A un milímetro de ti CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Al salir de la boca del metro en la calle Alcalá, el calor de la tarde madrileña me golpeó en la frente como una losa de hormigón.

Saqué el móvil del bolsillo de la bata con los dedos todavía oliendo a limpiacristales, esperando ver el milagro de la transferencia del McDonald's.

No había nada. En su lugar, relucía el aviso de mi banco.

Marta, mi compañera de piso, se había cobrado religiosamente el alquiler completo de la habitación y la parte proporcional de las facturas de gas.

Me quedé clavada en mitad de la acera, sorteando a los ejecutivos que salían de las oficinas a empujones.

Otra vez a cero. Sin techo garantizado para el mes que viene, sola en una ciudad que te devora viva si no tienes un fajo de billetes para frenarla y habiendo mandado a la mierda la ayuda de Daniel por puro orgullo.

Sentí un nudo abrasador en la garganta, de esos que solo te entran cuando descubres que la dignidad no se puede untar en el pan.

Busqué en la agenda el único nombre que podía salvarme de volverme loca. Bea.

Tardó cuatro tonos en responder. Cuando escuché el ruido de fondo de las motos cruzando la avenida de la Marina y el graznido lejano de las gaviotas, se me saltaron las lágrimas. Era el sonido de San Fernando. El sonido de mi casa.

—¿Qué pasa, gaditana? —la voz de Bea me llegó envuelta en esa calidez ruidosa, descarada y sin filtros de la gente de la Isla—. ¿Cómo va la conquista de la capital? ¿Te han hecho ya jefa de algo o sigues oliendo a desengrasante?

—Bea... —forcé la voz para que no se me quebrara en la primera sílaba, pero ella tenía un radar entrenado tras quince años de amistad—.

Escúchame, necesito un favor muy gordo. Me he quedado a cero.

Marta me ha soplado todo el dinero del piso y necesito que me prestes cincuenta euros para llegar al viernes.

Te los devuelvo en cuanto cobre la primera quincena de la contrata, te lo juro por mi madre.

Se hizo un silencio corto al otro lado de la línea. Escuché cómo Bea se apartaba del bullicio de la calle, probablemente metiéndose en un portal para escucharme mejor.

—Ay, Elena... —su tono bajó tres octavas, perdiendo la guasa de golpe—.

Claro que te los mando por Bizum ahora mismo, mi alma, eso ni se pregunta.

Pero ¿qué coño estás haciendo allí arriba?

Te lo dije antes de que te subieras a ese maldito autobús de la Sepulvedana: Madrid es una picadora de carne.

Te vas a dejar los cuernos limpiando los lujos de cuatro pijos para malvivir en un zulo compartiendo piso con una tía que te roba. ¿Para esto te fuiste?

Me apoyé contra la pared de piedra de un banco, cerrando los ojos. Las palabras de Bea me dolían porque eran una verdad absoluta.

—Tenía que salir de allí, Bea. Tú lo sabes mejor que nadie.

No podía seguir cruzándome con Javi cada tarde en la calle Real.

No podía seguir aguantando que la gente me mirara con lástima en el bar, como si fuera la tonta del pueblo a la que dejaron tirada después de cinco años planeando una boda y pagando la entrada de unos muebles que ahora disfruta otra.

—Javi es un desgraciado, Elena, y en la Isla ya todo el mundo sabe la clase de bicho que es la limpia esa con la que se ha metido —sentenció Bea con una rabia genuina—.

Pero allí tenías a tu familia. Tenías tu cuarto, tu gente, las tardes en la Casería mirando el mar sin que nadie te cobrara por respirar.

Aquí la vida era más barata, más humana.

Te empeñaste en huir como si en Madrid los problemas se borraran con el cambio de código postal.

Y mira ahora, pidiendo cincuenta euros para poder cenar.

—No es solo por Javi —admití, y por primera vez dejé salir la amargura que llevaba meses taponada—.

Es que en San Fernando me sentía estancada, Bea.

Sentía que mi vida ya estaba escrita: empalmar contratos de tres meses en las tiendas del centro comercial, limpiar las casas de los militares de la Carraca, quemar las horas viendo pasar el tranvía y esperar a hacerme vieja sin haber visto nada más que las salinas.

Quería demostrarme que podía valerme por mí misma en un sitio grande.

Que no era una maldita parada de emergencia en la vida de nadie.

—Pues ten cuidado, no vaya a ser que en la capital te conviertas exactamente en eso para algún madrileño espabilado —el aviso de Bea fue directo al mentón, sin saber que acababa de dar en el centro exacto de mi diana con Daniel—.

La gente de allí arriba tiene el colmillo muy retorcido, Elena.

Ven a una niña del sur con necesidad y se creen que pueden jugar con ella porque nos falta el dinero.

No te dejes pisar por nadie, ¿me oyes? Cabeza alta.

—Sí... cabeza alta. Eso me dice todo el mundo aquí —murmuré, acordándome de la advertencia de Rosa en la furgoneta y de la mirada cansada de Lucía sobre el sofá de piel blanca—.

Oye, Bea, te dejo, que se me va a apagar el móvil y tengo que buscar un supermercado abierto antes de volver al zulo.

Gracias por lo del dinero. De verdad. No sé qué haría sin ti.

—No me des las gracias y cuídate mucho, gaditana. En cuanto tenga dos días libres me planto allí en un tren para ver cómo estás. Y si la cosa se pone muy fea, te dejas de orgullos y te vuelves para la Isla, que aquí tu cama sigue estando en el mismo sitio.

Al colgar, el pitido de confirmación del Bizum vibró en mi mano. Cincuenta euros. El aire me volvió a los pulmones, pero la llamada me había dejado el cuerpo del revés.

Haber recordado Cádiz no me había aliviado; me había puesto un espejo delante.

Recordé las mañanas de viento de levante en la playa de Camposoto, el olor a pescado frito de los sábados, las charlas eternas en la cocina con mi madre y la seguridad de saber quién era yo en cada esquina de mi barrio.

Allí era Elena, la de la calle San Rafael; una tía con salero, trabajadora, a la que Javi había roto el corazón pero que seguía teniendo una red que la sostenía.

En Madrid, en cambio, era un número gris en un cuadrante de Limpiezas Vidal.

Una limpiadora eventual a la que el hijo del dueño miraba con ojos de cordero degollado mientras su mujer perfecta le servía agua con hielo en una bandeja de plata.

¿Qué coño estaba haciendo con mi vida? Bea tenía razón.

Había huido del dolor de San Fernando para meterme de cabeza en un laberinto mil veces más peligroso.

En mi empeño por no ser el desvío de emergencia de Javi, me estaba arriesgando a convertirme en el capricho clandestino de Daniel Vidal en las oficinas del polígono.

Me guardé el móvil con rabia y caminé hacia el metro con el paso cambiado.

Mientras bajaba las escaleras hacia el andén subterráneo, el olor a hierro caliente y a sudor de la estación me recordó que el lunes por la tarde se abría mi nueva condena.

El traslado definitivo a la planta noble de la central ya estaba firmado.

A partir de la semana que viene, trabajaría a solas en el mismo pasillo que Daniel.

Iba a necesitar algo más que cincuenta euros y orgullo de gaditana para no terminar estrellándome contra sus cristales.