A un milímetro de ti CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Lo primero fue el ruido.

Un crujido sordo, viejo, como de algo que lleva sepultado media vida y de repente decide que ya está bien de estar quieto.

Luego, la nube. Una nube negra, densa, compacta, que salió despedida de detrás del armario empotrado del pasillo de la planta de arriba cuando metí el palo de la mopa para limpiar el fondo y golpeé, sin querer, la tubería de retorno de la calefacción.

Polvo negro. Polvo de obra endurecido, de los años noventa, de cuando construyeron el chalet y algún capataz decidió que detrás de los armarios de caoba no hacía falta rematar porque ningún dueño iba a agacharse tanto.

Me equivoqué. Me cayó encima de golpe.

Tardé tres segundos largos en procesar el desastre.

Luego miré mis manos: totalmente tiznadas, como si hubiera estado escarbando en un brasero.

Miré el polo corporativo gris: cubierto de una pátina oscura de hollín y pelusa.

Miré la pared: también negra, pero esa ya era de estuco oscuro de diseño, así que no se notaba.

—Pero qué coño...

No terminé la frase porque no quedaban palabras en el diccionario que fueran suficientes para describir el panorama. Me limpié las palmas en los muslos del pantalón, que a esas alturas ya daba exactamente igual, y me acerqué al espejo del pasillo para evaluar los daños.

Parecía que hubiera intentado apagar un incendio forestal. Con la cara. Tenía dos chretes negros cruzándome los pómulos y la frente empapada de un sudor sucio.

Rosa estaba abajo. Lo sabía porque la había escuchado mover los sofás del salón principal hacía diez minutos con esa eficiencia suya de excavadora militar. Si bajaba las escaleras hecha un cromo, la sargenta iba a soltar una carcajada que se escucharía desde los hangares del polígono.

Miré hacia el baño principal de la suite.

La ducha de efecto lluvia me devolvió la mirada desde el otro lado de una mampara de cristal templado de tres metros.

Cromo impecable, sin una sola gota de cal.

Una alcachofa fija en el techo del tamaño de una bandeja de restaurante.

Suelo de mármol blanco de Macael con unas vetas grises que parecían venas.

El tipo de ducha que solo sale en las revistas de arquitectura que hojeas con envidia en la sala de espera del dentista mientras piensas qué clase de gente vive así.

La respuesta era sencilla: los clientes de Limpiezas Vidal.

Era la ducha de un cliente millonario. Era un chalet privado en La Moraleja. Era una falta de profesionalidad que me costaría el despido fulminante.

Entré.

El agua brotó caliente a la primera. Sin esperas, sin el minuto y medio de tiritones y cañerías ruidosas que yo aguantaba cada mañana en mi piso compartido de Tetuán antes de que la caldera comunitaria se dignara a reaccionar.

Salió hirviendo, con una presión tan brutal que resultaba casi obscena, cayendo desde el techo como si el cielo de Madrid hubiera decidido ponerse de mi parte por primera vez en meses.

Me quedé quieta bajo el chorro durante un segundo, con la ropa puesta, dejando que el impacto del agua caliente me empapara el pelo y me arrastrara el polvo negro por el cuello, sintiendo el peso de la tela mojada pegándose a mi piel.

Luego, el instinto de supervivencia reaccionó.

Me quité el polo empapado con dificultad, arrastrándolo hacia arriba, y lo dejé caer sobre el mármol.

Los pantalones de la contrata corrieron la misma suerte, pesados como el plomo.

Me quedé en ropa interior, que por pura carambola era de encaje oscuro y disimulaba la humedad, y me arrodillé en el suelo de la ducha.

Cogí el cuello del polo con las dos manos, apretando los dientes, para intentar restregar la mancha de hollín antes de que el tejido sintético la absorbiera para siempre.

Frotar. Frotar. Frotar.

El vapor empezó a empañar los cristales de la mampara, aislando el baño del resto del mundo, convirtiendo ese espacio de lujo en una sauna privada y asfixiante.

La mancha iba cediendo poco a poco bajo el agua hirviendo.

Yo seguía frotando con una concentración feroz, de esas que solo usas cuando necesitas hacer algo físico muy deprisa para no pensar en lo que tienes dentro de la cabeza.

Porque si paraba, si mis manos se quedaban quietas un instante, el cerebro se me iba solo de vuelta al almacén del polígono.

Volvía a los dedos de Daniel a un milímetro de mi piel, a la cicatriz de su ceja, a la vibración de su voz cuando me hablaba bajo y al calor invisible de su cuerpo que no había llegado a tocarme pero que me había dejado marcada.

Frotar. El agua corría por mi espalda, resbalando por la curva de la cintura.

El problema fue la alcachofa supletoria.

Aparte del diluvio del techo, había un teléfono de ducha de cromo dorado en un gancho lateral.

Tenía un selector circular con tres posiciones: lluvia, chorro y masaje.

Yo lo había dejado apuntando hacia abajo, en diagonal, y el agua a presión me golpeaba de lleno en la entrepierna, atravesando la licra empapada del tanga con un ritmo constante, caliente y rítmico que no habría tenido ninguna importancia en condiciones normales.

Pero mis condiciones no eran normales. Llevaba tres días con la imagen de Daniel contenida entre el pecho y el estómago, acumulando una tensión sorda que no encontraba salida por ninguna parte.

Seguí frotando el tejido gris. El chorro seguía golpeando en el mismo punto exacto, sin piedad. Frotar. El calor del vapor. La presión del agua que me abría la piel.

Paré de frotar.

Me quedé completamente inmóvil, de rodillas sobre el mármol blanco, con el polo chorreando entre los dedos rígidos y el agua del techo cegándome los ojos, procesando lo que me estaba pasando con la misma cara de estúpida con la que uno asume que se ha dejado las llaves dentro de casa.

Sentía el pulso acelerado retumbándome en las sienes.

Solté la prenda gris. Estiré la mano hacia el gancho y descolgué la alcachofa de cromo.

Giré el selector con un clic seco hasta la posición de masaje.

El chorro se concentró en tres salidas densas que vibraban con fuerza debido a la presión de las tuberías nuevas del chalet.

La acerqué despacio, tanteando, guiándola con el pulso tembloroso por la parte interna del muslo, subiendo centímetro a centímetro mientras el agua hirviendo me ponía la piel de gallina.

El monólogo interior que siguió en mi cabeza fue, con diferencia, el más sucio y honesto de toda mi vida.

Esto está pasando.

El chorro vibró con fuerza justo en el centro, rompiendo la resistencia de la tela. Ahogué un gemido contra el mármol para que no resonara en el pasillo.

Dios mío.

El agua seguía golpeando, rítmica, dura, caliente, abriéndome por dentro.

Esto está pasando en la ducha de un cliente. En La Moraleja. Sobre mármol de tres mil euros.

Una pausa mental mientras apretabas los ojos, apretando las piernas alrededor del teléfono de la ducha.

Sí. Efectivamente. Está pasando.

Pensé en Daniel. En sus manos grandes de jefe, en su boca entreabierta en la oscuridad del almacén, en el olor a madera limpia y café caro de su despacho, en esa distancia exacta que no habíamos cruzado el viernes y que yo necesitaba cerrar aunque fuera a solas, destrozándome los dedos contra la pared.

Imaginé esas manos suyas sustituyendo el metal frío de la alcachofa, agarrándome por las caderas con la misma fuerza con la que firmaba los contratos de la central.

La vibración era perfecta. El contraste del mármol helado contra mi espalda y el fuego del agua bendita me hizo arquear la columna, perdiendo el control.

Estoy a punto de derrumbarme en la ducha de un maldito cliente con el recuerdo de mi jefe.

Una oleada de calor me subió desde los tobillos, dejándome los músculos tensos, flotando en ese vapor denso. Y la parte más oscura, la que no le habría confesado a Bea ni bajo tortura de muerte:

Y me importa un soberano carajo la decencia, el contrato y la dignidad.

Cerré los ojos, con la boca abierta buscando aire, apoyando la palma de la mano libre en el azulejo frío para no resbalar.

La cabeza se me había ido por completo al acantilado y yo había decidido tirarme de cabeza porque total, allí dentro nadie miraba, el mármol era mudo y la alcachofa desde luego no iba a ir con el cuento a—

¡BEEEEEP! ¡BEEEEEP! ¡BEEEEEP!

El interfono general del chalet tronó tres veces por los altavoces del techo con la urgencia estridente y la musicalidad criminal de un camión de la basura marcha atrás.

Di un respingo tan violento y culpable que la alcachofa se me escurrió de los dedos jabonosos.

Salió disparada, golpeó la mampara de cristal con un estruendo metálico que debió de escucharse en toda la urbanización, rebotó contra el grifo monomando y quedó colgando del flexo como un péndulo loco, chorreando agua en espiral descontrolada sobre los espejos y las toallas secas.

Me quedé paralizada, con el pulso disparado y la respiración entrecortada.

¡BEEEEEP!

—¡Que ya voy! —grité en voz alta, histérica, sola en mitad de la suite principal.

Cerré el grifo central con un manotazo torpe. Agarré la primera toalla que encontré en el radiador, una de esas sábanas de baño de hilo egipcio que pesaban dos kilos y eran más mullidas que cualquier manta de mi casa, y me envolví en ella a toda prisa, intentando contener el temblor de las piernas.

Me miré en el espejo empañado, limpiando un círculo con la mano.

Tenía las mejillas encendidas, de un rojo escarlata que delataba el crimen a un kilómetro. El pelo chorreando sobre los hombros. Una expresión en los ojos fijos que no habría engañado a nadie que supiera lo que es quedarse a medias.

¡BEEEEEP! ¡BEEEEEP!

—Que ya voy, Rosa, joder —murmuré entre dientes.

Me vestí a una velocidad de vértigo, con la piel todavía húmeda y pegajosa.

El polo corporativo seguía empapado y frío, pero la mancha de hollín del fondo había desaparecido casi por completo, lo cual era el único logro laboral limpio de los últimos quince minutos.

Bajé las escaleras de madera noble de dos en dos, con el pelo goteando sobre el cuello del uniforme y dejando la toalla de hilo egipcio perfectamente doblada en su estante, como si allí nunca hubiera entrado una muerta de hambre del sur.

Abrí la puerta principal de la casa.

Rosa estaba plantada en mitad del porche de entrada, con el termo de café de aluminio en una mano, los cuadrantes en la otra y esa mirada suya que funcionaba como una radiografía portátil de la Guardia Civil.

Me escanéo de arriba abajo sin pestañear. Se detuvo cinco segundos eternos en mi pelo mojado. Subió a mis mejillas encendidas. Bajó a los botones mal abrochados del polo húmedo.

No dijo ni una sola palabra.

Entró en el chalet rozándome el hombro, dejó el termo sobre la encimera de silestone de la cocina americana y cogió la bayeta amarilla del cubo con un movimiento seco.

Pero al darse la vuelta, en la comisura derecha de sus labios curtidos apareció algo que se parecía sospechosamente a una sonrisa de vieja gata resabiada.

Y yo decidí, mientras tragaba saliva y agarraba el cubo, que si el mármol no hablaba y la alcachofa de cromo tampoco, Rosa, por primera vez desde que llegué a Madrid, iba a tener la inmensa elegancia de no preguntar qué clase de fuego venía yo a apagar a La Moraleja.