A un milímetro de ti CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El mensaje del número desconocido resultó ser un aviso del banco para cobrarme la última comisión de mantenimiento. Ni intrigas, ni drama. Cinco euros de comisión. La vida real siempre es más prosaica que las novelas.

Me levanté del bordillo, subí las bolsas a casa y tracé mi nueva estrategia sobre la mesa de la cocina.

No podía huir. Tampoco podía cruzar el pasillo hacia el despacho del fondo.

Tenía que inventar una tercera vía: el punto medio exacto.

Ni me acerco, ni me alejo. Tratar a Daniel como a un jefe que me cae bien, aguantar los recortes de Antonio con cara de póquer, hacer mis horas y cobrar.

Convertirme en la empleada perfecta. Una lapa profesional.

El plan sonaba bien sobre el papel. Ponerlo en práctica era otra cosa.

El martes siguiente tocaba revisar el pedido de material de la planta noble, una tarea que en teoría podía resolverse por correo electrónico y que, por algún motivo que ninguno de los dos se molestó en cuestionar, Daniel prefería hacer en persona, sentado al otro lado de mi carrito, con la lista de suministros extendida sobre la tapa metálica.

—Nos hemos quedado sin abrillantador de la marca buena —dije, tachando una casilla del inventario—. El genérico deja las baldosas del hall como si hubiera llovido.

—Pide el bueno, entonces —contestó él, sin levantar la vista del albarán—. No hace falta que me lo consultes.

—Ya lo sé. Pero si lo pido sin consultarlo y a tu padre le da por mirar la factura, la próxima reunión de zona la tengo yo, no tú.

Daniel levantó la cabeza. Por un segundo pensé que iba a decir algo sobre su padre, sobre la junta, sobre cualquiera de los mil frentes que llevaba abiertos esa semana, pero se limitó a asentir, apuntar algo en su propia libreta y devolverme la lista.

—Pide el bueno —repitió—. Y si pregunta, dile que fue idea mía. Para eso está el apellido, para algo hay que usarlo.

Fue una broma. Casi. Los dos sonreímos un segundo de más, el tiempo suficiente para que el aire del zulo se cargara de electricidad, y luego los dos volvimos al papel al mismo tiempo, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo sin hablar.

Aprendí, esa primera semana, que esto era lo más parecido a la intimidad que nos íbamos a permitir: una broma sobre detergentes, una libreta compartida, el cuidado exacto de no dejar que ninguna frase se alargara ni un segundo más de lo necesario.

El jueves, Rosa me mandó a entregar un parte a la primera planta a última hora, cuando ya no quedaba nadie más que la limpiadora de noche pasando la aspiradora por la moqueta de recepción.

Encontré a Daniel solo en su despacho, con la chaqueta colgada del respaldo y la camisa por fuera del pantalón, algo que jamás le había visto hacer.

—Mi padre se ha ido a las cinco —dijo, sin que yo preguntara, como si llevara toda la tarde ensayando la frase para el primero que entrara por la puerta—. Primera vez en un mes que se va antes que yo.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Ni idea —se pasó la mano por la cara—. Llevo dos horas sin saber qué hacer con el silencio.

Me quedé de pie en el umbral, con el parte en la mano, sin decidirme a entrar del todo ni a irme. Había algo en su voz, en el cansancio suelto de los hombros, que me pedía a gritos que dejara el papel sobre la mesa y me quedara. No lo hice.

—Firma aquí y me voy, que Rosa me está esperando abajo —dije, tendiéndole el bolígrafo.

Firmó. Nuestros dedos no se rozaron, pero fue una decisión consciente de los dos, un centímetro de más calculado con precisión de cirujano. Salí del despacho con el corazón a un ritmo que no tenía nada que ver con las escaleras que acababa de bajar.

El punto medio, decidí esa noche mientras cenaba un yogur de pie frente a la nevera, no era una línea. Era una cuerda floja, y cada día que pasaba sin caerme me sorprendía tanto como el anterior.