A un milímetro de ti CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Me habían sacado de la planta noble de golpe.

Las oficinas centrales eran un tablero de ajedrez donde las fichas nos movíamos por caprichos que yo no controlaba.

Una baja de última hora en el servicio especial de "villas de lujo" me plantó a las siete de la mañana en una furgoneta.

Esta vez no conducía Rosa. Me había tocado con un chófer de la empresa que no soltó palabra en todo el trayecto.

La casa estaba en un acantilado de la costa.

Bueno, la costa de Madrid es un pantano o un embalse en la sierra, pero aquel sitio parecía otro planeta.

Una mole de hormigón blanco y cristaleras enormes colgada sobre el agua, donde el oleaje del viento rompía abajo con un ruido sordo, rítmico, que se te metía en la cabeza desde que bajabas del coche.

—Tienes seis horas, Elena. El dueño llega mañana. Déjalo impecable —me dijo el chófer antes de marcharse a hacer recados con la furgoneta.

Me quedé sola. El silencio de la casa era espeso. Era el trabajo más tranquilo que me había tocado desde que llegué. Sin la sargenta de Rosa controlando los minutos, sin el viejo Antonio mirándome el culo, y sin la presencia constante de Daniel a tres metros de mi carrito de limpieza.

Empecé por los baños de la planta alta. El olor a humedad de la sierra se mezclaba con el del desinfectante de pino. Mientras frotaba los azulejos de mármol, mi cabeza empezó a funcionar sin ruido. Por primera vez en semanas, el barro se asentó y el agua bajó clara.

Miré mis catorce euros con cincuenta céntimos en la pantalla mental.

La conclusión era una bofetada de realidad: necesitaba este trabajo.

Lo necesitaba más de lo que mi orgullo se podía permitir admitir.

Si me ponía digna, si jugaba a la heroína que rechaza favores y ponía muros de tres letras a los mensajes del jefe, acabaría durmiendo en un banco o volviendo a San Fernando con las orejas gachas y las maletas vacías. Y eso no iba a pasar.

Iba a ser profesional. Iba a tragarme la rabia por los cambios de turno de Antonio.

Iba a ignorar el hecho de que Daniel me quitaba el sueño.

Sobrevivir en Limpiezas Vidal significaba ser invisible.

Dejar de pensar en lo que pudo ser, en las miradas en el almacén y en los papelitos con direcciones de pisos que no me correspondían.

Decisión tomada. Cabeza abajo, mopa en mano y nómina a fin de mes. Nada más. El plan era perfecto.

A las dos de la tarde terminé el salón.

Las cristaleras de tres metros de alto reflejaban el agua sin una sola marca de vaho.

Estaba molida, pero satisfecha. Cogí un trapo limpio, salí a la terraza enorme de madera de teca que daba directo al acantilado y me apoyé en la barandilla de hierro para respirar el aire limpio antes de que volviera la furgoneta.

El viento me soltó el moño. Cerré los ojos, disfrutando del sol en la cara.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo una voz a mi espalda.

Di un respingo y me giré con el trapo apretado en el puño.

Daniel estaba de pie junto a la puerta corredera de la terraza. No llevaba el traje de la oficina. Vestía unos vaqueros oscuros y un polo negro con el escudo discreto de la empresa. Tenía el pelo revuelto por el aire y la chaqueta de cuero colgada de un dedo sobre el hombro.

Ninguno de los dos lo esperaba. Se le notó en los ojos, que se le abrieron de golpe antes de volver a esa calma tensa suya.

—¿Qué haces aquí? —pregunté. La barrera de profesionalidad que había construido en mi cabeza durante cinco horas se agrietó con la primera palabra. Todo el plan de ser invisible se fue directo al fondo del agua.

—El propietario llamó a gerencia esta mañana —explicó, dando un paso hacia la terraza.

Sus botas de piel resonaron contra la madera—.

Había una queja por una humedad en el garaje que supuestamente causamos en la última limpieza a fondo.

He venido a revisarlo antes de que llegue mañana. No sabía que te habían mandado a ti.

—La chica de las villas se ha puesto enferma.

—Ya. Mi padre y sus parches de última hora. —Daniel dejó la chaqueta sobre una tumbona y se acercó a la barandilla, deteniéndose a un metro de mí.

El viento sopló con fuerza, trayendo su olor. Madera, café y esa piel limpia que me había aprendido de memoria en el sótano. Miró al horizonte, donde el agua brillaba bajo el sol, pero yo sabía que me estaba mirando a mí de reojo.

—Has estado esquivándome toda la semana, Elena —dijo de golpe. Directo. Sin anestesia.

—Hago mi trabajo, Daniel. Limpio lo que me toca y me voy a mi casa. Eso no es esquivar, es ser empleada.

—No me contestas a los mensajes.

—"Sí" es una respuesta.

Daniel soltó una risa corta, sin ganas, y se giró para apoyar la espalda en la barandilla, quedando de frente a mí.

El espacio entre nosotros se redujo por el movimiento.

Estábamos tan cerca que la manga de su polo negro rozaba casi el borde de mi bata gris de faena.

No había contacto, pero la distancia era tan ridícula que sentía el calor que desprendía su cuerpo a pesar del aire fresco de la sierra.

—No querías ir al piso de la calle de la Luna por Lucía, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

Me miró como si supiera exactamente cuántos catorce euros me quedaban en el banco. Me mantuve firme, aunque por dentro las piernas me temblaban.

—Tu mujer es una tía estupenda, Daniel —le solté, sin apartar los ojos de los suyos, la mano que brillaba bajo el sol—.

Me dio las gracias por limpiar sus cristales y me sonrió como si fuera una persona.

Yo no juego en esa liga. No tengo trajes de lino ni pisos en Diego de León.

Solo tengo esta bata y un billete de metro.

Así que deja de buscarme soluciones que no te he pedido.

Daniel no se movió. No se alejó, ni se disculpó, ni puso esa cara de jefe ofendido que ponía su padre.

Levantó la mano derecha, un gesto lento, y apoyó los dedos en la barandilla de hierro, justo a dos centímetros de mi mano izquierda.

No llegó a tocarme. Pero el dorso de su mano rozaba los pelillos de mi muñeca con el vaivén del viento.

Fue apenas un roce, una fricción, una chispa eléctrica que me recorrió la espalda y me obligó a contener el aliento.

—No te busco soluciones por lástima, Elena —dijo, y su voz bajó una octava, volviéndose densa, casi un susurro contra el ruido del oleaje abajo—.

Lo hago porque desde el primer día que entraste en el almacén, no he podido dejar de pensar en qué haces aquí.

Y en por qué me miras como si me conocieras de toda la vida.

Le sostuve la mirada. El silencio entre nosotros duró lo que tardaron en romper tres olas abajo en las rocas.

Él dio un pequeño paso más, eliminando casi por completo el aire que nos separaba.

Levantó de nuevo la mano, esta vez separándola del hierro, y sus dedos se me apartaron, despacio, un mechón de pelo que el viento me había metido en los ojos.

No llegó a rozar mi piel, pero el calor de sus yemas me quemó igual.

—Daniel... —murmuré, pero la voz se me perdió.

Él no apartó los dedos. Se quedó ahí, congelado en ese amago de caricia que lo cambiaba todo y que, formalmente, seguía sin ser nada. Se me olvidaron los catorce euros, el piso vacío, Lucía y las advertencias de Rosa. Se me olvidó todo el guion que había ensayado por la mañana.

Apoyé la espalda contra el hierro frío de la barandilla, buscando un punto de apoyo que me impidiera dar el paso que faltaba para tocarlo. Daniel bajó la mano despacio, pero no se alejó. Se colocó a mi lado, imitando mi postura, con los ojos fijos en el horizonte líquido.

El viento soplaba limpio, llevándose los restos del desinfectante de pino y la tensión de los últimos días en la oficina. Estábamos suspendidos entre el cielo y el agua, en una tregua que ninguno de los dos había planeado y que ninguno de los dos se atrevía a romper.

—¿Cuánto tiempo nos queda antes de que vuelva tu furgoneta? —preguntó Daniel sin mirarme, con la voz suave, mimetizada con el ruido de abajo.

Miré el reloj de plástico negro de mi muñeca. Marcaba las dos y diez.

—Casi una hora —respondí.

Daniel asintió despacio, entrelazando los dedos sobre la barandilla. El sol de la tarde empezó a caer de lado, estirando nuestras sombras sobre la madera de teca hasta que parecieron una sola.