CAPÍTULO 15
El aviso llegó en un papel arrugado sobre el mostrador de recepción.
No hubo correo corporativo esta vez. Solo una nota con mi nombre y dos líneas tachadas en rojo: los chalets de las tres y las cinco de la tarde, mis dos clientes fijos más estables, los que pagaban el extra por horas especiales, ya no eran míos.
En su lugar aparecía el nombre de una tal Laura, la chica de veinte años que había entrado el lunes de prácticas.
—Te ha quitado las mejores horas, gaditana —dijo Rosa, entrando al almacén para dejar las fofas—. Cincuenta pavos menos a la semana. Limpios.
—¿Por qué? —pregunté, sintiendo que el estómago se me encogía hasta volverse del tamaño de una moneda de céntimo.
—Porque el viejo sabe dónde duele. Ve a hablar con él si tienes ovarios, pero ya te digo que no te va a servir de nada. Tiene el colmillo demasiado retorcido.
No me lo pensé. Dejé el mocho en el cubo y subí las escaleras de la primera planta de tres en tres. La rabia me empujaba las piernas. Tenía catorce euros en la cuenta y cuatro días para desalojar mi habitación. No estaba para juegos de estrategia ni para lecciones de sumisión.
La puerta del despacho de Antonio Vidal estaba abierta. Estaba firmando unos pagarés con una pluma estilográfica que brillaba bajo el flexo. Olía a tabaco caro y a colonia de trescientos euros el frasco.
—Antonio —dije, plantándome en el umbral.
Él levantó la vista. No se inmutó. Dejó la pluma con suavidad sobre la mesa de caoba y me dedicó esa sonrisa de catálogo de dentista que ya me sabía de memoria. Amable. Paternal. Asquerosamente razonable.
—¡Elena! Pasa, pasa, guapa. Qué cara de susto traes. Siéntate.
—Me has quitado los dos chalets de la tarde —fui directa al grano, sin moverme del marco de la puerta.
Las manos me temblaban un poco, ocultas a la fuerza dentro de los bolsillos laterales de la bata gris de la contrata—.
Se los has dado a Laura. Ella acaba de empezar, todavía no sabe ni dosificar el abrillantador y esos clientes del norte eran míos desde el primer día que entré en la ruta.
Antonio se reclinó despacio en su sillón ergonómico de piel negra.
Cruzó las manos con parsimonia sobre el estómago, entornando los ojos con una paciencia infinita, casi mística, como si fuera un maestro de escuela rural explicándole las tablas de multiplicar a una niña de párvulos especialmente torpe.
—Cosas de la organización interna, Elena, pura logística de la plantilla —dijo su voz, con ese tono meloso, pastoso e impecable que resultaba imposible de atacar de frente porque no dejaba huella.
Era el tipo de jefe que no te insultaba jamás, que no soltaba una sola mala palabra que pudieras grabar con el móvil para usarla en un juicio laboral—.
No te me enfades por una nadería así, mujer.
Laura es joven, necesita rodaje con clientes sencillos, de los que no exigen demasiado, y tú eres demasiado buena, demasiado minuciosa, como para perder el tiempo en servicios tan mecánicos.
Te estoy reservando el lomo para cosas bastante más importantes que limpiar el polvo de los muebles de La Moraleja.
—Esas cosas mecánicas son las que me pagan la comida de la semana, Antonio. Necesito esas cuatro horas extra en el cuadrante mensual. Lo sabes perfectamente.
—Todos necesitamos cosas en esta vida, Elena —su sonrisa seguía fija, una máscara de cera pegada bajo el bigote—.
En esta santa casa siempre miramos por el bien común de la empresa, que es lo que nos da de comer a todos.
Hoy te quito dos horas de un lado porque hace falta cuadrar los gastos de la gasolina, pero mañana te pongo en un servicio especial de los que se pagan aparte.
Hay que saber esperar el momento de uno, gaditana.
La paciencia es una virtud muy cotizada en las mujeres, y a ti te sobra carácter pero te falta calma.
—Eso no es logística, Antonio. Eso es un castigo —le solté, dando un paso firme hacia el borde de su mesa de caoba, clavándole la mirada.
La sonrisa del viejo no desapareció, pero los ojos se le volvieron dos rendijas de hielo gris, sucias y frías.
Se inclinó hacia delante con una lentitud amenazante, apoyando los antebrazos sobre la madera barnizada.
Al hacerlo, la distancia entre nuestros cuerpos se acortó lo suficiente como para que el olor rancio a su tabaco de pipa y a colonia barata de barbería me invadiera los pulmones, revolviéndome el estómago.
—¿Un castigo? ¿De qué iba a castigarte yo a ti, guapa?
Si eres de mis preferidas de la planta, desde el primer día que te vi la gracia al andar —soltó una risa seca, que sonó a lija—.
Solo son negocios. El lunes tenemos junta con los socios y se van a reestructurar muchas contratas fijas en los ministerios de Nuevos Ministerios.
A lo mejor te interesa estar de mi lado, bien cerquita, cuando repartamos las plazas estables de la mañana con derecho a vacaciones.
Piénsatelo bien mientras terminas la jornada.
Anda, vuelve al trabajo, que el tiempo de la empresa vuela y los cristales no se limpian solos.
Salí de la zona noble con los oídos pitándome por la rabia y una presión tremenda en las sienes.
Tenía unas ganas salvajes de estampar el cubo de fregar de cincuenta litros contra la mampara de cristal de su despacho para ver cómo se le borraba la sonrisita.
Estaba el triple de frustrada y de indefensa que cuando había cruzado la puerta.
Antonio jugaba en otra liga, una liga de vieja escuela donde te asfixiaban económicamente, te recortaban el aire para ver cómo braceabas y, mientras te ahogabas, te daban una palmadita afectuosa en la espalda diciéndote que lo hacían por tu propio futuro.
No había forma humana de ganarle una batalla de frente porque el viejo controlaba el tablero, las fichas, los turnos y el aire que respirábamos en ese polígono industrial de las afueras.
Al llegar al pasillo de los almacenes, me di cuenta de que me quedaban exactamente dos opciones reales sobre la mesa: o agachaba la cabeza de una puta vez, tragándome el orgullo, y esperaba a que el viejo decidiera devolverme las horas cuando me viera lo suficientemente sumisa, o caminaba veinte metros hacia el fondo del pasillo y entraba en el despacho de Daniel para que intercediera por mí ante su padre.
Descarté la segunda opción antes de rozar el pomo de la cocina común.
No iba a utilizar a Daniel. No iba a convertirme en la protegida lábil del hijo del jefe, ni a mendigar favores de nómina utilizando como moneda de cambio la tensión sexual, animal y confusa que había nacido entre los dos en mitad de aquella terraza.
Mi orgullo de gaditana estaba sangrando por los cuatro costados, sí, pero todavía me quedaba un mínimo de decencia y de pudor en el cuerpo.
Si salía de este pozo de catorce euros, saldría arrastrándome por mis propios medios y con mis propias manos curtidas, no colgada del brazo de un hombre casado que además era el heredero de la marca.
Pasé el resto de la tarde limpiando los grandes ventanales de la planta baja con una saña ciega, frotando el cristal con la bayeta como si quisiera romperlo.
El sudor frío me bajaba por el mapa de la espalda, empapándome la tela gris del uniforme, y los hombros me quemaban a cada pasada, pero la rabia concentrada resultó ser un combustible excelente para no pensar en el hambre ni en el alquiler.
A las ocho de la tarde, el polígono se quedó completamente desierto, envuelto en ese silencio fantasmal de las zonas industriales cuando cierran los talleres.
Rosa ya se había marchado hacía una hora con la furgoneta para dejarla en el taller del polígono vecino y yo me quedé sola, esperando el maldito autobús de línea en la marquesina desvencijada de la avenida principal.
El calor no daba tregua en Madrid; el asfalto recalentado desprendía un bochorno pastoso, con olor a alquitrán y a neumático quemado, que se te pegaba a la ropa húmeda y te hacía sentir sucia.
Fue entonces cuando el móvil empezó a vibrar con violencia dentro de la mochila de lona, justo entre el bocadillo a medio terminar y el monedero vacío. Un zumbido largo, insistente, metálico.
Lo saqué a toda prisa, con el corazón en la garganta, pensando que sería el casero para recordarme que el viernes vencía el plazo ineludible del pago o Marta para pedirme más dinero para las bombillas del pasillo.
Pero no. Al encenderse la pantalla táctil, rompiendo la penumbra de la parada, apareció su nombre completo en letras claras: Daniel Vidal.
Me quedé quieta, de pie bajo el techo de metacrilato de la marquesina, mirando fijamente la pantalla iluminada que no paraba de parpadear.
Sentí un vuelco en el estómago, violento, que me retumbó en las costillas.
Podía imaginármelo a la perfección al otro lado de la línea: tal vez seguía metido en su despacho a oscuras de la tercera planta con la úlcera devorándole el estómago, o quizá conducía su coche de gama alta de camino a su piso perfecto del barrio de Salamanca, devorado por la culpa y la preocupación tras enterarse de la última canallada que su padre me acababa de firmar en los cuadrantes.
El teléfono siguió sonando en mitad del polígono vacío.
Cinco, seis, siete veces. El aparato vibraba entre mis dedos resecos por el amoníaco, tentador, ofreciéndome la salida más rápida, el billete de vuelta a la tranquilidad económica, la habitación de la calle de la Luna y el calor de un hombre que, aunque no fuera mío, parecía estar dispuesto a salvarme del fango de su padre.
No lo cogí. Me llevé el aparato al pecho, sintiendo la vibración contra las costillas, y esperé a que la pantalla se apagara del todo.
No podía cogerlo. Si escuchaba su voz en ese momento, con la frustración quemándome la garganta y el miedo a quedarme en la calle el viernes, me habría roto.
Le habría contado lo de los catorce euros, lo de Marta, lo mucho que me dolía que su padre me pisoteara y, sobre todo, lo mucho que deseaba volver a la terraza de la sierra para que sus dedos se no llegaran a tocarme.
Y eso era peligroso. La compasión de Daniel era un lujo que no me podía permitir porque el precio a pagar era demasiado alto.
El autobús de la línea 114 apareció al fondo de la avenida, recortando sus luces contra la oscuridad del polígono.
Guardé el móvil en el bolsillo de la cazadora.
Algo se estaba moviendo en los cimientos de Limpiezas Vidal que iba mucho más allá de mis turnos y de mis facturas.
La reestructuración del lunes, las indirectas de Antonio, las bajas sospechosas de las compañeras.
La tormenta estaba llegando y yo estaba en mitad del patio sin paraguas.
Subí los escalones del autobús y piqué el abono transporte.
Me senté en las últimas filas, pegando la frente al cristal frío de la ventanilla.
Al mirar hacia el suelo, vi que Rosa estaba sentada tres asientos más adelante, con la bolsa de la compra entre las piernas y la mirada perdida en las luces de la M-30.
Me vio por el reflejo del espejo interior. No me sonrió. Solo me hizo un gesto con la cabeza para que me sentara a su lado. Su cara decía que la jornada todavía no había terminado para ninguna de las dos.