CAPÍTULO 13
El sol bajaba despacio, tiñendo el agua de un tono plomizo. La hora que quedaba por delante pesaba más que toda la jornada de mopa y amoníaco. Daniel seguía pegado a la barandilla de teca, con los ojos fijos en el horizonte y los brazos cruzados. El viento le batía el polo negro contra el pecho.
—¿Por qué llevas días evitándome, Elena? —preguntó de pronto. No cambió el tono. Seguía bajo, metido en el rumor del agua abajo.
—No te he estado evitando —mentí, mirando mis zapatillas gastadas—. Hago mi trabajo.
—Sí que lo has hecho.
Su respuesta fue seca. Corta. No llevaba reproche, sino una certeza absoluta que me desarmó.
No respondí. Me quedé mirando cómo una gaviota planeaba cerca del acantilado.
¿Qué le iba a decir? ¿Que ver a su mujer con el vestido verde de lino me había recordado el lugar exacto que ocupo en el mundo?
¿Que sus mensajes de tres palabras me hacían dar más vueltas en la cama que el calor de Madrid?
Daniel tampoco insistió. Sabía perfectamente lo que callaba.
Ese era su superpoder: respetar los silencios ajenos hasta que el otro terminaba por hablar solo para rellenar el hueco.
—¿Qué querías ser de pequeña, Elena? —cambió de tema, mirándome de reojo.
—Bióloga marina —solté una risa corta, irónica—.
Ya ves. Acantilado tengo, pero el agua solo la veo en los cubos de fregar.
En San Fernando me pasaba las horas en los esteros, buscando cangrejos.
Pensaba que la vida consistía en eso. Luego creces y te das cuenta de que la vida consiste en pagar facturas y rezar para que el casero no te suba el alquiler.
—Al menos tenías un plan —Daniel se dio la vuelta, apoyando los riñones en la barandilla. Tenía la alianza de oro a la vista, reluciente bajo la luz de la tarde—. Yo nunca tuve opción.
—Venga ya, Daniel. Eres el hijo del dueño. Tienes estudios, tienes coche, tienes un piso en
el barrio de Salamanca. Opciones te sobran.
—No de las que importan —dijo. Su rostro se volvió rígido, la mandíbula se le marcó, y pareció encogerse—. Yo quería ser arquitecto. Estuve tres años en la politécnica. Me pasaba las noches dibujando planos, calculando estructuras. Me encantaba.
—¿Y qué pasó?
—Pasó mi padre —su voz bajó un tono más, arrastrando una amargura vieja—.
Mi hermano mayor se marchó a Londres en cuanto pudo.
No quería saber nada de Limpiezas Vidal ni de los negocios de la familia.
Antonio se quedó solo. Empezó con los amagos de infarto, con los discursos de que el patrimonio de la familia se iba a la mierda si yo no entraba.
Me chantajeó con lo único que sabe usar: la culpa.
Dejé la carrera, me puse la corbata y entré en el despacho a cuadrar balances de lejía y guantes de nitrilo.
Era la primera conversación honesta que teníamos.
Sin el mostrador de las oficinas de por medio, sin Rosa rellenando partes, sin el miedo a que Antonio apareciera por el pasillo.
Daniel se estaba desnudando a su manera, quitándose la capa de gerente impecable para dejar ver al tío que se había rendido a los veintidós años por no romperle el corazón a un padre manipulador.
La tensión no venía de un roce. Venía de la proximidad física combinada con esa brutalidad de palabras.
Estábamos a menos de treinta centímetros.
El viento hacía que su sombra se mezclara con la mía en el suelo de madera.
No nos tocábamos, pero sentía la vibración de su voz en mi propio pecho.
Era una intimidad de contrabando, robada al tiempo de la empresa.
—¿Y Lucía? —pregunté antes de poder frenar la lengua. Me maldije por dentro en el acto.
Daniel miró al suelo. Se pasó la mano por el pelo revuelto.
—Lucía apareció en esa época. Es la hija del socio de mi padre en las promociones inmobiliarias. Todo quedaba en casa. Antonio estaba encantado. Ella también.
—¿Y tú?
Daniel me miró directamente a los ojos. Tenía la mirada oscura, limpia de dobles intenciones.
—Yo hacía lo que se esperaba de mí, Elena. Hasta que entraste tú por la puerta del almacén el lunes pasado.
El aire se volvió irrespirable. La gaviota ya se había ido, pero el Atlántico seguía golpeando abajo.
Le sostuve la mirada durante cinco segundos que parecieron un año.
Había algo en la forma en que lo decía, sin dramatismo, como quien constata que mañana va a llover, que me caló hasta los huesos.
Nos estábamos diciendo verdades que no se podían deshacer.
Ya no podíamos fingir que éramos el jefe y la empleada eventual de la tarde.
El cable ya estaba pelado y la corriente pasaba cada vez que nos cruzábamos en un pasillo.
Un ruido de motor rompió el cristal de la terraza. La furgoneta blanca de la empresa asomó por el camino de tierra del acantilado. Dos pitidos cortos. El chófer había vuelto.
Di un paso atrás, recuperando la distancia que nunca debí haber acortado. Agarré el trapo de limpieza del suelo con los dedos un poco torpes.
—Tengo que bajar —dije. Mi acento de Cádiz volvió, pero esta vez sonaba cansado.
—Elena —me llamó cuando ya estaba tocando la puerta corredera.
Me detuve. No me giré.
—Ten cuidado mañana en la oficina. Mi padre está de mal humor con los cierres de mes.
—Siempre tengo cuidado, Daniel.
Bajé las escaleras del chalet a toda prisa, con el cubo golpeándome los muslos. Me subí a la furgoneta en el asiento del copiloto. El chófer arrancó de inmediato, metiendo primera con un tirón áspero. Miré por el espejo retrovisor exterior mientras nos alejábamos por el camino del acantilado.
Daniel se había quedado solo en la terraza, con la chaqueta de cuero en la mano, mirando cómo nos marchábamos.
Durante todo el camino de vuelta por la carretera nacional, con el conductor mudo a mi lado, le di vueltas a la cabeza.
Sabía que había cometido un error. Un error descomunal, de los que se pagan caros.
Había dejado que Daniel entrara en mi zona de peligro.
Había escuchado sus confidencias sobre su matrimonio y sus sueños rotos, y lo peor de todo es que le creía.
Había roto mi propia norma de oro en menos de una hora frente al mar.
Había cambiado algo entre nosotros. Una complicidad invisible que ya no se podía borrar con un "Sí" seco en un mensaje de texto.
Llegué al piso compartido pasadas las siete de la tarde.
La cocina estaba a oscuras. Al encender el fluorescente, que parpadeó tres veces antes de estabilizarse, vi mis cosas amontonadas en una esquina.
Marta me había dejado una nota en la mesa diciendo que el casero pasaría el viernes a revisar las llaves.
Catorce euros con cincuenta céntimos en la cuenta corriente. Un piso del que me echaban en cuatro días. Y la cabeza llena de un hombre que tenía un anillo de oro idéntico al de su mujer.
Me metí en la ducha para quitarme el olor a salitre y pino. El agua fría me espabiló, pero no me quitó la sensación de tener el suelo abriéndose bajo mis pies. Cuando salí, me senté en la cama con el móvil en la mano. Revisé el correo de la empresa por si acaso.
No había cuadrantes nuevos para el día siguiente. Solo mi turno de mañana con Rosa en la ruta de siempre.
Me acosté intentando convencer al estómago de que mañana sería un día normal.
Que limpiaría mis oficinas, ficharía a las dos y me olvidaría de la terraza de la sierra.
Pero la vida en Limpiezas Vidal no se regía por mis planes, sino por las manos del viejo Antonio, que ya estaba barajando las cartas en el despacho de la primera planta.
Y las cartas, para las chicas como yo, nunca venían de cara.