado y este Daniel de traje gris que encajaba perfectamente en el engranaje de los Vidal.
A las doce de la noche, la barra libre ya estaba haciendo estragos en los administrativos.
El ruido de las risas y la música pop de los altavoces rebotaban en las paredes del salón.
Me aparté un poco, apoyando la espalda contra una columna de espejo, con la tercera copa de vino a la mitad entre los dedos.
Entonces ocurrió.
Lucía se había girado hacia la izquierda para comentar algo con una de las secretarias de administración. Se estaba riendo, ajena a todo.
Daniel levantó la cabeza. Como si supiera el punto exacto del salón donde yo estaba escondida detrás del espejo.
Nos miramos desde lados opuestos de la sala.
No fue un momento largo. Tres segundos, quizás cuatro.
Nadie se movió. Nadie dijo nada. El ruido de la fiesta, las copas chocando y los gritos de Antonio al fondo se volvieron sordos, como si estuviéramos bajo el agua.
Su mirada atravesó los veinte metros de moqueta gris con la misma fuerza limpia de la terraza de la sierra.
No llevaba el filtro del gerente, ni el del marido ejemplar.
Era solo él. Mirándome a mí. Constatando que el punto medio que yo había construido estas dos semanas no servía para maldita sea la cosa cuando estábamos en la misma habitación.
Lucía seguía hablando a su lado, gesticulando, con las manos moviéndose bajo las luces del hotel.
A mi lado, Rosa dejó la cerveza sobre la barra. No dijo una palabra, pero sus ojos oscuros saltaron de Daniel a mí, y luego de vuelta a Daniel. Su silencio fue una advertencia muda, una losa que cayó sobre mi vestido de Zara antes de que pudiera volver a respirar.
¿Cuánto tiempo más iba a poder sostenerle la mirada antes de que todo el salón se diera cuenta de lo que estábamos limpiando debajo de la alfombra?