A un milímetro de ti CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El lunes llegó con el peso de una condena.

A las cuatro de la tarde, la planta noble de las oficinas centrales de Limpiezas Vidal estaba desierta. La mayoría del personal administrativo terminaba a las tres. Solo quedaba el zumbido del aire acondicionado viejo y, al fondo del pasillo, la luz encendida del despacho de Daniel.

Cambié las rutas de los chalets por un carrito gris con ruedas que chirriaban sobre el linóleo. Llevaba mi plan perfectamente trazada. Distancia. Profesionalidad. Monosílabos. Ser un fantasma con bata gris que saca brillo a los pomos de las puertas y no mira a los ojos a nadie.

El móvil me había vibrado dos veces durante el fin de semana.

¿Has hablado con Carmen? El piso está libre.

Elena, ¿está todo bien con el nuevo cuadrante?

A ambos mensajes les había contestado igual. Tres letras: Sí. Ningún emoticono. Ningún gracias. Un muro de hormigón armado de tres letras.

Empecé por los baños del pasillo. Luego pasé la mopa por la zona común. Evitaba mirar hacia la cristalera del fondo, pero sabía que él estaba allí. Pude oír el ruido de una silla de ruedas arrastrándose, el clac de un bolígrafo.

A las cinco y media, no me quedó más remedio que entrar en su despacho. Era el último de la hilera.

Llamé dos veces con los nudillos en el marco de la puerta abierta. Daniel levantó la vista de la pantalla del ordenador. Llevaba una camisa gris oscuro, sin corbata, con el primer botón suelto. Tenía peor cara que el viernes. Más ojeras, la mandíbula un poco más tensa que de costumbre.

—Elena —dijo, y amagó con levantarse.

—Buenas tardes. Vengo a vaciar la papelera —dije. Mi voz sonó tan plana que ni yo misma me reconocí. El acento de Cádiz se me quedó congelado en la garganta.

Me acerqué a la mesa con el carrito, manteniendo los ojos fijos en el suelo de madera sintética. Agarré la papelera de plástico negro y vacié los papeles en la bolsa grande de basura. Él se quedó inmóvil. Apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos. El aro de oro brilló bajo el flexo.

—¿No vas a decirme nada de la habitación de la calle de la Luna? —preguntó en voz baja. El tono no era de jefe. Era el tono del almacén.

—No me interesa. Gracias —respondí, dejando la papelera en su sitio con un golpe seco.

—Carmen me ha dicho que no la has llamado.

—No me hace falta.

Daniel no dijo nada. Un silencio denso que se metía por los poros de la piel.

No insistió. No se enfadó. Pero se reclinó en la silla muy despacio, sin apartar los ojos de mi cara.

Me estaba leyendo. Notaba la rigidez de mis hombros, la forma en que evitaba que nuestras miradas se cruzaran, la distancia exacta de un metro y medio que yo mantenía entre su mesa y mi cuerpo.

Su silencio dolió más que una bronca. Era el silencio de quien entiende el mensaje pero no quiere aceptarlo. Un silencio cargado de preguntas que no podía hacer porque estaba casado y yo era su empleada.

—¿Está todo bien con el nuevo horario? —preguntó al fin. Su voz había vuelto al tono profesional, pero arrastraba una vibración extraña.

—Sí.

—¿Necesitas algo más de material?

—No.

Me giré con el carrito para salir del despacho. Justo al cruzar la puerta, su voz me detuvo de nuevo.

—Elena.

Me volví, pero mantuve la vista fija en la chapa dorada de su solapa que ponía Daniel Vidal. Gerencia.

—Dime.

—Mañana viene mi padre por la tarde. Ten cuidado.

—Siempre lo tengo. Con permiso.

Salí al pasillo con las manos apretadas alrededor del manillar del carrito.

Me costaba respirar. Poner distancia con Daniel era como intentar frenar un coche en marcha metiendo el pie por el suelo.

Me dolía el pecho, me escocían los ojos y me sentía la tía más estúpida de Madrid.

Quería volver al despacho, sentarme enfrente y hablar de San Fernando durante otra media hora.

Quería que me mirara como me miró en el almacén.

Pero luego me acordaba de Lucía. De su vestido verde oliva, de su sonrisa amable, de su mano fina de Lucía. Ella no se merecía esto. Y yo tampoco me merecía ser el segundo plato de nadie.

A las ocho de la tarde terminé el turno. Bajé al muelle de carga para dejar el carrito. Rosa estaba allí, sentada en una caja de plástico al revés, apuntando los kilómetros de la furgoneta en una libreta sobada.

Me vio llegar y dejó el bolígrafo. Me miró las manos, la cara, la rigidez del cuello. Rosa tenía un máster en notar cuándo las cosas se torcían en esa empresa.

—¿Qué tal la planta noble, gaditana? —preguntó, sacando un cigarrillo del paquete.

—Bien. Menos kilómetros que los chalets —intenté bromear, pero la ironía me salió sin fuerza.

Rosa encendió el cigarrillo con un mechero de publicidad. Le dio una calada honda, mirando al techo del muelle.

—¿Estás bien, Elena? —preguntó de golpe.

Me quedé quieta junto al armario del material.

Podría haberle contado lo del despacho, lo del papelito de la calle de la Luna, lo mucho que me costaba no mirar a Daniel.

Pero Rosa me había contado lo de su marido el viernes para ponerme un escudo.

Sabía perfectamente lo que estaba pasando sin que yo dijera una palabra.

—Sí. Estoy bien —mentí por segunda vez en tres días.

Rosa soltó el humo despacio. Me miró a los ojos, con esa madurez de la que ya ha enterrado demasiadas cosas como para perder el tiempo con rodeos. No presionó. No me dijo que tuviera cuidado, ni que Daniel era un hombre casado, ni que la fianza del piso seguía sin pagarse.

—Vale —dijo simplemente.

Ese "vale" significaba que respetaba mi decisión de pasarlo sola. Significaba que sabía que yo estaba intentando hacer lo correcto y que, a veces, hacer lo correcto es una puta mierda que te deja el cuerpo molido.

Se levantó, guardó la libreta en la guantera de la furgoneta y me dio una palmadita en el brazo. Esta vez no fue la palmadita babosa de Antonio. Fue el gesto de una aliada.

—Vete a casa, anda. Mañana será otro día.

Subí las escaleras hacia la calle. El calor de Madrid a las ocho de la tarde seguía siendo una losa gris, pero el aire me sentó bien en la cara.

Saqué el móvil para mirar el plano de las líneas de metro.

Tenía que buscar un piso en Usera o en Carabanchel antes del fin de semana. No podía retrasarlo más.

Al encender la pantalla, vi que tenía un mensaje nuevo. No era de Daniel.

Era una alerta de mi aplicación del banco. Marta, mi compañera de piso, acababa de pasarme el cobro completo del último mes de alquiler, incluyendo los gastos que teóricamente íbamos a medias. La cuenta se me quedaba otra vez temblando.

Me detuve en mitad de la acera de la calle Alcalá, rodeada de gente que corría hacia el metro. Otra vez a cero. Sin piso para la semana que viene y habiendo rechazado la única ayuda que me habían ofrecido por puro orgullo.

Miré hacia atrás, hacia la fachada de cristales de las oficinas de la empresa. En la tercera planta, la luz del despacho de Daniel se acababa de apagar.

¿Cuánto tiempo iba a aguantar haciéndome la fuerte antes de tener que tragarme el orgullo?