CAPÍTULO 5
La búsqueda de piso en Madrid es un deporte de contacto.
No te lo dicen cuando subes al tren en Atocha con la maleta de lona, pero deberían ponerlo en un cartel en el andén.
Algo así como: Bienvenido a Madrid, donde un estudio de treinta metros cuadrados con humedad en el techo cuesta ochocientos euros y el casero te pide tres nóminas, un aval y el certificado de buena conducta de tus abuelos.
Llevaba dos horas con el móvil en la mano y la aplicación de pisos abierta cuando el café de la mañana se me había enfriado del todo.
Marta me había cobrado el alquiler esa mañana, el último mes completo con los gastos prorrateados, usando la transferencia directa sin avisar.
La cuenta había pasado de sesenta y ocho euros a catorce con cincuenta céntimos entre las ocho y las nueve, mientras yo desayunaba una tostada seca mirando las cajas de precinto del pasillo.
Catorce euros. El número tenía una precisión cruel, de los que no se redondean.
El problema no era solo el dinero, aunque el dinero era un problema monumental que me quitaba el sueño y me dejaba un sabor metálico en la boca cada mañana.
El problema real era la secuencia, ese engranaje perverso de la burocracia madrileña que está diseñado para que te quedes fuera del sistema si no vienes con los bolsillos llenos de serie.
Para alquilar un piso en Madrid necesitas una estructura perfecta que no se sostenga en el aire: nómina fija, un mes de fianza legal, el mes por adelantado para entrar a vivir y, si el casero es de los creativos que abundan en las aplicaciones, un mes adicional de garantía o un aval bancario que te cubra un año entero de impagos.
Para tener esa nómina impecable necesitas llevar al menos dos meses trabajando a jornada completa y que el departamento de recursos humanos no te tenga en periodo de prueba.
Yo llevaba cuatro días con la bata gris de Limpiezas Vidal.
La matemática de la capital era implacable, fría y dolorosamente personal.
No le importaba de dónde venías ni cuántas ganas tuvieras de frotar baldosas.
Abrí el primer anuncio de la lista en la pantalla del móvil.
Habitación en piso compartido, Vallecas, doscientos ochenta euros al mes.
Cuatro inquilinos conviviendo en sesenta metros cuadrados, un solo baño compartido donde las humedades debían de tener nombre propio, no se admiten mascotas, ni parejas, ni visitas después de las de las diez de la noche.
Las normas parecían las de un internado de monjas.
La foto del cuarto era tan oscura, tan mal encuadrada con el flash de un teléfono viejo, que parecía tomada en el rincón de un búnker nuclear de la guerra fría.
Daba depresión solo mirar el colchón desinflado en el suelo.
Le di al botón de contactar y rellené el formulario obligatorio con los dedos fríos.
Nadie contestó. El silencio digital de Madrid de las mañanas.
Segundo anuncio. Estudio en Carabanchel Bajo, quinientos cincuenta euros con los gastos de luz y agua incluidos en el precio.
Las fotos del anuncio tenían ese ángulo tramposo y específico de los espacios minúsculos fotografiados con un objetivo de gran angular para que el pasillo parezca el pasillo de un palacio y la encimera simule el doble de grande de lo que es en realidad.
Sabía perfectamente que en cuanto abriera esa puerta me iba a chocar con la nevera nada más entrar, pero no estaba la cosa para ponerse exigente con los metros cuadrados.
Llamé directamente al número de teléfono que aparecía abajo.
Descolgaron al tercer tono, con un ruido de fondo que sonaba a televisión encendida y platos fregándose.
—Dígame.
—Hola, buenas tardes. Llamo por el anuncio del estudio en Carabanchel. Quería saber si sigue disponible para entrar en septiembre.
—Sí, todavía está libre —la voz de una mujer mayor, seca, acostumbrada a repetir el mismo discurso diez veces al día—. ¿Cuántas personas sois para meter ahí dentro?
—Solo yo. Sería para mí sola.
—¿Tienes contrato fijo y nómina?
—Llevo cuatro días en un trabajo nuevo en una empresa grande de servicios, pero puedo aportar el contrato de trabajo firmado, el adelanto y—
—Lo siento, niña —me cortó sin la más mínima pizca de educación en la voz—. Necesitamos tres nóminas mínimo de antigüedad para el seguro de impagos que tenemos contratado. El mercado está muy mal y no nos la jugamos con nadie. Llama cuando tengas los papeles en regla.
Colgaron. El pitido intermitente de la línea cortada me sonó como una bofetada en mitad de la cara.
Me quedé mirando la pantalla negra del móvil, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso por la impotencia.
Eran las once de la mañana de un miércoles cualquiera y ya me habían rechazado dos veces sin molestarse siquiera en escucharme el acento del sur.
Tenía catorce euros exactos en la cuenta corriente y el treinta y uno de agosto marcado en rojo en el calendario de la cocina como una cuenta atrás silenciosa y macabra que amenazaba con ponerme las bolsas de basura en la acera.
Tercer anuncio. Habitación en piso de estudiantes, Moncloa, doscientos cincuenta euros.
El anuncio pedía un perfil joven, trabajador, ambiente de estudio y convivencia tranquila, donde se valorara especialmente el orden y la limpieza de las zonas comunes.
Escribí un mensaje largo, presentándome con mi mejor tono, midiendo cada palabra para parecer la inquilina perfecta que no da problemas.
Añadí con cierta picardía que era limpiadora profesional de oficio, pensando que tal vez lo del orden y la limpieza extrema sumaba puntos de cara a un grupo de universitarios que no querían pelearse por los turnos del fregadero.
Envié el texto con un hilo de esperanza.
La respuesta automática llegó en apenas tres minutos, lo que tardaron en descartarme.
Hola, Elena, gracias por contactar con nosotros. El cuarto ya está reservado para una chica que vino a verlo ayer por la tarde. Suerte con la búsqueda.
Cerré la aplicación de golpe, sintiendo que la pantalla me quemaba los dedos.
Me levanté de la cama deshecha, salí a ese pasillo estrecho y fui a la cocina común a calentar los restos del café de la cafetera de goteo en el microondas.
El pasillo del piso de Marta seguía siendo una gincana de cajas de precinto marrón y botes llenos de trastos listos para cargar en el coche de su padre.
Sofía había desmontado ya su estantería de pino de Suecia de la pared de la entrada, y los huecos negros en el yeso donde habían estado encajados los tornillos me recordaban, como cicatrices en la pintura, a las marcas de una mudanza ajena que yo todavía no podía permitirme el lujo de hacer.
Ellas tenían un destino y una familia a la que volver el domingo; yo solo tenía una mopa y cuatro paredes invisibles esperándome en Tetuán.
Me apoyé en la encimera con el café caliente entre las manos y miré por la ventana. El patio interior del edificio era un cuadrado de cielo gris con una paloma en el alféizar de enfrente que me devolvió la mirada con indiferencia absoluta.
Cuatro días en Madrid con trabajo fijo y seguía siendo invisible para el mercado del alquiler. Las ciudades grandes tienen esa crueldad específica de pedirte que demuestres que puedes vivir en ellas antes de dejarte hacerlo.
Volví a la habitación. Saqué el papel de debajo de la almohada.
El papel que Daniel me había dejado en el paquete de bayetas. La dirección de la calle de la Luna y la frase escrita debajo con su letra recta y limpia. Pregunta por Carmen. Dile que vas de mi parte.
Lo había leído doce veces. Lo había doblado y desdoblado hasta que las arrugas del papel empezaban a parecer las líneas de una mano. Lo había metido debajo de la almohada porque tirarlo a la basura requería una convicción que a las once de la mañana del miércoles no tenía.
Lo miré durante un rato.
Luego abrí otra vez la aplicación de pisos.
Cuarto anuncio. Habitación en Lavapiés, doscientos noventa euros, piso de cuatro personas, cocina equipada. Llamé. Tono. Tono. Tono. Buzón de voz. Colgué sin dejar mensaje porque los mensajes de voz son la forma más eficiente de que nadie te llame nunca.
Quinto anuncio. Estudio en Usera, cuatrocientos ochenta euros, sin muebles. Sin muebles en un estudio de Madrid significa que tienes que comprarte una cama, una mesa, una silla y algo donde meter la ropa, lo que con catorce euros en la cuenta era una propuesta creativa en el mejor de los casos.
Sexto anuncio. Habitación en Tetuán. Trescientos euros.
Piso de dos personas, chica soltera, busca compañera tranquila.
Las fotos parecían reales. El precio era casi razonable.
Escribí un mensaje largo, explicando mi situación, el contrato nuevo, la empresa, que era ordenada y no fumaba y llegaba a horas decentes porque empezaba a trabajar a las seis de la mañana.
Envié.
Esperé diez minutos mirando la pantalla.
Nada.
Dejé el móvil sobre la cama y me tumbé boca arriba mirando el techo.
Había una mancha de humedad en la esquina derecha que llevaba ahí desde que yo había llegado y que Marta había tapado con un cuadro de Frida Kahlo que ya no estaba porque Marta se lo había llevado en la primera caja.
Frida me había estado mirando desde el techo durante tres meses y ahora solo quedaba la humedad.
Metafórico. Un poco demasiado metafórico para las once y cuarto de la mañana.
Cogí el papel de la calle de la Luna. Lo desdoblé por última vez. Lo leí. Volví a leerlo.
Lo doblé en cuatro.
Lo metí en el bolsillo trasero del vaquero.
No iba a llamar a Carmen. No iba a presentarme en un piso buscado por Daniel Vidal con la excusa de que yo era la nueva del almacén. No iba a deber ese favor. No podía pagarle con dinero y la otra moneda de cambio era demasiado cara.
Pero tampoco iba a tirarlo.
Todavía no.
Cogí el móvil, abrí la aplicación otra vez y busqué en Carabanchel, Vallecas, Usera, Tetuán y Villaverde simultáneamente, quitando el filtro de precio mínimo para ver qué salía.
Lo que salió fue una habitación en un piso de ocho personas en Villaverde por ciento ochenta euros al mes, con una foto del cuarto que mostraba una litera y una ventana que daba a una pared.
Cerré el móvil.
Miré el techo.
La paloma del patio seguía ahí. Seguía mirándome con indiferencia absoluta, que en ese momento me pareció la actitud más sensata del edificio.
El papel del bolsillo trasero pesaba exactamente lo mismo que catorce euros en una cuenta bancaria. Demasiado para ignorarlo. Demasiado poco para que cambiara algo.
Por ahora.