A un milímetro de ti CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

A las seis de la mañana, la realidad me pegó el primer guantazo en la cara.

Llegué a las oficinas dispuesta a subir a la furgoneta de Rosa. Ella ya estaba allí, pero no tenía el motor arrancado. Estaba apoyada en el capó, fumándose un cigarrillo con los ojos fijos en la entrada del callejón.

—No arranques la mopa todavía, gaditana —dijo, soltando el humo por la nariz—. El viejo ha metido la mano en el cuadrante.

—¿Qué? —Me detuve con la mochila al hombro.

—Que te ha quitado la ruta de Arturo Soria. Se la ha dado a Juana. A ti te ha pasado al turno de tarde en el polígono de San Fernando. Oficinas. Empiezas a las cuatro.

Hice cuentas mentales sobre la marcha. El turno de mañana eran ocho horas. El de oficinas de la tarde eran cinco. Tres horas menos. Tres horas que se borraban de mi nómina de agosto como por arte de magia. Treinta y cinco euros menos para la fianza.

—¿Por qué? —pregunté, sintiendo que la sangre se me calentaba.

—Porque puede —Rosa tiró la colilla al suelo y la aplastó con la puntera del zapato—. Te lo dije ayer. Es el patrón. Te sonríe, te ve dócil, y al día siguiente te muerde para ver cómo reaccionas. Quiere ver si te quejas o si tragas.

No me lo pensé. Crucé el pasillo de la entrada y subí las escaleras hacia los despachos de la primera planta.

El suelo de terrazo crujía bajo mis zapatillas.

La puerta del despacho de Antonio Vidal estaba abierta de par en par.

Él estaba sentado detrás de su mesa de caoba, con el polo blanco impecable y un catálogo de coches abiertos frente a él.

—Antonio —dije, entrando sin llamar.

Él levantó la vista. La sonrisa encantadora del día anterior apareció en su sitio, exacta, ensayada frente al espejo.

—¡Elena! Buenos días, guapa. Qué madrugadora. Así me gusta.

—Rosa me acaba de decir que me has cambiado el turno. El de la tarde tiene tres horas menos.

Antonio cerró el catálogo despacio. No se molestó en ponerse serio. Mantuvo la sonrisa, pero los ojos se le volvieron fríos, duros como canicas de cristal.

—Un ajuste de última hora, mujer. Cosas de la empresa. Juana conoce mejor la zona de Arturo Soria y el cliente es muy exigente. A ti te viene mejor empezar más tarde, ¿no? Así descansas del McDonald's. Lo hago por tu bien.

—Por mi bien no me quites treinta y cinco euros de la nómina —le solté, dando un paso hacia la mesa. No me iba a achantar. En los bares de Cádiz he echado a tíos el doble de grandes que él por tocarme las narices—. Necesito las horas que firmé en el contrato.

Antonio se reclinó en su silla de piel. Se pasó la mano por el pelo canoso, entornando los ojos.

—El contrato dice que el horario está sujeto a las necesidades de la producción, Elena —su voz seguía siendo suave, pero arrastraba una amenaza velada—.

Aquí funcionamos así. Hoy te quito tres horas, la semana que viene te doy cinco extra.

Hay que ser flexible. La flexibilidad es lo que hace que una empleada sea...

valiosa. Si empezamos con exigencias el segundo día, a lo mejor es que este no es tu sitio.

El mensaje era cristalino. Traga o a la calle.

Rosa apareció en el marco de la puerta. No dijo nada, pero me puso una mano en el brazo. Un apretón firme, corto. Me estaba diciendo que me callara. Que dar un paso más era caerme por el barranco.

Respiré hondo. El olor a su colonia barata me revolvió el estómago. Sabía a lo que había venido a Madrid, sabía lo que valían mis cuentas. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

—De acuerdo —dije, tragándome el orgullo como si fuera arena de playa—. A las cuatro en San Fernando.

—Esa es mi chica —Antonio volvió a sonreír, satisfecho de haber marcado el territorio—. Sabía que nos entenderíamos. Anda, ve a descansar.

Salí del despacho sintiéndome sucia. Rosa me siguió por el pasillo hasta la calle. El sol ya empezaba a picar en el asfalto.

—Bien hecho —murmuró Rosa cuando estuvimos lejos del portal—. Si le gritas, estás fuera antes del mediodía. El viejo es un miserable, pero es el dueño. Al menos ahora ya sabes de qué pie cojea. No vuelvas a cometer el error de reclamarle nada a solas.

Pasé la mañana en el piso deambulando entre cajas de cartón ajenas. Intenté dormir, pero la rabia no me dejaba. Tenía la sensación de tener el agua al cuello y que cada uno que se acercaba intentaba empujarme un poco más hacia el fondo.

A las tres de la tarde salí hacia el polígono. Limpiar oficinas vacías es más triste que los chalets. El suelo de moqueta gris, las papeleras llenas de post-it y el silencio roto solo por el zumbido de los servidores. Estuve cinco horas dándole a la mopa, descargando la frustración en cada pasada.

Cuando salí, eran las nueve y media de la noche. El polígono estaba desierto.

Saqué el móvil del bolsillo para buscar la boca de metro más cercana. Tenía una notificación de mensaje.

De: Daniel Vidal

Elena. Acabo de ver el cambio de cuadrante que ha hecho mi padre.

Lo siento mucho. Ha sido una decisión suya de la que no me ha informado hasta que ya estaba firmada en la junta de las seis.

Estoy intentando reajustar la ruta de mañana para devolverte esas tres horas en otro servicio de la zona.

Por favor, no pienses que esto funciona siempre así en Limpiezas Vidal. Mañana en la oficina lo arreglamos.

Me detuve bajo una farola vieja que parpadeaba con un zumbido agónico en la esquina con Bravo Murillo. El aire de la noche seguía pesado, pegajoso de asfalto recalentado, pero al leer el texto se me quedó el cuerpo frío.

El mensaje no era profesional en absoluto.

No ponía "Un saludo" al final, ni venía con el membrete corporativo automático que usaban para las comunicaciones del personal de base.

No era la plantilla aséptica de la empresa.

Se notaba a la legua que lo había escrito deprisa, de tapadillo desde algún sitio, y las palabras se atropellaban en la pantalla como si tuviera urgencia por justificarse ante mí. "Lo siento mucho".

Un jefe de zona no le pide perdón a una limpiadora eventual y sin antigüedad por un cambio de turno imprevisto; la borra del cuadrante y punto, que para eso sobran manos en las listas de espera.

Un Vidal de pura cepa no se disculpa jamás por lo que decide el dueño de la empresa, y menos ante el último eslabón de la contrata.

Leí el mensaje dos veces, fijándome en los puntos seguidos, en la falta de formalidad.

Sentí el mismo calor extraño en mitad del pecho que cuando estuvimos pegados en el almacén de la central, pero esta vez el latido venía mezclado con un sabor ácido a duda.

¿Era verdad todo aquello? ¿De verdad Daniel se estaba partiendo la cara con su padre por tres horas de mi sueldo, o era simplemente la capa de vaselina que la familia usaba estratégicamente para que el golpe del viejo Antonio doliera menos al día siguiente?

El poli bueno que te recoge la mopa y el poli malo que te recorta la nómina.

Una táctica de manual, vieja como el mundo de los negocios.

Miré de reojo el trozo de papel arrugado con la dirección de la calle de la Luna que todavía llevaba guardado en la funda transparente del móvil, justo detrás del cristal.

Daniel quería ayudarme a salir a flote con lo del piso en Tetuán.

O tal vez, lo que de verdad quería, era tenerme en deuda con él, controlada mediante pequeños favores de gerencia que yo no pudiera rechazar.

En este tablero de ajedrez cutre que manejaban los Vidal, yo era claramente la pieza más barata y prescindible de la mesa, y lo peor de todo era que no terminaba de entender quién de los dos estaba moviendo los hilos de la partida a mis espaldas.

Me apoyé en la barandilla de hierro forjado de la boca de metro, viendo las escaleras de piedra que bajaban directas hacia la oscuridad subterránea.

El móvil seguía iluminado en mi mano derecha, quemándome la palma, esperando una respuesta que cortara el aire.

Escribí tres contestaciones diferentes, buscando el equilibrio exacto entre el orgullo y la necesidad de conservar el empleo, pero las borré todas antes de darle al envío.

El botón de retroceso me pareció un escudo.

Al final, guardé el teléfono en el bolsillo trasero del vaquero sin contestar una sola letra.

No quería darle el gusto de que supiera que estaba pendiente de su pantalla a esas horas. No quería que supiera que su disculpa de heredero me importaba bastante más que las tres horas de sueldo que me habían robado del cuadrante de la tarde.

Bajé los escalones del metro despacio, agarrándome a la barandilla grasienta, sintiendo el cansancio acumulado de la jornada metido en los gemelos y el aire caliente, viciado de hollín y frenazo, del suburbano dándome de lleno en la cara nada más cruzar los tornos.

Cuando llegué al andén de la línea 1, el tren acababa de irse; se veía el reflejo rojo de los faroles traseros perdiéndose por la curva del túnel negro.

La pantalla digital del techo marcaba doce minutos de espera para el siguiente convoy. Una eternidad a esas horas de la noche.

Saqué el teléfono otra vez de la cazadora, solo por hacer algo en mitad de ese andén vacío que olía a desinfectante barato.

El indicador de la batería parpadeaba en rojo, exhausto, al cuatro por ciento de su capacidad.

Justo antes de que la pantalla se apagara del todo, dejándome a oscuras, entró otra notificación con un pitido sordo.

Un correo electrónico con el membrete oficial de la central de la empresa.

Un aviso de cambio de última hora para la ruta de mañana por la mañana, firmado por la secretaría técnica de la primera planta.

Al abrir el archivo adjunto, estiré la vista sobre los píxeles moribundos y busqué la dirección del servicio.

No era una oficina bancaria del polígono, ni un chalet acristalado de los que limpiábamos en la Moraleja.

Era un piso particular, una vivienda de techos altos en pleno barrio de Salamanca, en una calle de portales señoriales y embajadas.

Y el nombre del cliente que figuraba en negrita en la orden de trabajo impresa me hizo congelarme en el sitio, olvidándome por completo del frío del andén y del cansancio de los brazos: Lucía de Vidal.