A un milímetro de ti CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Me moví por el pasillo del autobús y me dejé caer en el asiento de al lado.

Rosa ni siquiera me miró cuando me senté.

Siguió con los ojos fijos en la carretera, abrazando su bolsa de la compra como si fuera un escudo de plástico contra el mundo.

El motor del coche traqueteaba bajo nuestros pies, un zumbido sordo que vibraba en los asientos.

—Has estado arriba con el viejo —dijo. No era una pregunta.

—Me ha quitado los chalets —respondí, apoyando la nuca en el respaldo duro—. Cincuenta pavos menos a la semana. Dice que es "organización".

—No eres la primera, gaditana. Tampoco vas a ser la última.

—¿A qué juega? —pregunté, girándome hacia ella. La rabia me seguía quemando por dentro.

—Es su manual. Lleva doce años usándolo, desde que yo entré —Rosa se recolocó la bolsa en el regazo—.

Te ve llegar. Joven, con ganas, necesitada de dinero.

Te echa el ojo. El primer mes es todo sonrisas, halagos, "eres de mis preferidas", favores pequeños.

Te hace creer que eres especial. Que vas a subir rápido.

El autobús dio un frenazo. Agarré la barra metálica de delante para no irme de bruces.

—¿Y luego? —inquirí.

—Luego espera a que des un paso en falso.

Que le digas que no a un turno, que le pongas mala cara o que pidas lo que te toca por contrato.

Entonces cierra el grifo. Te quita horas, te cambia la ruta, te manda a los peores servicios para ahogarte.

Quiere ver si te rompes. Las que tragan y bajan la cabeza se quedan para siempre, cobrando una miseria y agradecidas de tener trabajo.

Las que tienen un poco de orgullo se van por su propio pie.

Es un filtro. Así se asegura de tener un ejército de esclavas dóciles que no protestan por los festivos.

Escucharla me sentó como una patada en el estómago. Toda la película que me había montado en la cabeza sobre mi valía se desmoronó en un segundo. No era especial. Solo era la pieza número cuarenta y siete de un engranaje perfectamente engrasado para machacar a mujeres con el agua al cuello.

—¿Y Daniel? —El nombre me salió antes de poder frenarlo—. Él me dijo que las cosas iban a cambiar.

Rosa me miró fijamente. Esta vez sus ojos oscuros tenían una mezcla de lástima y cansancio que me dolió más que la rebaja del sueldo.

—Daniel lleva tres años intentando cambiar el sistema.

Pelea con su padre en cada junta, intenta ajustar los cuadrantes por el libro, busca pisos para las chicas que se quedan en la calle...

Pero al final, Elena, el nombre que está grabado en oro en la puerta del despacho es el de Antonio Vidal.

Daniel es gerencia, pero el viejo es el dueño de las acciones.

Daniel no es el salvador de nadie. Es solo un tío atrapado en la empresa de su padre que limpia los desastres que el viejo va dejando por el camino.

El autobús se detuvo en mi parada. Las puertas se abrieron con un soplido de aire comprimido.

—¿Es una víctima o un cómplice? —pregunté, con el pie ya puesto en el pasillo. Necesitaba saberlo. Necesitaba esa respuesta para saber qué hacer con el calor que me subía por el pecho cada vez que se me acercaba.

Rosa suspiró, volviendo a mirar al frente, hacia el parabrisas del autobús.

—Esa pregunta no tiene respuesta, Elena. Y cuanto antes dejes de hacértela, mejor para ti.

Me bajé sin decir nada más. El autobús cerró las puertas y se alejó por la avenida, dejándome sola bajo la marquesina parpadeante.

Caminé hacia el piso con las manos metidas en los bolsillos.

La información de Rosa me rebotaba en las paredes del cráneo.

No sabía si me hacía sentir mejor o peor.

Saber que Daniel intentaba ayudarme porque era su forma de combatir a su padre quitaba peso a la idea de que me buscaba por otra cosa.

Pero, al mismo tiempo, saber que era impotente frente al viejo me dejaba completamente desprotegida.

No había héroes en esta historia. Solo un sueldo recortado, catorce euros en la cuenta y una habitación vacía esperándome el viernes.

Tomé una decisión antes de cruzar el portal.

Mañana iría a comprar cuatro cosas para llenar la nevera y gastar lo último que me quedaba.

Tragaría con el turno nuevo. Limpiaría la planta noble sin mirar a Daniel y sin esperar nada de él.

Si él era una pieza más del tablero de su padre, yo no iba a ser la que se dejara comer en la siguiente jugada.

Subí las escaleras de mi portal. El olor a tubería vieja y a comida recalentada de los vecinos me recibió en el rellano. Al meter la llave en la cerradura, me di cuenta de un detalle que me hizo parar en seco.

Rosa me lo había contado casi todo sobre el viejo y sobre Daniel. Pero había algo en su mirada, un silencio pesado justo antes de que me bajara del autobús, que me decía que se estaba guardando la última carta. Algo que tenía que ver con las que no habían aguantado el filtro de Antonio.

Entré en el piso y dejé las llaves sobre la mesa de la cocina.

El silencio de la casa de Marta ya no era tranquilo; era el silencio de una cuenta atrás.

Me metí en la cama sin cenar, con la cazadora vaquera puesta para protegerme del frío del norte que empezaba a colarse por la rendija de la ventana rota.

El viernes por la mañana llegó sin avisar.

Pasé por el supermercado de la esquina a por dos bolsas de la compra con lo último que me quedaba en la tarjeta.

Un par de cartones de leche, arroz y latas de atún.

El peso del plástico me cortaba la circulación de los dedos mientras caminaba de vuelta por la acera agrietada de mi calle.

Me detuve frente al portal, buscando las llaves en el bolsillo con una mano ocupada.

—Elena —dijo una voz detrás de mí.

Me giré, casi perdiendo el equilibrio con el peso de las bolsas.

A dos metros de mí, junto a un coche negro de alta gama mal aparcado sobre la acera, estaba Daniel.

Llevaba el traje gris de las oficinas, pero la corbata iba floja y el primer botón de la camisa desabrochado.

Tenía la misma mirada cansada de la terraza del acantilado, pero esta vez estaba aquí, en mi barrio, pisando el mismo asfalto roto que yo.

¿Cómo demonios había conseguido mi dirección?