CAPÍTULO 4
El pasillo del piso olía a cartón húmedo y a desbandada.
Marta estaba encintando una caja con la saña de quien quiere cerrar una etapa de su vida a golpe de plástico. Sofía pasaba a su lado cargando una torre de libros de derecho. Tres años viviendo juntas y la despedida iba a ser un inventario de cosas que no eran mías.
—Elena, acuérdate de que el casero viene el día treinta y uno a las doce —dijo Marta, sin levantar la vista del precinto—. Hay que dejar las habitaciones pintadas si queremos que nos devuelva la fianza.
—La mía está blanca —respondí, apoyándome en el marco de la cocina—. No he colgado ni un cuadro.
—Ya, pero el casero es un rancio. Dice que hay marcas de zapatos en la pared.
—Son de mis zapatillas del McDonald's. Se quitan con una bayeta y un poco de paciencia. No os preocupéis.
Sofía dejó los libros en el suelo con un golpe sordo. Me miró con esa lástima educada de la gente que tiene la vida resuelta a base de másteres.
—¿Has encontrado algo ya, Elena? El mercado está imposible. En Vallecas están pidiendo ochocientos euros por estudios que parecen zulos.
—Estoy en ello —mentí. El acento de Cádiz me salió más arrastrado, una señal inequívoca de que estaba levantando el escudo—. Tengo un par de cosas vistas por el sur. Nada del otro mundo.
—Si necesitas que te prestemos algo para la fianza... —empezó Marta.
—No. Qué va. Tengo los ahorros controlados —la corté rápido.
Pedir ayuda es aprender a deber favores, y yo ya debía demasiados al universo.
Me metí en mi habitación y cerré la puerta. El espacio parecía más pequeño ahora que sabía que tenía fecha de caducidad. Seis semanas. Cuarenta y dos días. Eso era todo lo que me quedaba antes de convertirme en un fantasma sin dirección postal en Madrid.
Me tumbé en la cama sin quitarme los vaqueros. Saqué el móvil y abrí la aplicación del banco. Saldo: sesenta y ocho euros con veinte céntimos. Ayer me había tomado un café de máquina que no debía.
Cogí un bolígrafo bic del suelo y empecé a hacer números en el reverso de una factura de la luz.
Si sumaba el sueldo de Limpiezas Vidal y las pocas horas que me quedaban en el McDonald's antes de que me echaran por reducción de plantilla, la cifra final era rácana.
Para entrar en un piso nuevo en Madrid te piden: mes corriente, mes de fianza y, si el casero es un pirata, un mes de garantía adicional.
Total: casi dos mil quinientos euros del ala.
Con mi sueldo actual, necesitaba tres meses enteros sin comer, sin respirar y sin pagar abono transporte para juntar ese dinero.
Las matemáticas no tienen corazón. Son crueles, exactas y directas. No entienden de levante, ni de ganas, ni de noches sin dormir.
Por primera vez en mis treinta años, la certeza de que estaba al borde del precipicio me apretó la garganta.
Siempre había tenido un plan B. Cuando el almacén de Amazon se volvió un infierno, me fui a los bares.
Cuando el último bar cerró, acabé en la tienda de ropa.
Siempre había una puerta de atrás por la que escapar.
Ahora no había puerta de salida ni plan de contingencia.
Solo quedaba Limpiezas Vidal y las naves grises del polígono industrial.
Si perdía este trabajo, la furgoneta abollada de Rosa con su olor a gasoil, el cubo azul que pesaba como un muerto y los chalets de la Moraleja pasarían de ser una tortura diaria a ser mi única balsa de salvamento en mitad del naufragio.
No podía permitirme el lujo de ser orgullosa, ni de ir por la vida de digna con catorce euros parpadeando en la cuenta corriente.
En Madrid la dignidad cuesta dinero y yo no tenía presupuesto para eso.
No podía mandar a Antonio Vidal a la mierda cuando me tocara la espalda en el pasillo con esa condescendencia babosa de los tíos que manejan los contratos, ni podía ponerme flamante exigiendo que me pagaran las horas extra al minuto.
Tenía que tragar saliva, agachar la cabeza, apretar los dientes dentro de la bata gris y aguantar el tirón hasta que el suelo dejara de moverse debajo de mis pies.
Me giré hacia la pared en la penumbra de la habitación. El frío del yeso mal pintado me alivió la frente, que me ardía de darle vueltas a los números del mes. El silencio del piso compartido era denso, roto solo por el murmullo de los coches que subían por la calle de la Luna.
Mi última relación seria había terminado hacía ocho meses en San Fernando y todavía me quedaba un regusto amargo en la garganta al recordarlo.
Javi. El típico tío de barrio que te dice que eres el amor de su vida, que te promete chalets en la playa y futuros de mentira mientras le manda fotos de su entrepierna a una compañera de gimnasio desde el baño de su casa.
Cuando lo descubrí por un descuido suyo con la pantalla del móvil, no monté ningún número de telenovela.
No estaba la cosa para perder el tiempo.
Empaqueté mis cuatro trapos en dos bolsas de basura negras, las mismas que luego terminaría usando en los despachos del norte, y me fui por la puerta sin soltar una sola lágrima delante de él.
Me reí en su puta cara cuando intentó pedirme perdón de rodillas en el pasillo, con esas lagrimitas de cocodrilo de los hombres que se ven acorralados por su propia torpeza.
—Si vas a ponerme los cuernos, Javi, al menos búscate a una que tenga mejor gusto que yo para los hombres, que me da vergüenza hasta cruzármela por la calle Real —le dije antes de cerrar el portazo.
Me dolió. Claro que me dolió, que una no es de piedra por mucho que vaya de dura por las esquinas.
Pero el dolor del sur te vuelve dura de otra manera; te anestesia las partes blandas y te afila las uñas para lo que venga después.
Desde entonces, para mí los tíos eran exactamente como los contratos de alquiler temporal que firmabas en los barrios del norte: útiles para pasar el bache, prácticos para no pasar frío un par de meses, pero mejor no encariñarse con el mobiliario porque siempre, tarde o temprano, aparece una cláusula de rescisión escrita en letra pequeña que te pone de patitas en la calle sin derecho a réplica.
Esa noche el calor no me dejó dormir. El aire de la habitación estaba estancado. Cerré los ojos a las tres de la madrugada y el cansancio me arrastró a un sitio intermedio, ese lugar donde la cabeza mezcla lo que te asusta con lo que intentas no mirar.
En el sueño no había cartones ni números.
Estaba otra vez en el despacho de Daniel Vidal.
Pero no había mesa entre nosotros. El suelo olía a madera limpia y el ventilador del techo giraba tan despacio que parecía que el tiempo se había congelado.
Daniel estaba de pie, muy cerca, con la camisa azul claro desabrochada por los dos primeros botones.
En el sueño yo no llevaba la cazadora vaquera puesta.
Llevaba el polo gris de la hamburguesería y me daba vergüenza el olor a fritura, pero él no parecía notarlo.
Se acercaba despacio. Yo quería dar un paso atrás, salir corriendo como siempre hago, pero las zapatillas se me quedaban pegadas al suelo, como si el asfalto de Madrid se hubiera derretido debajo de mí.
Él no decía nada. Su mano subía despacio, sin tocarme, pero la distancia era tan corta que yo notaba el calor de su piel antes del contacto. Sus dedos se detenían justo en mi cuello, donde el polo gris terminaba. Su mirada bajaba recta, fija, pesada. Tenía la mandíbula más tensa que en la realidad.
"Aquí no hay playa, Elena", me decía su voz en el sueño, pero no sonaba como una burla. Sonaba como una advertencia.
Me desperté de golpe, con la camiseta empapada en sudor y la respiración entrecortada. El reloj del móvil marcaba las cinco y cuarto de la mañana. Quedaba una hora para que sonara la alarma.
Me senté en el borde de la cama, con las manos metidas entre las rodillas para frenar el temblor. Tenía la boca seca.
Hacía mucho tiempo que no soñaba con un hombre.
Menos aún con uno que tuviera un aro de oro en el dedo y un padre que explotaba a sus empleadas.
Me froté los ojos con rabia. Era el cansancio.
Era la presión del piso. Era la necesidad de agarrarme a algo que pareciera seguro, aunque fuera un espejismo con corbata.
Me levanté y fui al baño a echarme agua fría en la cara. Al mirar el espejo empañado, vi mis propias ojeras de siempre, la mirada de la que sabe que el día va a ser largo antes de que empiece.
—Espabila, Castro —me dije en voz baja—. Que los chalets no se limpian solos y los milagros no existen.
Cuando volví a la habitación para vestirme, el móvil encima de la mesilla se iluminó. Un aviso de la aplicación de la empresa. Teníamos una modificación en la ruta de hoy.
Al abrir el documento adjunto, vi mi nombre impreso junto al de Rosa para el último servicio de la tarde. El lugar no era un chalet de la Moraleja. Era la sede central de las oficinas.
Donde Daniel trabajaba por las tardes.