A un milímetro de ti CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El almacén de Limpiezas Vidal estaba en el sótano del edificio, justo detrás de las oficinas centrales, metido en las tripas de la nave como un búnker de hormigón.

Bajé las escaleras despacio, cargando dos cubos de plástico vacíos que resonaban con un eco metálico y molesto contra las paredes desnudas con cada paso que daba hacia el subsuelo.

Abajo el aire era distinto, más denso, cargado con el frío estancado de los sótanos que no ven el sol en todo el año.

Olía a humedad vieja, a cartón mojado que llevaba meses acumulándose en los rincones y a ese perfume industrial de pino superconcentrado que se te mete directo en la garganta nada más cruzar el umbral y te obliga a toser si no estás acostumbrada a respirarlo a diario.

Rosa me había mandado a por tres garrafas de desengrasante industrial del fuerte y un paquete de bayetas de microfibra de las de color azul para los cristales.

—Y no te entretengas por el camino, gaditana, que aquí el tiempo de los peones es dinero de los jefes y el viejo Antonio cuenta los minutos con cronómetro desde la primera planta —me había advertido con su habitual tono de sargenta antes de quedarse arriba, atrincherada tras la mesa de formica rellenando los partes de incidencias de las rutas de la tarde.

Empujé la puerta metálica de doble hoja. Cedió con un quejido agudo, un chirrido de bisagras oxidadas que pareció cortar el silencio del sótano como un cuchillo.

Pensaba encontrarme el lugar completamente vacío, un remanso de paz para estirar las piernas cinco minutos lejos de las broncas de la oficina, pero me equivoqué.

En el pasillo central, justo en el cruce de caminos entre dos estanterías metálicas de tres metros de alto que llegaban casi hasta el techo de forjado, estaba Daniel.

Discutía con un hombre bajito y canoso que llevaba un mono de trabajo azul marino con el logotipo de un distribuidor logístico y una tableta digital sucia de grasa bajo el brazo.

Me quedé quieta junto a la puerta, con los dos cubos colgados de las manos, observando la escena desde la penumbra.

Daba una impresión extraña verlo allí abajo.

Daniel desentonaba en mitad de esa cochiquera de palés de madera rotos y garrafas de amoníaco; llevaba una camisa de lino azul claro impecable, perfectamente planchada, y unos pantalones oscuros que parecían inmunes al polvo flotante del almacén.

Tenía los hombros tensos y la frente ligeramente fruncida, concentrando toda la luz mortecina del fluorescente que parpadeaba justo sobre su cabeza.

—No es lo que acordamos en la orden de pedido, Carlos —decía Daniel.

Tenía la voz firme, grave, pero llamativamente baja.

No gritaba ni una pizca. Esa era su marca personal, el truco que lo diferenciaba de la brutalidad barata de su padre: una calma gélida que tensaba el aire a su alrededor y obligaba a los demás a ponerse nerviosos por pura contención.

Su autoridad no necesitaba dar puñetazos en la mesa para que se notara el peso de los apellidos—.

En la factura de origen pone bien claro que son cincuenta cajas de guantes de nitrilo de la talla mediana.

Aquí, si cuentas los palés, solo han llegado treinta.

Y las veinte que faltan en el recuento ya están cobradas en el cargo de la semana pasada.

—El camión venía lleno hasta arriba esta mañana, Daniel, tú sabes cómo es la ruta del polígono.

No sé qué habrá pasado en el reparto del resto de naves —se justificó el proveedor, encogiéndose de hombros con una mezcla de fastidio y fatiga, intentando quitarle importancia al descuido con un gesto vago de la mano.

Daniel no se movió ni un centímetro. Se cruzó de brazos, manteniendo los ojos fijos en el tal Carlos con una fijeza que habría hecho sudar a cualquiera. Vi cómo apretaba los labios, un segundo apenas, midiendo el alcance del engaño o de la torpeza de la subcontrata.

—Pues búscalo en el registro de carga o llama a la central de transportes —concluyó Daniel, con una frialdad ejecutiva que no dejaba espacio a la réplica—.

Hasta que no estén las cincuenta cajas físicas aquí abajo, ordenadas en su balda, no pienso firmar el albarán de recepción ni autorizar el pago del pagaré. Así de sencillo.

El tal Carlos suspiró con fuerza, murmuró algo ininteligible entre dientes que sonó a queja de autónomo ahogado por las normas y pasó a mi lado a toda prisa, esquivando mis cubos de plástico sin mirarme y saliendo del almacén con cara de tener muy pocos amigos y muchas llamadas que hacer antes de que cerrara la oficina técnica.

Me quedé quieta junto a la entrada, sujetando los cubos.

Daniel se frotó la nuca con la mano derecha.

El aro de oro brilló bajo los fluorescentes parpadeantes del sótano.

Llevaba la camisa azul claro sin corbata y con las mangas remangadas hasta los codos.

Parecía cansado, pero cuando se giró y me vio, la expresión de su cara cambió. Se le suavizaron las facciones.

—Elena —dijo.

—Hola. Vengo a por material. Rosa me ha mandado a por desengrasante y bayetas.

—Están en el pasillo tres, al fondo —señaló con el bolígrafo que tenía en la mano—. Acompáñame. Te ayudo a cargarlo. Las garrafas pesan.

Caminamos juntos por el pasillo estrecho. Mis zapatillas negras de McDonald's hacían un ruido pastoso contra el suelo de cemento. Él caminaba despacio, adaptándose a mi ritmo. Nos detuvimos frente a una torre de garrafas de cinco litros de color azul pálido.

Daniel se agachó para coger una. Al levantarse, se quedó demasiado cerca. El espacio entre la estantería y yo apenas dejaba medio metro. Pude olerlo. Madera limpia y café negro. Nada de la colonia empalagosa de su padre.

—¿Cómo vas con Rosa? —preguntó, dejando la garrafa en el suelo, entre los dos.

—Es dura. Pero legal —respondí, apoyando la espalda en la estantería de enfrente—. Prefiero eso a los que te sonríen y luego te la clavan por la espalda.

Daniel asintió. Miró el suelo un segundo y luego volvió a mirarme a los ojos. Tenía esa forma de escuchar que daba miedo. Como si el resto del mundo se hubiera apagado.

—Mi padre ha estado esta mañana en tu ruta, ¿no? —Su voz bajó un tono.

—Sí. Ha ido a inspeccionar el ascensor de Fuencarral.

—¿Te ha dicho algo?

—Que prometo. Y que somos una gran familia —solté una risa seca, irónica—. Lo típico que te dice un jefe antes de pedirte que trabajes gratis.

Daniel hizo una mueca. No fue una sonrisa. Fue un gesto de desagrado que intentó camuflar de inmediato. Se guardó el bolígrafo en el bolsillo de la camisa. Al hacerlo, el dorso de su mano rozó sin querer el borde de mi cazadora vaquera. Ninguno de los dos se movió.

El silencio se instaló entre nosotros, espeso como el aire del sótano, cargado con esa electricidad estática que surge cuando dos personas se dan cuenta de que están solas en un lugar donde no deberían estarlo.

—Siento que tengas que aguantar eso —dijo de pronto, rompiendo la tensión con un tono que no tenía nada que ver con el que le había puesto al proveedor—. Las cosas aquí abajo deberían funcionar de otra manera. Con más orden, menos chapuzas.

—He aguantado cosas bastante peores en mi vida por setenta euros en la cuenta corriente, Daniel. No te preocupes por mí. Sé defenderme sola desde los quince años.

—Ya veo que sí —admitió con una media sonrisa que le atenuó un momento la dureza de la mandíbula.

Sus ojos se fijaron en los míos, bajando por un segundo imperceptible hacia mis labios antes de volver a subir, como si estuviera calculando la distancia exacta—.

¿De qué parte de Cádiz eres? Ayer, durante la llamada, me di cuenta por el acento.

Se te escapan las palabras al final de las frases.

—De San Fernando. La Isla —aclaré, y sentí que el orgullo de los míos me cambiaba el tono de la voz, volviéndolo un poco más rudo, más firme—. Tierra de salinas, de callejones blancos y de viento de levante de ese que te vuelve loca la cabeza si pasa más de tres días soplando de seguido.

—Nunca he estado en Cádiz —dijo, y su voz sonó casi nostálgica, como si hablara de un país extranjero del que solo hubiera visto postales—. Lo más al sur que he bajado ha sido a un congreso de logística en Sevilla, y apenas salí del hotel de la Cartuja.

Se apoyó también en la estantería metálica de los desinfectantes, justo enfrente de mí, imitando mi postura con una naturalidad que me puso en alerta. Si yo estiraba el brazo apenas diez centímetros, podía tocarle la tela fina del hombro.

—Pues te lo estás perdiendo —contesté, cruzándome de brazos para marcar el territorio—. Allí la gente no corre por los andenes del metro como si se les fuera la vida en cada transbordo. El tiempo va de otra manera, Daniel. Se mide por las mareas, no por los relojes de fichar del polígono.

—Suena bien. Demasiado bien para ser verdad. Aquí el tiempo siempre va en mi contra, como si tuviera que pagar una deuda que nunca se termina de liquidar.

Hablamos durante veinte minutos que se me pasaron volando, con los dos cubos vacíos descansando en el suelo de cemento como dos testigos mudos de mi desatención laboral.

Hablamos de nada y de todo, con esa fluidez peligrosa que da el cansancio de la tarde.

Me contó que de pequeño venía al almacén los sábados por la mañana a jugar con las cajas de cartón vacías y a esconderse entre los palés de lejía mientras su padre, Antonio, contaba el dinero de las cajas de la semana en la oficina de arriba, con la calculadora de bobina haciendo ruido.

Me contó, mirando al techo, que a él de chaval lo que de verdad le gustaba era la arquitectura, el diseño de estructuras, pero que acabó metido en la empresa familiar porque "alguien de confianza tenía que encargarse de los números si no queríamos acabar todos arruinados".

No mencionó a su mujer en ningún momento.

Yo tampoco pregunté por ella, ni busqué con la mirada el brillo de su alianza. Había una línea invisible y sagrada dibujada en el cemento gris del suelo, una barrera infranqueable hecha de un anillo de platino y un contrato laboral eventual que ninguno de los dos se atrevía a pisar.

Pero los cuerpos no entienden de líneas ni de convenios colectivos.

Cada vez que él cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro, buscando una postura más cómoda contra el hierro de la balda, su hombro casi rozaba el mío, compartiendo el aire que nos separaba.

En la penumbra densa del almacén, el calor que desprendía su piel era real, físico, una presencia abrumadora que me ponía la piel de gallina en los brazos a pesar del bochorno pegajoso del final del verano madrileño.

—¿Andar con cuidado? —preguntó él de pronto, mirándome fijo, como si pudiera leer las grietas de la pared—. ¿Por qué decidiste venir a Madrid si tanto echas de menos el sur?

—Por cambiar, supongo. Por no quedarme estancada viendo pasar los barcos.

Pensé que aquí, siendo el centro del mundo, habría más oportunidades para salir del bache.

Pero resulta que las oportunidades en Madrid son zulos interiores a ochocientos euros en pisos compartidos y contratos temporales de un mes que te renuevan de milagro si te portas bien.

—Si necesitas cualquier tipo de ayuda con lo del piso, con la fianza o lo que sea... —empezó a decir, dando medio paso hacia delante con un impulso espontáneo. El poco espacio de seguridad que nos separaba desapareció por completo, dejándome atrapada entre su pecho y la estantería.

—No —lo corté, un poco más rápido de la cuenta, endureciendo el gesto para que no viera la brecha.

No quería su lástima de hombre rico, ni sus favores de gerente, y menos aún un dinero que luego tuviera que pagarle de otra manera—.

No me hace falta ninguna ayuda de la empresa.

Me las apaño perfectamente sola, como he hecho siempre.

Daniel se quedó mirándome en silencio, asimilando el golpe de mi rechazo sin retirarse.

El ventilador de aspas oxidadas del fondo del almacén emitió un zumbido sordo, rítmico, como un metrónomo viejo que marcaba los segundos que nos quedaban antes de que alguien bajara las escaleras.

Él levantó la mano derecha, en un gesto completamente inconsciente, y con la punta del dedo índice rozó la esquina de la mesa metálica que tenía al lado, justo en el punto exacto donde yo tenía apoyada la palma de la mano.

No me tocó la piel, no llegó a rozarme los dedos, pero el impacto sordo de su uña contra el hierro frío me pegó un viaje por dentro que me hizo vibrar hasta las costillas.

—Eres muy orgullosa, Elena Castro —dijo en voz baja.

—Es lo único que tengo gratis, Daniel Vidal.

Él sonrió de verdad. Fue una sonrisa corta, limpia, que le cambió la cara por completo y le hizo parecer cinco años más joven. Se dio la vuelta, cogió las otras dos garrafas de desengrasante y las metió en mis cubos con cuidado de no hacer ruido.

—Sube esto antes de que Rosa baje a buscarte con un látigo —dijo, dando un paso atrás y devolviéndome el aire que me faltaba.

—Gracias por la ayuda —cogí los cubos. Pesaban, pero en ese momento me pareció que flotaba.

—De nada. Nos vemos arriba.

Salí del almacén cargando el material. Subí las escaleras de hormigón de dos en dos, con las piernas ligeras y una sensación extraña en el pecho. Al cruzar el pasillo de las oficinas hacia la furgoneta, me miré en el reflejo del cristal de la puerta de entrada.

Llevaba una sonrisa estúpida clavada en la cara. Una sonrisa que me duró todo el camino de vuelta en el metro y que no se me quitó ni cuando vi las cajas de cartón amontonadas en mi pasillo.

Me metí en mi habitación, dejé el bolso en el suelo y me senté en la cama. Al sacar el móvil para mirar la hora, me di cuenta de un detalle. Daniel me había ayudado a meter las garrafas en los cubos. Al llegar a casa, metí la mano en uno de ellos para sacar el paquete de bayetas de microfibra.

Debajo del plástico transparente de las bayetas había un papelito doblado en cuatro.

No era un número de teléfono. Era una dirección apuntada con la letra limpia y recta de Daniel, y una frase corta escrita debajo.

Al leerla, la sonrisa se me congeló en los labios.