CAPÍTULO 9 #2
—Él dice que es imposible —continuó Lucía, dando un trago corto—.
Dice que el apellido Vidal pesa demasiado en Madrid como para dejarlo caer ahora.
Que su padre no le perdonaría jamás que dejara los balances a medias.
Antonio es... complicado. Supongo que ya te habrás dado cuenta de cómo trata a la gente.
—Yo solo limpio su despacho por las tardes, Lucía. No hablo con la dirección de la empresa.
Lucía soltó una risa corta, una pincelada irónica que me recordó, de una forma jodida, a mis propios muros de defensa.
—Haces bien. En esta familia, cuanto menos hables y menos mires a los ojos, menos fango te salpica a la ropa.
Daniel lleva cinco años intentando demostrarle a su padre que es capaz de llevar la gerencia él solo, pero Antonio nunca lo deja volar.
Le fiscaliza cada contrato, cada contrata de limpieza, cada movimiento.
Daniel vive con una úlcera en el estómago que disimula muy bien detrás de esos polos negros que se pone para parecer seguro de sí mismo.
Se quedó mirando al vacío, hacia los tejados de pizarra de Diego de León que se ponían grises por el calor de la tarde.
No era la esposa celosa marcando territorio; era una tía atrapada en un diseño de vida perfecto que le venía estrecho por todas partes, buscando un testigo sordo en mitad de una aburrida tarde.
—El problema de los hombres como Daniel —dijo en un susurro, casi para sí misma— es que son demasiado buenos para el mundo en el que les ha tocado vivir por herencia.
Intentan salvar a todo el mundo que tienen alrededor antes de salvarse a sí mismos.
Y al final, el fango de su padre nos termina arrastrando a los dos.
Me quedé helada, con el vaso de agua a medio terminar entre las manos.
Saber aquello lo complicó todo hasta el extremo de la locura.
Hubiera sido una delicia que Lucía fuera un monstruo superficial para justificar mis miradas en el pasillo de la central.
Hubiera sido perfecto que fuera una mujer fría a la que Daniel no soportara.
Pero la verdad delante de mis ojos era una bofetada: Lucía quería a Daniel de verdad.
Lo conocía al milímetro. Sabía lo de la úlcera nerviosa, lo de los polos negros y el peso exacto de la cadena de caoba que Antonio le tenía puesta al cuello.
No había un villano. Había un matrimonio real, roto por la presión del apellido, pero unido por cinco años de inercia y un cariño de lino verde oliva que yo no tenía ningún derecho a pisar con mis botas de suela de goma y mis catorce euros en la cuenta.
—Lucía —la voz de Rosa sonó desde el pasillo, alta y áspera, rompiendo el cristal de la conversación—. He terminado con los rieles del fondo. ¿Paso al baño de invitados o prefiere que le demos una pasada a la terraza del salón?
Lucía dio un respingo, como si se acabara de despertar de un sueño de tres minutos. Se levantó del sofá de piel, se colocó la camisa con un gesto mecánico y me dedicó una sonrisa corta, de cortesía.
—A la terraza, Rosa, por favor. El polvo de las obras de enfrente lo ha dejado todo negro esta semana.
Dejó su vaso vacío en la bandeja de plata y caminó hacia el pasillo con ese paso fino de las tías que nunca han tenido que arrastrar un carrito de la limpieza.
Me quedé sola frente a la mesa de mármol de Carrara. Dejé mi vaso a medias en el suelo y agarré la bayeta amarilla con una rabia sorda que me subía por las muñecas. El agua fría me estaba goteando en el pantalón del uniforme.
Javi, mi ex, me había engañado en Cádiz con una que se parecía bastante a Lucía: limpia, fina, de las que no dicen tacos.
Yo había aprendido la lección a golpes en el sur.
Los hombres como Daniel no se quedan con las chicas como yo.
Las chicas como yo somos el desvío en la carretera, la parada de emergencia para cuando sus vidas perfectas se vuelven demasiado planas y predecibles.
Se acabó. Decidí poner distancia allí mismo, mientras le daba la primera pasada al cristal del ventanal del salón.
Mañana borraría el papel de la calle de la Luna que Daniel me había dejado entre las bayetas.
Buscaría una habitación por mi cuenta, aunque tuviera que pedirle dinero al banco o meterme a doblar turnos en el McDonald's hasta que me sangraran los ojos.
No iba a ser la otra. No iba a ser el cliché barato de la limpiadora y el hijo del jefe.
La dinámica tenía que cambiar. A partir de mañana, Daniel Vidal sería solo el tío que firmaba mi nómina. Si me miraba, miraría al suelo. Si me hablaba, contestaría con monosílabos.
A las tres de la tarde terminamos el piso. Quedó impecable, tan brillante que dolía mirar el reflejo del sol en los cristales. Lucía bajó de su altillo, nos dio las gracias con la misma amabilidad del principio y nos despidió en la puerta con un saludo ligero.
Caminé hacia el metro sola porque Rosa tenía que pasar por el taller a mirar un ruido de la furgoneta.
Me metí en el vagón de la línea 4 y me apoyé contra la barra metálica.
El tren arrancó con un traqueteo violento que me removió las tripas.
Saqué el móvil del bolsillo para revisar si me habían ingresado la última semana del McDonald's. No había transferencia.