A un milímetro de ti CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

El estudio de Tetuán medía veintidós metros cuadrados si contabas el espacio que ocupaba el termo del agua caliente encima del váter.

El agente inmobiliario, un chaval con un traje brillante tres tallas más grande de lo necesario, lo llamaba "coqueto loft de diseño funcional".

Yo lo llamaba un zulo interior con olor a humedad y dos ventanas que daban a un patio de luces donde los vecinos colgaban las sábanas grises.

—Son seiscientos al mes —dijo el chaval, dándole un golpecito al marco de la puerta con el boli—. Más el mes de fianza y los honorarios de la agencia. Un chollo para la zona, de verdad. Está volando todo.

Metí la mano en el bolsillo de la cazadora vaquera y apreté el sobre con el dinero.

Eran los últimos billetes del adelanto que Daniel me había gestionado en las oficinas centrales, más los pocos euros que me quedaban del tren de San Fernando.

Si soltaba ese dinero, mi cuenta corriente se quedaba en números rojos antes de que terminara la semana.

No habría colchón, no habría plan B, no habría billete de vuelta a Cádiz si las cosas con el viejo Antonio se ponían más feas.

Era tirar el paracaídas en pleno vuelo.

—Me lo quedo —dije. Mi voz sonó seca, firme, como si supiera lo que estaba haciendo.

Firmé el contrato sobre la encimera de la cocina, que estaba pegada a la cabecera de donde se suponía que iba la cama.

El chaval me entregó dos llaves plateadas enganchadas a un llavero de plástico verde fosforito y se largó pitando, dejándome a solas con el ruido de la cisterna del vecino de arriba.

La primera tarde en Tetuán la pasé limpiando.

Qué ironía. Salir de fregar los baños de los chalets de la zona norte para meterme a desinfectar mis propios azulejos con un bote de lejía de un euro que compré en el chino de la esquina.

Pero había algo distinto en limpiar lo tuyo.

Lo noté en cuanto puse los guantes de látex amarillos que guardaba en la mochila.

En los chalets de la Moraleja limpias para borrar tu presencia, para que cuando el cliente llegue no haya rastro de que has estado allí.

Limpias para desaparecer. Aquí limpiaba para quedarme.

Para instalarme. Para decirle a las cuatro paredes que yo era quien iba a vivir en ellas a partir de ahora y que más les valía acostumbrarse.

Froté los azulejos del baño con una saña que no tenía nada de profesional.

El olor a lejía me llenó la nariz, se me metió en la garganta, me hizo toser dos veces.

No paré. Seguí frotando hasta que la junta entre los azulejos pasó de gris sucio a blanco.

Luego pasé al suelo. Luego a la encimera del baño, que tenía una mancha de cal en el grifo que tardé veinte minutos en convencer de que se fuera.

A las ocho de la tarde, el sol empezó a caer y la habitación se quedó a oscuras.

No había lámparas, solo dos bombillas desnudas que colgaban del techo por un cable negro pelado.

La luz que daban era amarilla, tenue, de las que hacen que todo parezca más pequeño de lo que es.

Me senté en el suelo limpio, apoyando la espalda en la pared recién fregada, y miré el espacio.

Veintidós metros cuadrados. Una cama que llegaría mañana.

Una encimera de cocina pegada a la pared.

Un baño donde cabían una persona y media si las dos se ponían de acuerdo.

Una ventana que daba a un patio de luces donde los vecinos del tercero tendían las sábanas a última hora de la tarde.

Era mío. Eso seguía siendo verdad aunque estuviera sentada en el suelo y aunque la bombilla desnuda me diera en la cara con esa honestidad cruel que tienen las cosas baratas.

Era mío y lo había pagado yo. Con el amoníaco y los guantes amarillos y las rodillas contra el mármol de los chalets de los ricos.

Con el sueldo recortado por Antonio y las horas extra que no aparecían en la nómina.

Con el orgullo intacto de no haber llamado a Carmen en la calle de la Luna.

El camión del reparto de la tienda de muebles no llegó. Llamé al número de atención al cliente y una máquina con voz grabada me dijo que la entrega del colchón se retrasaba al día siguiente por un problema en la plataforma logística del polígono.

—Estupendo, Elena —le dije a las cuatro paredes—. Bienvenida al lujo madrileño.

No tenía televisión, ni radio, ni una triste silla donde sentarme.

Dejé mi maleta de lona en una esquina, saqué la cazadora vaquera y la toalla de la playa de la Victoria, la que tenía el dibujo de las sombrillas descoloridas por el sol, y las estiré sobre el suelo de tarima flotante barata. Ese fue mi campamento base.

Me tumbé boca arriba, con la cazadora como almohada y los brazos cruzados sobre el pecho para protegerme del frío que empezaba a colarse por debajo de la puerta principal. El suelo estaba duro, frío, implacable. Cada vez que me giraba de lado, las costillas me protestaban contra la madera.

Fue el momento más solo de toda mi vida.

En la pensión de la calle de la Luna al menos había el jaleo de los borrachos de la Gran Vía y el crujido de las maderas viejas del pasillo.

Aquí el silencio era absoluto, roto únicamente por el clac, clac, clac del termo eléctrico cuando saltaba el termostato.

Estaba sola en mitad de una ciudad de cuatro millones de habitantes que no sabía quién era yo ni le importaba lo más mínimo.

Si me pasaba algo en ese bajo interior, nadie se enteraría hasta que Rosa echara de menos mi firma en el cuadrante del lunes.

Saqué el móvil de la bata. El brillo blanco de la pantalla iluminó las sombras del techo.

No llamé a Bea a San Fernando. No podía permitirme el lujo de que me escuchara la voz rota por el frío del suelo; me habría dicho que hiciera las maletas y me volviera en el primer Alvia de la mañana, y mi orgullo herido no iba a pasar por ahí.

Pasé el dedo por la agenda de contactos. Me detuve en la D. Daniel.

Me quedé mirando su nombre durante cinco minutos.

Pensé en la terraza del acantilado, en el olor a mar que compartimos por un segundo y en la forma en que se le tensaba la mandíbula cuando intentaba ser el gerente infalible delante de su padre.

Estaba en su casa, seguro. En el piso perfecto del barrio de Salamanca que yo misma había ayudado a adecentar, cenando con Lucía en esos platos caros de porcelana mientras yo compartía suelo con una bombilla desnuda.

Bloqueé la pantalla y dejé el teléfono boca abajo en la tarima. La tentación de escribirle un mensaje era un hilo demasiado fino que amenazaba con cortarme los dedos.

Me encogí sobre la toalla de sombrillas, tapándome las piernas con los pantalones limpios del uniforme gris de repuesto. Me reí de mí misma de forma sorda en mitad de la oscuridad. Yo durmiendo como una vagabunda en su propio suelo de diseño funcional.

El frío de Madrid se me metió en los huesos antes de que lograra cerrar los ojos, pero mientras escuchaba los pasos lejanos de alguien que caminaba por la acera exterior, apreté las llaves verdes en el puño. Eran mías. El suelo estaba duro, sí, pero era mi suelo.

La pregunta que me daba vueltas en la cabeza antes de que el cansancio me venciera no era si el colchón llegaría a tiempo mañana, sino cuánto iba a tardar el calor de ese despacho de la primera planta en hacerme olvidar el frío de estas cuatro paredes.