CAPÍTULO 17
Me quedé quieta en mitad de la acera. Las asas de plástico de las bolsas del supermercado me cortaban la circulación de los dedos, pero no las solté. Las usé como ancla para no salir corriendo o para no hacer una locura mayor, como dar un paso hacia él.
—¿Cómo tienes mi dirección? —pregunté. El acento de Cádiz me salió espeso, áspero.
—Está en tu expediente de la central, Elena —Daniel dio un paso hacia mí, dejando atrás el coche negro. Llevaba las manos metidas en los bolsillos del pantalón del traje, pero los hombros delataban que no estaba allí en calidad de gerente. Estaba tenso—. No me cogiste el teléfono anoche.
—Estaba cansada. Y los jefes no llaman a los empleados a las nueve de la noche para saber si han dormido bien.
Daniel apretó la mandíbula. Apretó los labios.
Miró a su alrededor: las fachadas desconchadas, los contenedores de basura llenos hasta los topes, la vecina del primero mirando descaradamente desde el balcón.
Este no era su mundo. Él pertenecía a los despachos con olor a cera y a los pisos donde los cristales miden tres metros.
El mero hecho de estar aquí, plantado sobre mi asfalto roto, gritaba todo lo que se estaba callando.
Estaba preocupado. Le importaba. Y eso era lo más peligroso que me podía pasar.
—Quería asegurarme de que estabas bien —dijo, volviendo a mirarme—. Me enteré de lo que hizo mi padre con tus chalets. Lo siento. Intenté pararlo, pero...
—Pero el nombre de la puerta es el suyo —le interrumpí, usando las palabras de Rosa como un escudo invisible—. Lo sé, Daniel. No pasa nada. Estoy perfectamente.
—No estás perfectamente. Te ha quitado la mitad del sueldo de esta semana.
—Y yo sé administrarme muy bien con las latas de atún, gracias —rebatí, levantando un poco las bolsas para que viera el contenido. Sonreí sin ganas, con esa ironía que me salvaba de llorar cuando la cosa se ponía fea—. No soy una víctima, Daniel. He salido de peores que esta.
Nos quedamos en silencio. Diez minutos en una calle estrecha de Carabanchel pueden ser una eternidad.
Pasó un camión de reparto, obligándole a dar un paso hacia la acera, quedando a escasos centímetros de mí.
Sentí el calor de su cuerpo bloqueando el viento de la calle. Su polo rozaba la lona de mi cazadora.
Ninguno de los dos se movió. Había una fuerza magnética que nos empujaba a acortar el aire que quedaba, pero yo mantuve los pies clavados en el suelo.
Recordé a Lucía. Recordé el patrón de Antonio.
Recordé que si cedía ahora, si dejaba que me salvara, pasaría de ser una limpiadora con problemas a ser la amante desvalida del hijo del jefe. Y ese papel no lo iba a firmar.
En esos diez minutos no nos dijimos nada de lo que realmente importaba.
No hablamos de la terraza con vistas al embalse, que parecía un acantilado de secano, ni de la caricia que nunca llegó a rozarme la piel, ni del hecho de que me sabía su olor de memoria.
Hablamos de cuadrantes y de expedientes, usándolos como una manta para tapar un fuego que nos estaba quemando a los dos.
—No vuelvas a venir a mi casa, Daniel —dije al fin, con la voz más firme que pude encontrar—. No me hace bien. A ti tampoco.
He tenido parejas que habrían protestado, que habrían insistido o que se habrían enfadado por orgullo.
Daniel no. Él solo me miró, cargado de una frustración silenciosa, y asintió una vez.
Muy despacio. Entendía el límite. Respetaba el muro que yo estaba levantando, aunque a los dos nos costara respirar mantenerlo en pie.
—La junta es el lunes —dijo, dando un paso atrás hacia su coche—. No dejes que mi padre te asuste.
—No le tengo miedo.
—Deberías —murmuró. Fue lo último que dijo antes de subirse al coche.
El motor arrancó con un ronroneo impecable. El coche negro maniobró en la calle estrecha y se alejó hacia la avenida principal, desapareciendo entre el tráfico gris de la mañana.
En cuanto dobló la esquina, las piernas me fallaron. Solté las dos bolsas del supermercado en el suelo, escuchando el tintineo de las latas de atún, y me senté directamente en el bordillo de la acera. Apoyé los codos en las rodillas y hundí la cara en las manos.
Sentarse en el bordillo de Carabanchel con dos bolsas de la compra es lo más parecido a rendirse, pero yo no estaba llorando.
Estaba asimilando el impacto. La tensión entre nosotros ya no era un juego de miradas en el almacén; había cruzado la línea, se había metido en mi portal. Estaba en un punto de no retorno donde cada silencio pesaba más que una declaración de amor.
Me quedé allí quieta, sintiendo el cemento frío a través de los vaqueros, viendo cómo un papel de periódico viejo rodaba por la calle empujado por el viento.
Tenía que mover ficha. Tenía que encontrar un punto medio exacto para sobrevivir a las próximas dos semanas sin volverme loca y sin acabar en la calle.
Recogí las bolsas y me levanté despacio. Al mirar el móvil para comprobar la hora, vi que tenía un mensaje nuevo de un número desconocido que reclamaba mi atención. ¿Es que la tregua no iba a durar ni cinco minutos?