A un milímetro de ti CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La orden de trabajo con el nombre de Lucía de Vidal seguía quemándome en la mente a las seis de la mañana, como una marca al rojo vivo que no me dejaba respirar.

No le había dicho nada a Rosa al subir a la furgoneta en el polígono.

Me guardé el correo electrónico impreso en el bolsillo de la bata gris, doblado muy pequeño, como quien guarda una granada sin anilla en el bolsillo trasero y reza para que el bache de la carretera no la haga estallar antes de tiempo.

—Hoy nos toca un extra de última hora antes de empezar la ruta habitual del norte —dijo Rosa, metiendo tercera con una brusquedad que hizo crujir la caja de cambios vieja mientras sorteábamos los camiones de la basura y el primer tráfico de reparto en la calle Alcalá—.

Un piso en Diego de León. Una limpieza a fondo de las de antes, de las que te dejan las muñecas tiesas y las uñas comidas por la lejía verde.

—¿De quién es el piso? —pregunté, forzando la voz para que sonara casual, fingiendo que miraba por la ventanilla sucia el cielo gris plomo de un Madrid que se despertaba de mala gana.

—De la nuera del viejo. Lucía. La mujer de Daniel —Rosa soltó un bufido despectivo por la nariz y giró el volante para meterse por el carril central—.

Se ve que tienen una cena de esas de compromiso el fin de semana, con gente de los ministerios y socios de las contratas, y quiere los cristales impecables y el parqué encerado.

No le gusta limpiar lo que ensucia. A ninguna de esas les gusta, Elena.

Para eso nos pagan a nosotras las horas extra, para quitarles la porquería de la vista sin que tengan que mancharse las manos de crema.

Me recoloché en el asiento del copiloto, clavándome el muelle oxidado de siempre en la base de la espalda. El estómago se me cerró con un crujido frío.

Caminamos por el tramo de la M-30 en un silencio espeso, de los que se te pegan a la garganta.

Rosa conducía con los ojos entrecerrados por la solana que empezaba a romper los bloques de hormigón, chupando un caramelo de menta fuerte para engañar al hambre, al sueño o al cansancio acumulado de la semana.

Tenía los dedos curtidos, ásperos, las yemas de las uñas un poco desgastadas y blanquecinas por el uso constante de los productos químicos sin guantes, y unas arrugas profundas, marcadas a cincel alrededor de los labios; de esas que solo salen de apretar los dientes durante muchos años seguidos para no ponerse a gritar.

—¿Por qué sigues aquí, Rosa? —pregunté de golpe, sin pensarlo dos veces.

El acento de Cádiz me salió despojado de cualquier ironía, limpio de esa coraza de sabelotodo que solía ponerme en Madrid.

Era una pregunta limpia, desnuda. Doce años fichando cada mañana en Limpiezas Vidal me parecían, ahora que yo también tenía treinta, una condena a cadena perpetua en un zulo de amoníaco.

Rosa no apartó los ojos del carril bus ni un solo segundo. Tardó tanto en responder que pensé que iba a mandarme a la mierda por meterme donde no me llamaban o que simplemente ignoraría la impertinencia de la nueva.

—Porque las facturas de la luz y el comedor de los niños no se pagan con orgullo, gaditana —dijo al fin.

Su voz sonó más ronca y gastada que de costumbre, como si tuviera lija en las cuerdas vocales—.

Hace doce años mi marido se cayó de un andamio de la tercera planta en una obra ilegal en Usera.

Se mató en el acto, contra el suelo de cemento.

La empresa constructora se declaró en quiebra a los tres días, se lavó las manos y yo me quedé viuda de la noche a la mañana, con treinta y cuatro años, una mano delante y otra detrás, y dos críos que mantener en un piso de alquiler.

Uno de diez años y una niña de seis que todavía usaba pañales por las noches.

Frenó con un golpe seco detrás de un autobús de la EMT. El olor a embrague quemado y a gasoil rancio entró directo por la rejilla del aire acondicionado estropeado.

—Antonio Vidal me dio el trabajo de limpiadora al día siguiente del entierro —continuó, mirando fijamente la matrícula del autobús—.

Me pagó el primer mes por adelantado en un sobre, en mano, para que pudiera ir al supermercado a rellenar la nevera y que mis hijos cenaran caliente esa semana.

Por eso le aguanto los gritos en la oficina.

Por eso le aguanto los recortes en los pluses de transporte y las horas extra que nos roba en los cuadrantes.

Porque cuando el mundo entero me cerró la puerta en las narices y me dejó tirada en la acera, ese viejo miserable me dio una fregona y un cubo para que los míos no pasaran hambre.

Mi hijo mayor acaba de terminar ingeniería industrial en la Politécnica el mes pasado.

El título universitario está pagado con el amoníaco y el sudor de estos doce años.

Así que fíjate si le debo fidelidad a la empresa.

Me quedé callada. Completamente muda, sintiendo que la ropa de Limpiezas Vidal me pesaba tres kilos más sobre los hombros.

A veces vas por la vida creyendo que eres la única que va sangrando por las esquinas, que tu servilleta arrugada y tus catorce euros en la cuenta son la desgracia más grande del bar.

Miré las manos de Rosa, fijas sobre el plástico gastado del volante.

Ya no vi a una sargenta amargada por el turno de mañana y obsesionada con los partes de incidencias.

Vi un escudo. Una mujer herida que había decidido que las reglas del juego de Madrid eran una mierda absoluta, pero que iba a jugarlo hasta el final, tragándose el orgullo, para que los suyos no se hundieran en el barro.

Representaba todo lo que yo temía convertirme y, a la vez, todo lo que respetaba en este mundo: la resistencia pura, de raza, sin adornos, sin medallas y sin compasión.

La furgoneta se detuvo frente al semáforo en rojo del cruce de Diego de León. Rosa apagó el motor con un giro rápido de la llave para no gastar una gota de gasolina de la cuenta de la empresa. Se giró hacia mí despacio, apoyando el brazo en el respaldo del asiento.

—¿Te gusta Daniel? —pregunté de golpe.

La pregunta me cayó encima como un cubo de agua congelada extraído del fondo de un pozo. No hubo anestesia previa. No hubo rodeos, ni preámbulos institucionales. Me pilló con la guardia baja.

—No —dije.

La palabra me salió demasiado rápido de la boca, demasiado seca, como un disparo de fogueo.

Una mentira burda, de las que se quedan flotando entre las dos en mitad del salpicadero porque pesan demasiado para caer al suelo por su propio peso.

Sentí que las mejillas y el cuello me ardían en un segundo, y maldije para mis adentros mi piel pálida, que no sabe esconder un embuste ni debajo del maquillaje barato.

Me costó decírselo a ella, precisamente a ella, que me acababa de poner su vida entera sobre el plástico de la furgoneta sin pedir nada a cambio.

Rosa me sostuvo la mirada durante tres segundos que se me hicieron eternos, de los que te hacen sudar las palmas de las manos.

Su mirada, cargada con toda la información y las miserias que llevaba doce años guardando en los archivos de la primera planta, me escanearon la frente, las ojeras de la siesta rota y la tensión evidente de los hombros dentro de la bata gris.

Ella sabía leer a las mujeres de la contrata mejor que nadie.

No me replicó. No me dijo que era una mentirosa de mierda, ni que se me notaba el vuelco del corazón en la forma en que respiraba cada vez que Daniel entraba en el almacén o sonaba el teléfono en la cocina común.

Solo guardó el caramelo de menta en el lado derecho de la mejilla, asintió una vez con la cabeza de forma casi imperceptible y volvió a poner las dos manos sobre el volante para arrancar el motor diésel en cuanto el semáforo se puso en verde.

Ese silencio de Rosa fue mil veces peor que cualquier sermón de madre o cualquier bronca de oficina.

Fue un silencio de advertencia pura, el de quien ya ha visto esa misma película tres veces en la empresa y sabe exactamente el nombre de los créditos finales.

Sabía perfectamente que las empleadas temporales que miraban de más al heredero, a Daniel Vidal, acababan siempre metidas en el mismo callejón sin salida: con el corazón roto, la dignidad por los suelos y la hoja de despido disciplinario firmada sobre la mesa de la entrada.

Los Vidal no se mezclaban con el servicio; solo lo usaban para limpiar la casa.

Aparcó la furgoneta abollada en la esquina sombreada de la calle Diego de León. El edificio era de piedra gris pulida, con balcones de forja negra y un portalón de madera maciza que olía a cera cara y a dinero antiguo, de ese que no necesita hacer ruido para que se note que está ahí.

—Coge el cubo de los cristales, el líquido azul y la bayeta amarilla de microfibra, Elena —dijo Rosa, bajándose de la furgoneta de un salto—. Y recuerda lo que te dije ayer por la tarde en el zulo. Cabeza abajo, ojos al suelo y no hables si no te preguntan.

Subimos en un ascensor señorial que tenía las paredes cubiertas de espejos con marcos dorados.

Al cerrarse las puertas automáticas, me vi reflejada de cuerpo entero: el polo gris de Limpiezas Vidal con las letras bordadas en el pecho, los vaqueros desgastados por las rodillas y el pelo recogido en una pinza de plástico de los chinos.

Estaba limpio, sí, pero al lado de la madera de roble del ascensor me sentía ridícula, fuera de lugar, como un defecto de fábrica en mitad del lujo de Salamanca.

Las manos me temblaban un poco, de forma rítmica, alrededor del asa de plástico azul del cubo de fregar.

Rosa caminó por el pasillo del segundo piso, alfombrado con una moqueta granate que amortiguaba los pasos y dejaba el ala del edificio en un silencio sepulcral, hasta detenerse frente a la puerta de madera noble del Segundo Izquierda.

Sacó el dedo índice, con la uña gastada por el cloro, y presionó el timbre de latón dorado.

El sonido resonó al otro lado de la madera, fino, agudo, elegante.

Una campanilla de las que avisan de que el servicio ha llegado a la hora en punto.

Escuché de inmediato unos pasos cortos acercándose desde el interior profundo del piso.

Pasos suaves, ligeros, el roce de unos zapatos de suela de cuero sobre el parqué recién pulido.

Rosa me miró de reojo una última vez, con los labios apretados en una línea fina que parecía una advertencia de muerte. El pomo de latón de la puerta empezó a girar hacia abajo con un clic seco.