A un milímetro de ti CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Apareció ella. Lucía de Vidal.

Llevaba unos pantalones blancos de lino impecables, sin una sola arruga, y una camisa de seda color crema con las mangas remangadas de manera informal hasta la mitad de los antebrazos.

Tenía el pelo castaño, denso y brillante, recogido en una coleta perfecta, baja y suelta; de esas que parecen hechas a la carrera antes de cruzar el pasillo pero que delatan veinte euros de peluquería de diseño en la calle Serrano.

No estaba maquillada, pero no le hacía la más mínima falta.

Olía a jazmín fresco y a una crema hidratante cara, de esa que se compra en farmacias con solera donde jamás te miran el precio antes de pasar la tarjeta de crédito.

Era guapa de una forma sutil, heredada de generaciones, de las que no necesitan elevar el tono de voz para que se note que nunca en la vida han tenido que mirar el saldo de una cuenta corriente antes de pasar por la caja de un supermercado.

—Hola, Rosa. Pasad, por favor —dijo con una sonrisa educada, apartándose hacia un lado con un movimiento ágil para dejarnos sitio en el recibidor.

Su voz era suave, modulada, con ese deje cantarín y seguro de las tías que jamás han tenido que gritar por encima del estruendo de una máquina industrial para que las escuchen en una habitación.

—Buenos días, señora Lucía. Esta es Elena, la chica nueva que ha entrado esta semana para cubrir los extras y las bajas de la ruta norte —la presentó Rosa, dando un paso firme hacia el pasillo de parqué brillante cargando el pesado aspirador de la empresa sobre el hombro como si fuera un fusil.

Lucía me miró. Sus ojos eran claros, limpios, completamente ajenos al desastre de números, sospechas y paranoia que yo llevaba bullendo dentro de la cabeza desde las seis de la mañana.

Me dedicó una sonrisa limpia, de las que van de verdad a los ojos y desarman a cualquiera.

No se alejó un ápice por verme el polo gris gastado con el logo de la empresa ni arrugó la nariz por el rastro de amoníaco que Rosa y yo ya debíamos de desprender después de cargar el material en el furgón del polígono.

—Hola, Elena. Bienvenida a la casa —dijo, tendiéndome una mano fina, de dedos largos, con las uñas pintadas de un tono porcelana impecable. En el dedo anular brillaba una alianza de platino y diamantes que capturó al vuelo el reflejo del halógeno del techo.

Le estreché la mano con timidez, aflojando la fuerza de mis dedos de forma consciente para no lastimarla ni mancharla con la roña grisácea que se te queda incrustada de manera crónica en las cutículas después de currar con las bayetas húmedas.

—Hola —alcancé a decir. El acento de Cádiz me salió estrangulado, bajito, como si me diera vergüenza ocupar espacio en su propio suelo.

La odié. Durante tres segundos exactos, la odié con toda la fuerza y el rencor acumulado de mis setenta euros en la cuenta.

La odié por ser perfecta, por no tener marcas de ojeras de insomnio en las pestañas, por estar casada con el hombre que a mí me quitaba el sueño y por tener una vivienda señorial que olía a hogar estable, a mañanas tranquilas y a futuro asegurado.

Y justo después, me odié a mí misma con el doble de intensidad.

Porque Lucía no me estaba mirando por encima del hombro.

No era la villana estúpida, soberbia y estirada de las telenovelas que te tira el dinero al suelo para ver cómo te arrodillas a recogerlo.

Era una tía educada, normal, que me estaba dando la bienvenida a su intimidad sin tener ninguna necesidad contractual de hacerlo.

Eso lo hacía todo muchísimo peor para mi conciencia.

Si fuera una bruja soberbia, todo sería idílico.

Podría llamarla pija estúpida por dentro, limpiarle los baños de mala gana con un desprecio silencioso y seguir con mi vida sin remordimientos.

Pero no lo era. Era buena gente. Y yo era la intrusa, la muerta de hambre que se guardaba papelitos con la letra manuscrita de su marido detrás de la funda de plástico del móvil.

—Daniel me habló de ti ayer por la tarde cuando llegó a casa —comentó Lucía con absoluta naturalidad mientras nos guiaba por el pasillo hacia el salón de techos altos—.

Me dijo que habías entrado esta semana en la plantilla del almacén y que eras muy minuciosa, muy trabajadora.

Está bastante preocupado por los cambios de turno que hace mi suegro; dice que los últimos cuadrantes no son justos con la gente que viene de fuera.

Me quedé de piedra en mitad del pasillo, sintiendo un vuelco violento en el estómago que me dejó sin aire. Rosa ni se inmutó; siguió recta hacia la terraza del fondo con el cubo de fregar y el soplete de la vaporeta industrial.

—Daniel... intenta que las cosas cuadren para todos en el polígono —atiné a responder, midiendo cada letra para no cometer un error imperdonable.

—Sí, es demasiado bueno para esa empresa y para los lobos que hay allí metidos —Lucía sonrió de lado, con un deje de profunda y antigua resignación—.

A veces se carga a la espalda demasiados problemas que no son suyos, intenta arreglar el mundo.

Bueno, os dejo tranquilas para que organicéis el material.

Voy a estar en el despacho de arriba terminando unos diseños de decoración para un cliente, si necesitáis cualquier cosa me dais un grito.

Se dio la vuelta y subió con paso ligero las escaleras de caracol de madera que daban a un altillo acristalado.

El piso de Diego de León seguía oliendo a vacío por mucho amoníaco que le metiéramos al cubo.

Era el olor específico de las casas que se usan poco, donde la gente duerme y desayuna pero no vive de verdad.

Donde las habitaciones están perfectamente ordenadas porque nadie tira nada al suelo ni deja un vaso sin fregar porque hay demasiado espacio entre las personas como para que la dejadez sea un acto de confianza.

Limpié el salón con ese pensamiento dando vueltas.

Lucía era diseñadora de interiores, lo había mencionado mientras subía las escaleras.

El salón lo había decorado ella misma, seguramente.

Los cojines de lino gris dispuestos en ángulos precisos sobre el sofá blanco.

El jarrón de cerámica japonesa sobre la consola de roble.

La lámpara de pie con la pantalla de papel de arroz que daba una luz cálida, de las que hacen que cualquier espacio parezca que tiene alma aunque no la tenga.

Era bonito. Era muy bonito. Era tan bonito que dolía un poco mirarlo.

A media mañana, Rosa se encerró en la suite principal a darle caña a los rieles de las ventanas.

El ruido del motor de la vaporeta llenó el pasillo como un animal atrapado.

Yo me quedé en el salón, de rodillas frente a la mesa baja de mármol de Carrara, pasándole el paño de microfibra a los cantos con un cuidado que rozaba la obsesión.

No porque la mesa lo necesitara. Sino porque si paraba, si dejaba de moverme, tendría que pensar en el hombre cuya letra recta guardaba en la funda del móvil y en la mujer que acababa de ofrecerme agua con hielo como si fuera una persona.

El problema de Lucía no era que fuera una bruja.

El problema era exactamente el contrario.

Era que había bajado las escaleras de su propio piso con una bandeja de plata y me había hablado de su marido con la confianza de quien lleva demasiado tiempo sin tener a nadie que la escuche de verdad.

Me había tratado como a un igual sin saberlo, sin pretenderlo, sin ningún cálculo detrás.

Y eso me había metido en un territorio en el que yo no tenía ningún derecho a estar.

Froté el canto de la mesa hasta que el mármol brilló.

Luego froté el otro lado. Luego el fondo.

Luego volví al primero por si me había dejado algo sin frotar.

Era culpa, lo reconocía. Una culpa pequeña, mezquina, de las que no te da derecho a ser víctima porque el único daño que has hecho hasta ahora es guardar un papel en el bolsillo trasero del vaquero.

Pero la culpa no entiende de proporciones.

La culpa es una limpiadora muy eficiente: te saca brillo a todo sin que se lo pidas.

El ruido rítmico del motor de la vaporeta y los soplidos de vapor a presión llegaban desde el fondo como un zumbido lejano de avión.

Lucía volvió a bajar. Esta vez no traía planos, traía dos vasos de cristal grueso llenos de agua con cubitos de hielo sobre una bandeja pequeña de plata labrada.

Se detuvo a apenas un metro de mi bayeta gris.

—Toma —dijo, ofreciéndome uno de los vasos—. Debes de estar muerta de calor con esa bata. Este piso es un auténtico horno si entra el sol de lleno por los balcones y no encendemos el aire central.

Me incorporé despacio, limpiándome las manos en los costados de la bata antes de aceptar el cristal frío. El contraste del hielo contra mis dedos resecos por el desinfectante fue como un latigazo.

—Gracias, señora.

—Lucía, por favor —se sentó en el borde del sofá de piel blanca, cruzando las piernas largas con una elegancia innata. Se quedó mirando el agua, haciéndola girar lentamente entre sus dedos finos—. Daniel me ha dicho que eres de San Fernando.

El nombre de Daniel en su boca, ahora que sabía que él me defendía en la intimidad de su casa, me dio otro viaje helado en el pecho. Mantuve el vaso firme para que el hielo no tintineara contra el cristal y me delatara.

—Sí. De allí soy, de la Isla.

—Me encanta el sur —murmuró. No había condescendencia en su tono, sino un cansancio real, una desgana que se le pegaba a las comisuras de los labios—.

A veces le digo a Daniel que deberíamos mandar todo esto a la mierda, vender la constructora, dejar las oficinas del polígono y comprarnos una casa pequeña cerca del mar.

En Sancti Petri o en Tarifa. Perdernos un poco y dejar de correr.

Guardé silencio. El aire en el salón se había vuelto denso, casi irrespirable.